El Rincón de Poe


--Vida, cuentos y poemas de Edgar Allan Poe.


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jueves, 23 de junio de 2011

" «Tú eres el hombre»" "Los anteojos" "Los leones"

Relatos de Edgar A. Poe, Vol. 19


 «Tú eres el hombre»

Yo haré el papel de Edipo en el enigma de Rattleborough. Explicaré a ustedes —como solamente yo puedo hacerlo— el secreto mecanismo que produjo el milagro de Rattleborough, el único, el verdadero, el admitido, el indiscutible, el indisputable milagro que acabó definitivamente con la infidelidad de los rattleburguenses y devolvió a la ortodoxia de los abuelos a todos los pecadores que se habían atrevido a mostrarse escépticos.
Este suceso —que lamentaría mucho exponer en un tono de inadecuada ligereza— tuvo lugar durante el verano de 18... Mr. Barnabas Shuttleworthy, uno de los vecinos más ricos y respetables del pueblo, había desaparecido días atrás bajo circunstancias que llevaban a sospechar las más funestas consecuencias. Había salido de Rattleborough un sábado muy temprano, a caballo, con la manifiesta intención de trasladarse a la ciudad de N..., a unas quince millas, y volver aquella misma noche. Empero, dos horas después su caballo volvió sin él y sin los sacos que al partir llevaba en la montura. El animal estaba herido y cubierto de barro. Aquellas circunstancias, como es natural, alarmaron mucho a los amigos del desaparecido; y cuando el domingo por la mañana se supo que no había vuelto, el pueblo se levantó en masa para ir a buscar su cadáver.
El primero y más enérgico organizador de esta búsqueda era un amigo íntimo de Mr. Shuttleworthy, llamado Mr. Charles Goodfellow, o, como todo el mundo le decía, «Charley Goodfellow» o «el viejo Charley Goodfellow». Ahora bien, si se trata de una maravillosa coincidencia o si el nombre tiene un efecto imperceptible sobre el carácter, es cosa que no he podido verificar jamás; pero existe el hecho incuestionable de que jamás ha existido un hombre llamado Charles que no fuera un individuo recto, varonil, honesto, bondadoso y franco, dueño de una voz profunda y clara, agradable de escuchar, y unos ojos que miran a la cara, como diciendo: «Tengo la conciencia tranquila, no temo a nadie, y jamás sería capaz de una acción mezquina». Y así ocurre que todos los generosos, negligentes «actores de carácter» se llaman con toda seguridad Charles.
Pues bien, aunque sólo llevaba unos seis meses en Rattleborough y nadie tenía noticias sobre él antes de que llegara para instalarse entre nosotros, el «viejo Charley Goodfellow» no había hallado la menor dificultad para hacerse amigo de toda la gente respetable del pueblo. Ni un solo vecino hubiera dudado un momento de su palabra, y, en cuanto a las damas, hacían cuanto estaba en su poder para congraciarse con él. Y esto provenía del hecho de llamarse Charles y de ser, por tanto, dueño de uno de esos rostros sinceros que proverbialmente constituyen «la mejor carta de recomendación».
He dicho ya que Mr. Shuttleworthy era uno de los hombres más respetables y, sin duda, el más rico de Rattleborough, y que el «viejo Charley Goodfellow» había intimado con él al punto de que parecía su hermano. Ambos caballeros eran vecinos, y aunque Mr. Shuttleworthy visitaba rara vez —si es que lo hizo alguna— al «viejo Charley», y jamás se supo que comiera en su casa, ello no impedía que ambos amigos estuvieran muchísimo juntos como ya lo he dicho; en efecto, el «viejo Charley» no dejaba pasar un día sin entrar tres o cuatro veces a ver cómo estaba su vecino, y muchas veces se quedaba a tomar el desayuno o el té, y casi siempre a cenar. En estas últimas ocasiones hubiera sido difícil saber cuánta cantidad de vino se tomaban los dos camaradas de una sola vez. La bebida
favorita del «viejo Charley» era el Chateau Margaux, y a Mr. Shuttleworthy parecía agradarle ver cómo su amigo se tomaba botella tras botella. Tanto es así que un día, cuando el vino había despertado el ingenio de ambos, aquél dijo a su compañero, dándole una palmada en la espalda:
—Te diré una cosa «viejo Charley», y es que eres el mejor compañero que haya encontrado desde que nací. Y, puesto que te gusta tanto beber de ese vino, que me cuelguen si no voy a regalarte un gran cajón de Chateau Margaux. ¡Que me cuelguen —repitió Mr. Shuttleworthy, que tenía la mala costumbre de decir juramentos, aunque no pasaba de algunos bastante inofensivos— si esta misma tarde no mando pedir a la ciudad un doble cajón del mejor vino que tengan y te lo regalo! ¡Vaya si lo haré! No digas ni una palabra: te repito que lo haré y se acabó. De modo que ponte al acecho...; ya te llegará uno de estos días, justamente cuando menos lo esperes.
Menciono este ejemplo de generosidad por parte de Mr. Shuttleworthy a fin de mostrar a ustedes lo muy íntimos que eran aquellos dos amigos.
Pues bien, el domingo de mañana, cuando no quedó duda alguna de que a Mr. Shuttleworthy le había sucedido algo grave, jamás vi a nadie tan preocupado como «el viejo Charley Goodfellow». Cuando oyó por primera vez que el caballo había vuelto a casa sin su amo, sin los sacos de la montura y cubierto de sangre de resultas de un pistoletazo que había atravesado el pecho del pobre animal sin llegar a matarlo; cuando oyó todo eso, se puso tan pálido como si el desaparecido hubiese sido su padre o su hermano, mientras temblaba convulsivamente como si lo hubiese atacado una fiebre palúdica.
Al principio pareció demasiado abatido por el dolor como para tomar ninguna iniciativa o decidir algún plan de acción; durante largo rato se esforzó por disuadir a los restantes amigos de Mr. Shuttleworthy de que tomaran medidas, pensando que era preferible esperar —una semana o dos, y aun un mes o dos— hasta ver si no se producía alguna novedad o si el mismo desaparecido no se presentaba explicando sus razones por haber abandonado en esa forma a su caballo. Pienso que ustedes habrán observado frecuentemente esta tendencia a contemporizar o a diferir en gentes que se hallan bajo la acción de un dolor muy intenso. Sus facultades mentales parecen entorpecidas, y experimentan una especie de horror hacia toda acción; nada les parece preferible a quedarse inmóviles en su cama y «acunar su propia pena», como les gusta decir a las señoras de edad; en otras palabras, rumiar sus dificultades.
Las gentes de Rattleborough tenían en tan alta estima la sensatez y la discreción del «viejo Charley», que la mayor parte se manifestó dispuesta a seguir sus consejos y no efectuar investigaciones «hasta que hubiera alguna novedad», según lo expresaba el honesto caballero. Y estoy convencido de que esta decisión hubiera sido unánime de no mediar la muy sospechosa interferencia del sobrino de Mr. Shuttleworthy, joven de hábitos sumamente disipados y de pésima reputación. Este sobrino, llamado Pennifeather, no quiso atender razones ni «quedarse tranquilo», sino que insistió en salir inmediatamente en busca «del cadáver del asesinado». Tal fue la expresión que empleó, y Mr. Goodfellow no dejó de hacer notar en esa ocasión que «era una frase extraña, por no decir más». Semejante observación en boca del «viejo Charley» provocó gran efecto en la multitud, y oyóse a uno del grupo preguntar de manera muy vehemente «cómo era posible que el joven Pennifeather estuviera tan bien enterado de las circunstancias relativas a la desaparición de su acaudalado tío como para sentirse autorizado a afirmar, clara e inequívocamente, que su tío había sido asesinado». Siguieron a esto picantes réplicas y controversias entre varios de los presentes, y especialmente entre el «viejo Charley» y Mr. Pennifeather, lo que no
provocó ninguna sorpresa, pues bien era sabida la animosidad existente entre ambos desde hacía varios meses. Las cosas habían alcanzado a tal punto que Mr. Pennifeather llegó en una ocasión a derribar de un golpe al amigo de su tío, acusándolo de algunos excesos cometidos por aquél en casa de su pariente, donde se alojaba el joven. Se afirmaba que, en esta ocasión, el «viejo Charley» se había conducido con ejemplar moderación y cristiana caridad. Incorporándose, sacudió sus ropas y no hizo la menor tentativa de devolver el golpe recibido, limitándose a murmurar unas palabras sobre sus propósitos de «vengarse sumariamente en la primera oportunidad», reacción muy natural y justificable de su cólera, que no tenía ningún sentido especial y que, sin duda, había olvidado casi inmediatamente.
Como quiera que fuesen aquellos incidentes (que no se relacionan con lo que estamos narrando), los pobladores de Rattleborough terminaron dejándose persuadir por Mr. Pennifeather, y decidieron dispersarse en las regiones adyacentes en busca del desaparecido. Tal fue la primera intención, pues parecía lo más natural que las gentes se dispersaran en distintos grupos que explorarían de la manera más minuciosa las regiones circunvecinas. Sin embargo, no sé por qué ingenioso razonamiento que he olvidado, el «viejo Charley» acabó convenciendo a la asamblea de que este plan no era el más conveniente. Al decir que los convenció exceptúo a Mr. Pennifeather; pero el hecho es que al final se decidió efectuar una búsqueda cuidadosa a cargo de todos los vecinos en masse; naturalmente, el «viejo Charley» tomó la dirección.
Por lo que a esto último respecta, no hay duda de que el jefe era el más capacitado, pues todo el mundo sabía que el «viejo Charley» tenía ojos de lince; empero, aunque los llevó a toda clase de rincones apartados, por senderos que nadie había sospechado jamás que existieran en la región, y aunque la búsqueda continuó incesantemente noche y día durante más de una semana, fue imposible hallar la menor huella de Mr. Shuttleworthy. Cuando digo «la menor huella» no debe entendérseme literalmente, pues no dejaron de encontrarse algunas huellas. Las señales de las herraduras del caballo (que eran de un tipo especial) fueron seguidas hasta un lugar situado a tres millas al este del pueblo, sobre el camino real a la ciudad. Aquí las huellas se desviaban por un atajo que atravesaba un bosque y volvía a salir al camino real, abreviando en media milla el recorrido regular. Al seguir las pisadas por este sendero, el grupo llegó finalmente hasta un charco de agua estancada oculto a medias por las zarzas a la derecha del sendero; en este punto se interrumpían las marcas de herraduras.
Advirtióse, sin embargo, que en el lugar había habido una lucha, y las señales indicaban que un cuerpo grande y pesado había sido arrastrado desde el sendero al charco. Se procedió a dragar cuidadosamente este último, pero ninguna tentativa dio resultado. Disponíanse los presentes a volverse, desesperando de conocer la verdad, cuando la Providencia sugirió a Mr. Goodfellow la idea de desaguar completamente el charco. El proyecto fue recibido con hurras y el «viejo Charley» muy elogiado por su sagacidad e inteligencia. Como muchos vecinos traían palas, dada la eventualidad de desenterrar un cadáver, el desagüe pudo efectuarse rápida y eficazmente. Tan pronto quedó visible el fondo se vio en el centro del lecho de barro un chaleco de terciopelo de seda negra que casi todos los presentes reconocieron como de propiedad de Mr. Pennifeather. El chaleco estaba desgarrado y manchado de sangre.
Varias personas de la asamblea recordaban claramente que el joven lo llevaba puesto la mañana de la partida de Mr. Shuttleworthy, mientras otros se manifestaban dispuestos a afirmar bajo juramento que Mr. Pennifeather no había usado dicha prenda en ningún momento posterior a aquel día. Y no se encontró a nadie que afirmara haber visto al joven
vistiendo el chaleco en cualquier momento subsiguiente a la desaparición de Mr. Shuttleworthy.
Todo esto creaba una situación sumamente seria para el joven, y como confirmación de las sospechas desatadas contra él notóse que se ponía terriblemente pálido y que no era capaz de pronunciar una palabra cuando se lo urgió a que se explicara. Ante esto, los pocos amigos que su disoluta manera de vivir le habían dejado lo abandonaron instantáneamente y se mostraron todavía más enérgicos que sus antiguos y reconocidos enemigos al demandar su arresto inmediato
Empero, la magnanimidad de Mr. Goodfellow brilló entonces, por contraste, con su más alto resplandor. Hizo una cálida y elogiosa defensa de Mr. Pennifeather, durante la cual aludió más de una vez a su propio y sincero perdón por el insulto que aquel disipado joven, «heredero del excelente Mr. Shuttleworthy», le había inferido en un arrebato de pasión. «Lo perdonaba —agregó— desde lo más profundo de su corazón, en cuanto a él (Mr. Goodfellow), lejos de llevar a su extremo las sospechosas circunstancias que desgraciadamente existían contra Mr. Pennifeather, haría todo cuanto estuviera en su poder y emplearía la escasa elocuencia de que era capaz para... para suavizar, en la medida en que pudiera hacerlo en paz con su conciencia, los peores aspectos que presentaba aquel extraordinario y enigmático asunto.»
Mr. Goodfellow continuó durante una larga media hora en este tono, que hacía gran honor tanto a su inteligencia como a su corazón; pero las gentes de corazón generoso pocas veces son capaces de observaciones sensatas; incurren en toda clase de errores, contretemps y despropósitos en el entusiasmo de su celo por servir a un amigo; y así, con las mejores intenciones de este mundo, le hacen muchísimo daño en lugar de favorecerlo.
Así ocurrió en el presente caso con la elocuencia del «viejo Charley», pues, aunque se esforzaba por ayudar al sospechoso, sucedió —no sé bien cómo— que cada sílaba que pronunciaba, con la deliberada o inconsciente intención de no exagerar la buena opinión del público sobre el orador, tuvo el efecto de acentuar las sospechas ya latentes sobre la persona cuya causa defendía y exasperar contra él la furia de la multitud.
Uno de los errores más inexplicables cometidos por el orador fue su alusión al sospechoso como «el heredero del excelente Mr. Shuttleworthy». Ninguno de los presentes había pensado antes en eso. Recordaban solamente ciertas amenazas proferidas un año atrás por el tío en el sentido de desheredar a su sobrino (que era su único pariente), y daban por seguro que éste había sido, en efecto, desheredado; tan simples eran los vecinos de Rattlesborough. Pero las observaciones del «viejo Charley» los hicieron pensar en el asunto y advirtieron la posibilidad de que aquellas amenazas no hubieran pasado de tales. Sin transición, pues, surgió la pregunta natural de cui bono?, que sirvió aún más que el chaleco para atribuir tan horrible crimen al joven Pennifeather. Aquí, a fin de no ser mal entendido, permítaseme una digresión para hacer notar que esta brevísima y sencilla frase latina es invariablemente mal traducida y mal concebida. En todas las novelas de misterio y en otras —por ejemplo, las de Mrs. Gore, autora de Cecil, dama que cita en todas las lenguas, desde el caldeo al chickasaw, ayudada sistemáticamente en su erudición por Mr. Beckford—, en todas esas novelas, repito, desde las de Bulwer Lytton y Dickens hasta las de Turnapenny y Ainsworth, las dos palabritas latinas cui bono son traducidas: «¿con qué fin?», o (como si fuera quo bono): «¿con qué ventaja?». Empero, su verdadero sentido es: «¿para beneficio de quién?». Cui, de quién; bono, ¿es para beneficio? La frase es puramente legal y se aplica precisamente en casos como el que nos ocupa, donde la probabilidad de que alguien haya cometido un delito depende del beneficio que recaiga sobre el mismo como consecuencia
del delito. Ahora bien, en este caso, la pregunta cui bono? implicaba directamente a Mr. Pennifeather. Luego de testar en su favor, su tío lo había amenazado con desheredarlo. Pero la amenaza no había sido llevada a efecto; el testamento original, según se supo, no presentaba alteración. En caso contrario, el único motivo presumible para el crimen habría sido el muy ordinario de la venganza; pero aún éste podía rebatirse por la esperanza de todo desheredado de volver a ganar la confianza de su pariente. No habiéndose modificado el testamento, mientras la amenaza seguía suspendida sobre la cabeza del sobrino, todos vieron en ello el más manifiesto motivo para tan horrible crimen, y tal fue la sagaz conclusión de los meritorios ciudadanos de Rattlesborough.
Mr. Pennifeather, pues, fue arrestado allí mismo y la multitud, luego de buscar otro poco, se volvió al pueblo llevándolo bien custodiado. En el camino, además, ocurrió otra cosa tendente a confirmar las sospechas existentes. Mr. Goodfellow, cuyo celo lo hacía adelantarse siempre al grueso del grupo, corrió unos pasos, agachóse y levantó un objeto que había en el pasto. Luego de examinarlo rápidamente, se notó que intentaba esconderlo en el bolsillo de la chaqueta, pero los otros se lo impidieron, viéndose que el objeto hallado era una navaja española que una docena de personas reconocieron inmediatamente como de propiedad de Mr. Pennifeather. Lo que es más, sus iniciales aparecían grabadas en el puño. La hoja de la navaja estaba abierta y ensangrentada.
Ya no podía quedar duda sobre la culpabilidad del sobrino del muerto, y, apenas llegados a Rattlesborough, fue entregado al juez para su interrogatorio.
Su situación adquirió entonces un cariz aún más desagradable. Al preguntársele dónde había estado la mañana de la desaparición de Mr. Shuttleworthy, tuvo la descarada audacia de admitir que aquel día había salido con su rifle a cazar ciervos en las inmediaciones del charco donde se había encontrado, gracias a la sagacidad de Mr. Goodfellow, su chaleco ensangrentado.
El «viejo Charley» levantóse entonces y, con lágrimas en los ojos, pidió permiso para declarar. Dijo que un profundo sentido del deber para con su Hacedor y sus semejantes no le permitía continuar en silencio por más tiempo. Hasta ahora, el más sincero afecto hacia el joven inculpado (no obstante la forma en que se había conducido con él) lo había movido a imaginar cuanta hipótesis le sugería la imaginación, a fin de explicar todo lo sospechoso de esas circunstancias tan incriminatorias para Mr. Pennifeather; pero dichas circunstancias eran ya demasiado convincentes, demasiado condenatorias. No podía vacilar, diría lo que sabía, aunque su corazón le estallara de dolor al hacerlo.
Procedió entonces a declarar que, la tarde anterior a la partida de Mr. Shuttleworthy, este venerable caballero había dicho a su sobrino (y él, Mr. Goodfellow, lo había oído) que el motivo que lo llevaba a viajar al día siguiente por la mañana era hacer un depósito de una cuantiosa suma de dinero en el Banco de los Granjeros y Mecánicos de la ciudad; agregó que en el curso de la conversación, Mr. Shuttleworthy había manifestado redondamente a su sobrino la irrevocable determinación de anular su testamento y desheredarlo hasta el último centavo. Y, tras de ello, el testigo pidió solemnemente al inculpado que declarara si lo que acababa de decir era o no la más escrupulosa de las verdades.
Para la estupefacción de los presentes, Mr. Pennifeather admitió francamente que lo dicho era la verdad.
El magistrado consideró entonces pertinente enviar a dos oficiales de policía para que efectuaran una perquisición en el aposento que el joven ocupaba en casa de su tío. Los policías no tardaron en volver trayendo consigo la bien conocida cartera de cuero bermejo, con aplicaciones de metal, que el anciano desaparecido llevara consigo durante años.
Faltaba su valioso contenido y vanamente se esforzó el magistrado por obtener del inculpado una confesión sobre el destino del dinero o el lugar donde se hallaba escondido. Mr. Pennifeather se obstinó en afirmar que no sabía nada de todo aquello. Por otra parte, los policías descubrieron entre el elástico y el colchón de la cama una camisa y un pañuelo para el cuello, con el monograma del acusado, espantosamente manchados con la sangre de la víctima.
A esta altura de la encuesta se hizo saber que el caballo del asesinado acababa de morir a consecuencia de la herida que recibiera. Mr. Goodfellow propuso entonces que se procediera a efectuar la autopsia del animal, a fin de descubrir, si era posible, la bala. Así se hizo; y como para que la culpabilidad del acusado quedara demostrada de manera definitiva, Mr. Goodfellow, luego de larga búsqueda dentro del pecho del caballo, terminó por localizar y extraer una bala de gran tamaño que, hechas las pruebas correspondientes, resultó corresponder exactamente al calibre del rifle de Mr. Pennifeather, que era mayor que el de cualquier otro vecino del pueblo o sus inmediaciones. Para confirmar aún más la cuestión se descubrió que la bala tenía una señal o reborde en ángulo recto con la sutura habitual; no tardó en verificarse que dicha señal coincidía con la existente en los moldes para fundir balas que, según confesión del acusado, le pertenecían. Apenas probado esto, el magistrado a cargo de la encuesta rehusó escuchar nuevos testimonios y ordenó de inmediato que el prisionero fuera juzgado por asesinato, negándose resueltamente a dejarlo en libertad bajo fianza, a pesar de que Mr. Goodfellow protestó calurosamente contra esta severidad, y ofreció salir como fiador por cualquier suma que se pidiera. Esta generosidad por parte del «viejo Charley» hallábase muy de acuerdo con su amable y caballeresca conducta a lo largo de toda su permanencia en Rattleborough. En este caso, el excelente caballero se dejaba llevar de tal manera por la excesiva fogosidad de su simpatía, que al ofrecerse como fiador de su joven amigo parecía olvidar que no poseía un centavo en el mundo entero.
Los resultados de la decisión pueden imaginarse fácilmente. Acompañado por el odio y la execración de todo Rattleborough, Mr. Pennifeather fue juzgado en el tribunal de causas criminales; la cadena de pruebas circunstanciales (reforzada por algunos hechos condenatorios adicionales, que la sensible conciencia de Mr. Goodfellow le prohibió mantener secretos) fue considerada tan sólida y concluyente, que el jurado no se molestó en abandonar sus asientos para pronunciar el inmediato veredicto de culpable de asesinato en primer grado. Momentos después el miserable era condenado a muerte y conducido nuevamente a la cárcel del condado para esperar la inexorable venganza de la ley.
En el ínterin, la noble conducta del «viejo Charley Goodfellow» había duplicado la estima que le profesaban los honestos ciudadanos del pueblo. Su popularidad era diez veces mayor que antes, y, como consecuencia natural de la hospitalidad que recibía en todas partes, se vio forzado a modificar un tanto los hábitos parsimoniosos que su pobreza le impusiera hasta entonces; empezó con frecuencia a ofrecer pequeñas réunions en su casa, donde la alegría y el buen humor reinaban supremos —enfriados momentáneamente, claro está, por el recuerdo ocasional del prematuro y melancólico destino que aguardaba al sobrino del íntimo amigo de tan generoso huésped.
Un bello día, este magnífico caballero tuvo la agradable sorpresa de recibir la siguiente carta:
Mr. Charles Goodfellow, Esq., Rattleborough.
Estimado señor:
De conformidad con un pedido transmitido a nuestra firma, hace dos meses, por nuestro estimado cliente Mr. Barnabas Shuttleworthy, tenemos el honor de remitirle a su domicilio un doble cajón de Chateau Margaux, marca antílope, sello violeta. Cajón numerado y marcado como se indica al pie.
Saludamos a usted muy atentamente,
HOGGS, FROGS, BOGS & CO.
Ciudad de. ..,21 de junio 18...
P. S.—El cajón le llegará al día siguiente del recibo de esta carta. Agregamos nuestros saludos a Mr. Shuttleworthy.
H.,F.,B.&CO.
Chal. Mar. A. N° 1, 6 doc. bot. (1/2 gruesa).
A decir verdad, desde la muerte de Mr. Shuttleworthy, Mr. Goodfellow había perdido toda esperanza de recibir alguna vez el prometido Chateau Margaux, por lo cual le pareció que recibirlo ahora representaba una especial merced de la Providencia. Como es natural, se llenó de regocijo, y en la exuberancia de su alegría invitó a un numeroso grupo de amigos a un petit souper para la noche siguiente, dispuesto a hacerles probar parte del regalo del buen Mr. Shuttleworthy. Por cierto que no dijo nada acerca del «buen Shuttleworthy» cuando expidió las invitaciones. Después de pensarlo mucho, decidió proceder así. Que yo sepa, a nadie mencionó que hubiera recibido un regalo de Chateau Margaux. Limitóse a invitar a sus amigos a que compartieran con él un vino de excelente calidad y fino aroma que había encargado dos meses atrás y que recibiría al día siguiente. Muchas veces me he sentido perplejo pensando por qué el «viejo Charley» decidió no decir a nadie que aquel vino era un obsequio de su viejo amigo, pero me fue imposible comprender sus razones para callar, aunque sin duda debía tenerlas, y excelentes.
Llegó el día siguiente, y con él una numerosa y distinguida asistencia se hizo presente en casa de Mr. Goodfellow. Puede decirse que la mitad del pueblo estaba allí (y yo entre ellos), pero, para gran irritación del huésped, el Chateau Margaux no apareció hasta última hora, cuando la suntuosa cena ofrecida por el «viejo Charley» había sido ampliamente saboreada por los huéspedes. Llegó, empero, y por cierto que era un cajón enormemente grande; entonces, como la asamblea se hallaba de muy buen humor, decidióse por unanimidad que se colocaría sobre la mesa y que se extraería inmediatamente su contenido.
Dicho y hecho. Por mi parte, di una mano, y en menos de un segundo teníamos el cajón sobre la mesa, en medio de las botellas y vasos, gran parte de los cuales se rompieron en la confusión. El «viejo Charley», que estaba completamente borracho y tenía el rostro empurpurado, sentóse con aire de burlona dignidad en la cabecera, golpeando furiosamente sobre la mesa con un vaso, mientras reclamaba orden y silencio «durante la ceremonia del desentierro del tesoro».
Luego de algunas vociferaciones, se logró restablecer el orden y, como suele suceder en tales casos, se produjo un profundo y extraño silencio. Habiéndoseme pedido que levantara la tapa, acepté, como es natural, «con infinito placer». Inserté un formón, pero apenas hube dado unos martillazos, la tapa del cajón se alzó bruscamente y, en el mismo
instante, surgió del interior, enfrentando al huésped, el magullado, sangriento y putrefacto cadáver de Mr. Shuttleworthy. Por un instante contempló fija y dolorosamente, con sus ojos sin brillo y ya sin forma, el rostro de Mr. Goodfellow. Entonces, lenta pero claramente, se oyó que decía estas palabras: «¡Tú eres el hombre!» Y cayendo sobre el borde del cajón, como satisfecho de lo que había dicho, quedó con los brazos colgando sobre la mesa.
La escena que siguió excede toda descripción. La carrera hacia las puertas y ventanas fue espantosa, y muchos de los hombres más robustos se desmayaron allí mismo de puro horror. Pero, después del primer clamoroso arrebato de miedo, todos los ojos se clavaron en Mr. Goodfellow. Aunque viva mil años, jamás olvidaré la más que mortal agonía reflejada en la horrorosa expresión de su cara, espectralmente pálida después de haberse mostrado tan rubicunda de vino y de triunfo. Durante varios minutos permaneció inmóvil como una estatua de mármol; sus ojos, absolutamente privados de expresión, parecían vueltos hacia adentro y perdidos en el espectáculo de su propia alma asesina. Por fin la vida surgió otra vez, proyectada hacia el mundo exterior; levantándose de un salto, cayó pesadamente con la cabeza y los hombros sobre la mesa, en contacto con el cadáver, mientras de sus labios brotaba rápida y vehemente la detallada confesión del espantoso crimen por el cual Mr. Pennifeather hallábase encarcelado y esperando la muerte.
Lo que contó fue, en resumen, lo siguiente: Había seguido a su víctima hasta las vecindades del charco, hirió allí al caballo de un pistoletazo y mató a Mr. Shuttleworthy a golpes de culata. Luego de apoderarse de la cartera de la víctima, supuso que el caballo había muerto y lo arrastró con gran trabajo hasta las zarzas contiguas al charco. Cargó el cadáver de su víctima sobre su propio caballo y lo llevó a un lugar donde hacerlo desaparecer, situado a mucha distancia a través de los bosques.
El chaleco, la navaja, la cartera y la bala habían sido colocados por él mismo donde fueron hallados, a fin de vengarse de Mr. Pennifeather. También se las arregló para dejar en su cuarto el pañuelo y la camisa manchados de sangre.
Hacia el final del espeluznante relato, las palabras del miserable asesino se hicieron sordas y entrecortadas. Cuando hubo terminado, se enderezó, alejándose tambaleante de la mesa, hasta caer... muerto.
Aunque eficientes, los medios mediante los cuales pudo lograrse esta oportuna confusión fueron bien sencillos. La exagerada franqueza y bonhomía de Mr. Goodfellow me había disgustado desde el principio, despertando mis sospechas. Me hallaba presente cuando Mr. Pennifeather lo golpeó, y la diabólica expresión de su rostro, por más pasajera que fuese, me dio la seguridad de que no dejaría de cumplir al pie de la letra su promesa de vengarse. Hallábame, pues, preparado para apreciar las maniobras del «viejo Charley» de una manera muy diferente de la de los buenos vecinos de Rattleborough. Vi de inmediato que todos los descubrimientos incriminatorios nacían directa o indirectamente de él. Pero lo que me abrió completamente los ojos fue el episodio de la bala hallada por Mr. Goodfellow en el cuerpo del caballo. Aunque los vecinos lo habían olvidado, yo no dejé de recordar que el caballo presentaba un orificio por donde había penetrado el proyectil, y otro por donde había salido. Si se encontraba una bala en el cuerpo, tenía que haber sido depositada allí por la misma persona que decía haberla encontrado. La camisa y el pañuelo ensangrentados confirmaron la idea sugerida por el hallazgo de la bala; en efecto, el examen de la sangre demostró que se trataba solamente de vino tinto. Pensando en esas cosas, y también en el rumboso cambio de vida de Mr. Goodfellow, mis sospechas se hicieron cada vez más fuertes, y no eran menos intensas por ser el único que las abrigaba.
En el ínterin, me ocupé privadamente de buscar el cadáver de Mr. Shuttleworthy; tenía
mis buenas razones para hacerlo en zonas completamente opuestas a aquellas hacia las cuales Mr. Goodfellow había dirigido a los vecinos. El resultado fue que, algunos días más tarde, llegué a un antiguo pozo seco, cuya boca estaba casi enteramente cubierta de zarzas; y allí, en el fondo, hallé lo que buscaba.
Ocurrió que yo había escuchado el diálogo entre los dos amigos, cuando Mr. Goodfellow se las arregló para inducir a su anfitrión a que le regalara un cajón de Chateau Margaux. Basándome en este hecho, decidí obrar en consecuencia. Procurándome un trozo muy fuerte de barba de ballena, lo introduje por la garganta del cadáver y metí a éste en un viejo cajón de vino, teniendo cuidado de doblarlo en forma tal que la barba de ballena se doblara junto con él. De esta manera tuve que apretar fuertemente la tapa para mantenerla ajustada mientras la clavaba; y, como es natural, tenía la seguridad de que, tan pronto los clavos fueran extraídos, la tapa se levantaría, y tras ella el cuerpo.
Arreglado así el cajón, lo marqué y numeré como se ha dicho; luego de escribir una supuesta carta de los vinateros que surtían a Mr. Shuttleworthy, di instrucciones a mi criado para que llevara el cajón en una carretilla hasta la puerta de Mr. Goodfellow, a una señal que yo le haría. En cuanto a las palabras que pensaba hacer pronunciar al cadáver, confiaba suficientemente en mis habilidades de ventrílocuo, y por lo que respecta a su efecto, confiaba en la conciencia del miserable asesino.
Creo que no me queda nada por explicar. Mr. Pennifeather fue puesto inmediatamente en libertad, heredó la fortuna de su tío y, aprovechando la lección de la experiencia, inició desde aquel día una nueva y dichosa vida.


 Los anteojos


Hace años estaba de moda ridiculizar la noción de «amor a primera vista»; pero aquellos que piensan y sienten profundamente han defendido siempre su existencia. Los descubrimientos modernos en el campo que cabe llamar magnetismo ético o estética magnética permiten suponer con toda probabilidad que los afectos humanos más naturales y, por tanto, más verdaderos e intensos son aquellos que surgen en el corazón como obra de una simpatía eléctrica; en una palabra, que los grilletes psíquicos más brillantes y duraderos son aquellos que quedan remachados por una mirada. La confesión que me dispongo a hacer agregará otro ejemplo a tantos que prueban la verdad de esta concepción. Mi historia requiere cierto detalle. Soy todavía muy joven, pues no he cumplido aun los veintidós años. Mi nombre actual es muy vulgar y hasta plebeyo: Simpson. Digo «actual», pues hace poco que se me conoce por él, que adopté legalmente el año pasado a fin de recibir una cuantiosa herencia que me dejó un pariente lejano, Adolphus Simpson, Esq. El legado incluía la condición de que adoptara el nombre del testador; al decir nombre me refiero al apellido y no al nombre; mi nombre o, más exactamente, mis nombres, son Napoleón Bonaparte.
Asumí el apellido con cierta resistencia, pues mi verdadero patronímico, Froissart, me inspira un muy perdonable orgullo, y creo que me sería posible trazar mi descendencia del inmortal autor de las Crónicas. Y ya que hablamos de apellidos, mencionaré una singular coincidencia de sonido en los de mis predecesores inmediatos. Mi padre era Monsieur Froissart, de París. Su esposa, mi madre, con la cual se casó teniendo ella quince años, era Mademoiselle Croissart, la hija mayor del banquero Croissart, cuya esposa, a su vez, sólo tenía dieciséis años al casarse con él, y era la hija mayor de un tal Víctor Voissart. Muy curiosamente, Monsieur Voissart habíase casado con una dama de nombre parecido, Mademoiselle Moissart. También ella se desposó siendo todavía una niña; y su madre, Madame Moissart, tenía sólo catorce años cuando la llevaron al altar. Estos matrimonios tempranos son usuales en Francia. De todas maneras, he aquí a los Moissart, Voissart, Croissart y Froissart de mi línea de ascendencia directa. Empero, mi nombre se convirtió en el de Simpson por disposición legal, con tanta repugnancia de mi parte que en un momento dado vacilé en aceptar el legado que tan inútil y molesta condición traía aneja.
Por lo que se refiere a dotes personales, no creo carecer de ellas. Antes bien, estimo que soy muy proporcionado y poseo lo que nueve de cada diez personas llaman un hermoso semblante. Mido cinco pies y once pulgadas de estatura. Tengo cabello negro y rizado. La nariz está bastante bien. Los ojos son grandes y grises y, aunque —he de confesarlo— sumamente débiles, su apariencia no hace sospechar semejante cosa. La debilidad de mi visión me preocupó siempre en alto grado, y acudí a todos los remedios posibles —salvo el de usar anteojos. Siendo joven y bien parecido es natural que me desagraden y que me haya negado redondamente a llevarlos. Nada conozco que desfigure tanto el rostro de un joven, o que dé a cada rasgo un aire de gravedad si no de santurronería y de vejez. Un monóculo, por otra parte, tiene un sabor de afectación y rebuscamiento. Hasta ahora me las he arreglado lo mejor posible sin ninguno de los dos. Pero estoy hablando demasiado de detalles meramente personales, que después de todo carecen de importancia. Me contentaré con agregar que poseo temperamento sanguíneo, arrebatado, ardiente y entusiasta, y que toda mi vida he sido devoto admirador de las mujeres.
Una noche del invierno pasado entré en un palco del teatro P..., acompañado de mi amigo Mr. Talbot. Era una velada de ópera y el programa presentaba especial atractivo, por lo cual la sala hallábase de bote en bote. Entramos empero a tiempo para obtener las plateas que habíamos reservado, y a las cuales conseguimos llegar con no poca dificultad.
Durante dos horas, mi compañero, que era un melómano consumado, consagró su mayor atención a la escena; por mi parte pasé ese tiempo entreteniéndome en observar al público, formado en su mayor parte por la élite de la ciudad. Satisfecho sobre este punto me disponía a contemplar a la prima donna, cuando mis ojos quedaron detenidos y paralizados por una figura sentada en uno de los palcos que hasta entonces había escapado a mi escrutinio.
Aunque viva mil años, jamás olvidaré la intensa emoción que sentí al contemplar aquella imagen. Era aquella la mujer más exquisita que jamás viera antes. El rostro estaba vuelto hacia el escenario y, durante varios minutos, no pude distinguirlo, pero su forma era divina; imposible usar otra palabra que exprese suficientemente sus admirables proporciones; hasta ese término, «divino», parece ridículamente débil mientras lo escribo.
La magia de una bella forma de mujer, la nigromancia de la gracia femenina, eran poderes a los cuales jamás había resistido; pero aquí estaba la gracia personificada, encarnada, el beau idéal de mis más exaltadas y entusiasmadas visiones. Hasta donde la barandilla del palco permitía adivinarlo, la figura de aquella dama era de estatura mediana y se aproximaba, sin serlo del todo, a lo majestuoso. Su perfecta plenitud, su tournure, eran deliciosas. La cabeza, de la cual sólo veía la parte posterior, rivalizaba en sus líneas con la Psique griega, y una toca de gaze aérienne, que me recordó el ventum textilem de Apuleyo, la exhibía más que la ocultaba. El brazo derecho apoyábase en el antepecho del palco y estremecía cada fibra de mi ser con su exquisita simetría. La parte superior estaba cubierta con una de esas mangas sueltas y abiertas, a la moda, y bajaba apenas más allá del codo. Por debajo de ella nacía otra de un material muy leve y ceñido que terminaba en un puño de rico encaje, el cual caía graciosamente sobre la mano y sólo permitía ver los delicados dedos, en uno de los cuales centelleaba un anillo de brillantes, cuyo extraordinario valor advertí de inmediato. La admirable redondez de la muñeca veíase realzada claramente por un brazalete ornamentado con una magnífica aigrette de joyas, todo lo cual expresaba, en términos inequívocos, la riqueza y el exquisito gusto de su portadora.
Contemplé aquella real aparición durante casi media hora, como si me hubiese vuelto de piedra, y en ese período sentí toda la fuerza y la verdad de cuanto se ha dicho y cantado sobre el «amor a primera vista». Mis sentimientos diferían completamente de los que experimentara hasta entonces, aun en presencia de los parangones más célebres de hermosura femenina. Una inexplicable simpatía de alma a alma, que me veo impelido a considerar magnética, parecía no solamente fijar mi visión, sino mi capacidad mental y sentimental, sobre el admirable objeto que tenía ante mí. Vi... sentí... supuse que estaba profunda, loca, irrevocablemente enamorado... y todo ello antes de haber contemplado el rostro de mi amada. Tan intensa era la pasión que me consumía, que incluso si las facciones aún invisibles de aquella mujer resultaban ser comunes y vulgares me sentía seguro de que no cambiaría; tan anómala es la naturaleza del único amor verdadero —del amor a primera vista—, y tan poco depende de las condiciones externas, que sólo parecen crearlo y controlarlo.
Mientras seguía envuelto en admiración frente a tan encantador espectáculo, un repentino murmullo del público hizo que la dama desviara un tanto el rostro, permitiéndome contemplarla claramente de perfil. Su belleza excedía mis esperanzas, pese
a lo cual había en ella algo que me decepcionó, sin que me fuera posible decir exactamente de qué se trataba. He dicho «decepcionó», pero la palabra no hace al caso. Mis sentimientos se calmaron y exaltaron al mismo tiempo. Asumieron un tono en el que había menos transporte y más entusiasmo sereno, un entusiasmo reposado. Quizá ese sentimiento nació del aire matronil, como de Madonna, que reinaba en aquel semblante, pero al mismo tiempo comprendí que no procedía enteramente de ello. Había otra cosa, un misterio que no alcanzaba a develar, cierta expresión del rostro que me perturbaba a la vez que acrecía intensamente mi interés. En suma, me hallaba en ese estado mental que predispone a un hombre joven y susceptible a cometer cualquier extravagancia. De haber visto sola a la dama hubiera entrado resueltamente en su palco para hablarle; pero, afortunadamente, la acompañaban dos personas: un caballero y una mujer extraordinariamente hermosa, que parecía varios años menor que ella.
Di vueltas en mi imaginación a mil planes que me permitieran ser presentado a la dama, o que, por lo menos, me permitieran apreciar más de cerca su hermosura. De haber podido hubiese buscado un asiento cercano al palco, pero el teatro estaba repleto; para colmo, los despiadados decretos de la moda habían prohibido imperiosamente el uso de gemelos y me hallaba desprovisto de un instrumento que tanto me hubiese ayudado.
Por fin me decidí a apelar a mi compañero.
—Talbot —dije—, sé que usted tiene unos gemelos. Préstemelos.
—¡Unos gemelos! ¡Vamos! ¿Y para qué querría yo unos gemelos? —respondió, volviéndose impaciente hacia el escenario.
—Pero, Talbot —insistí, tocándole el hombro—, escúcheme al menos, por favor... ¿Ve ese palco? ¡Allí... no, el siguiente! ¿Vio alguna vez una mujer más hermosa?
—No cabe duda de que es muy hermosa —dijo él.
—¿Quién puede ser?
—¡Vamos! ¿Va usted a decirme que no lo sabe? «No reconocerla significa que usted mismo es desconocido...» Es la celebrada Madame Lalande, la belleza de la temporada por excelencia, el tema de conversación de toda la ciudad. Inmensamente rica, además... viuda, y un magnífico partido... Acaba de llegar de París.
—¿La conoce usted?
—Sí, he tenido ese honor.
—¿Me presentará a ella?
—Por supuesto, con el mayor placer. ¿Cuándo?
—Mañana, a la una, nos encontraremos en B...
—Perfectamente. Y ahora cállese, si le es posible.
Me vi precisado a obedecer, pues Talbot se mantuvo obstinadamente sordo a mis restantes preguntas o pedidos, ocupándose exclusivamente de lo que ocurría en el escenario hasta el fin de la velada.
Entretanto guardaba yo mis ojos fijos sobre Madame Lalande, y por fin tuve la buena suerte de contemplar de frente su rostro. Era exquisitamente hermoso como mi corazón me lo había anunciado aun antes de que Talbot me lo confirmara; empero, ese algo ininteligible continuaba perturbándome. Concluí finalmente que lo que me afectaba era cierto aire de gravedad, de tristeza o, más exactamente, de cansancio, que robaba algo de juventud y frescura a aquel rostro, dándole en cambio una seráfica ternura y majestad, y multiplicando así diez veces su interés para un temperamento tan romántico y entusiasta como el mío.
Mientras satisfacía mis ojos descubrí con profunda conmoción que la dama acababa de advertir la intensidad de mi mirada y que se había sobresaltado levemente. Pero me sentía
tan fascinado que me fue imposible dejar de mirarla. Desvió ella el rostro, y otra vez vi el cincelado contorno de su nuca y su cabeza. Pasados unos minutos como si sintiera curiosidad por saber si persistía en mi examen, movió gradualmente la cabeza y otra vez encontró mi ardiente mirada. Sus grandes ojos oscuros bajaron al punto, mientras un profundo rubor teñía sus mejillas. Pero cuál sería mi estupefacción al notar que no solamente se abstenía de apartar el rostro, sino que tomaba de su regazo unos gemelos, los ajustaba y se ponía a observarme intensa y deliberadamente durante varios minutos.
Si una centella hubiese caído a mis pies, no me habría sentido más asombrado. Pero mi asombro no involucraba la menor ofensa o disgusto pese a que acción tan audaz me hubiera ofendido y disgustado en otra mujer. Su proceder, en cambio, revelaba tanta serenidad, tanta nonchalance, tanto reposo... y a la vez traducía un refinamiento tan grande, que hubiera sido imposible percibir allí el menor descaro, y mis únicos sentimientos fueron de admiración y sorpresa.
Noté que, al levantar por primera vez los gemelos, la dama parecía quedar satisfecha de su rápida inspección de mi persona, y los retiraba ya de sus ojos cuando, cediendo a un nuevo pensamiento, volvió a mirar y continuó haciéndolo, con la atención fija en mí durante varios minutos; puedo incluso asegurar que no fueron menos de cinco.
Esta conducta, tan fuera de lo común en un teatro norteamericano, atrajo la atención general y originó un perceptible movimiento y murmullo entre el público, que por un momento me llenó de confusión, aunque no pareció causar el menor efecto en el rostro de Madame Lalande.
Satisfecha su curiosidad —si era tal—, apartó los gemelos y volvió a concentrarse en la escena, quedando de perfil como al principio. Continué mirándola incansable, aunque me daba perfecta cuenta de lo descortés de mi conducta. No tardé en ver que su cabeza cambiaba lenta y suavemente de posición y comprobé que la dama, mientras fingía contemplar la escena, no hacía más que observarme atentamente. Inútil decir el efecto que semejante proceder, en una mujer tan fascinadora, podía causar en mi vehemente espíritu.
Luego de escrutarme durante un cuarto de hora, el bello objeto de mi pasión se dirigió al caballero que la acompañaba y, mientras ambos hablaban, vi por la forma en que miraban que la conversación se refería a mi persona.
Terminado el diálogo, Madame Lalande se volvió otra vez hacia la escena y durante un momento pareció absorta en la representación. Pero, pasado un momento, sentí que me dominaba una incontenible agitación al ver que por segunda vez dirigía hacia mí los gemelos y que, desdeñando el renovado murmullo del público, me examinaba de la cabeza a los pies con la misma milagrosa compostura que tanto había deleitado y confundido mi alma momentos antes.
Tan extraordinaria conducta, sumiéndome en afiebrada excitación, en un verdadero delirio de amor, sirvió para alentarme más que para desconcertarme. En la alocada intensidad de mi devoción me olvidé de todo lo que no fuera la presencia y la majestuosa hermosura de la visión que así respondía a mis miradas. Esperé la oportunidad, y cuando me pareció que el público estaba concentrado en la ópera y que los ojos de Madame Lalande se fijaban en los míos, le hice una ligera pero inconfundible inclinación de cabeza.
Sonrojóse profundamente y apartó los ojos; después, lenta y cautelosamente, miró en torno como para asegurarse de que mi audacia no había sido advertida y se inclinó finalmente hacia el caballero sentado junto a ella.
Tuve entonces clara conciencia de la torpeza que había cometido, e imaginé un inmediato pedido de explicaciones, mientras una imagen de pistolas al amanecer flotaba
rápida y desagradablemente en mi pensamiento. Pero me esperaba una tranquilidad tan grande como instantánea al ver que la dama se limitaba a alcanzar un programa al caballero sin decirle palabra; el lector podrá empero hacerse una vaga idea de mi estupefacción, de mi profundo asombro, del delirante trastorno de mi corazón y de mi alma cuando, después de haber mirado furtivamente en torno, Madame Lalande posó de lleno sus ojos en los míos, y luego, con una débil sonrisa que dejaba ver sus brillantes dientes como perlas, me hizo dos inclinaciones de cabeza tan inequívocas como afirmativas...
Sería inútil que me extendiera sobre mi alegría, mi transporte, el ilimitable éxtasis de mi corazón. Si algún hombre se volvió loco por exceso de felicidad, ése fui yo en aquel momento. Amaba. Era mi primer amor y lo sentía así. Era un amor supremo, indescriptible. Era «amor a primera vista», y también a primera vista había sido apreciado y correspondido.
¡Sí, correspondido! ¿Cómo y por qué había de dudarlo? ¿Qué otra explicación podía dar de semejante conducta por parte de una mujer tan hermosa, tan acaudalada, tan llena de cualidades y altísimos méritos, de posición social tan encumbrada y en todo sentido, tan respetable como indudablemente lo era Madame Lalande? ¡Sí, me amaba... correspondía al entusiasmo de mi amor con un entusiasmo tan ciego, tan firme, tan desinteresado, tan lleno de abandono, tan ilimitado como el mío!
Aquellas deliciosas fantasías se vieron interrumpidas por la caída del telón. Levantóse el público y sobrevino la confusión de costumbre. Apartándome de Talbot, me esforcé desesperadamente por acercarme a Madame Lalande. Pero como la multitud no me lo permitiera, renuncié a mi propósito y volví a casa, consolándome por no haber podido rozar siquiera el borde de su manto, al pensar que Talbot me presentaría a ella al día siguiente.
Llegó, por fin, la mañana; vale decir que por fin amaneció después de una larga y fatigosa noche de impaciencia. Las horas se arrastraron, lúgubres e innumerables caracoles, hasta la una. Pero está dicho que aun Estambul tendrá su fin, y la hora llegó. Oyóse la campanada de la una. Con su último eco me presenté en B... y pregunté por Talbot.
—Está ausente —me respondió el lacayo, que era precisamente el de mi amigo.
—¡Ausente! —exclamé, retrocediendo varios pasos—. Permítame decirle, amiguito, que eso es completamente imposible. Mr. Talbot no está ausente. ¿Qué quiere usted hacerme creer?
—Nada, señor... salvo que Mr. Talbot está ausente. Se fue a S... apenas terminó de desayunar, y dejó dicho que no volvería hasta dentro de una semana.
Me quedé petrificado de horror y rabia. Quise replicar, pero la lengua no me obedecía. Por fin, me alejé, lívido de cólera, mientras en mi interior enviaba a toda la familia Talbot a las regiones más recónditas del Erebo. No cabía duda de que mi amable amigo, il fanatico, habíase olvidado de su cita conmigo y que la había olvidado en el momento mismo de fijarla. Jamás había sido hombre de palabra. Imposible remediarlo, y, por tanto, ahogando lo mejor posible mi resentimiento, remonté malhumorado la calle, haciéndole fútiles averiguaciones sobre Madame Lalande a cuanto amigo encontraba en mi camino. Descubrí que todos habían oído hablar de ella, pero como sólo llevaba algunas semanas en la ciudad, pocos podían jactarse de conocerla personalmente. Estos pocos carecían de familiaridad suficiente para creerse autorizados a presentarme en el curso de una visita matinal.
Mientras, lleno de desesperación, hablaba con un trío de amigos sobre el único tema que absorbía mi corazón, ocurrió que el tema mismo pasó cerca de nosotros.
—¡Allí está, por mi vida! —exclamó uno de ellos.
—¡Extraordinariamente hermosa! —dijo el segundo.
—¡Un ángel sobre la tierra! —pronunció el tercero.
Miré y vi un carruaje abierto que se nos acercaba lentamente y en el cual hallábase sentada la encantadora visión de la ópera, acompañada por la dama más joven que había compartido su palco.
—Su compañera es igualmente interesante —dijo el amigo que había hablado primero.
—Ya lo creo, y me parece asombroso —dijo el segundo—. Tiene todavía un aire de lo más lozano. Claro que el arte hace maravillas... Palabra, se la ve mejor que hace cinco años en París. Todavía es una hermosa mujer. ¿No le parece, Froissart... quiero decir, Simpson?
—¡Todavía! —exclamé—. Y ¿por qué no habría de ser una hermosa mujer? Pero, comparada con su amiga, es como una bujía frente a la estrella vespertina... como una luciérnaga al lado de Antar.
—¡Ja, ja, ja! ¡Vamos, Simpson, vaya estupenda manera que tiene de hacer descubrimientos... por lo menos originales!
Y nos separamos, mientras uno del trío empezaba a canturrear un alegre vaudeville, del cual sólo pode oír las palabras
Ninon, Ninon, Ninon à bas
À bas Ninon de l’Enclos!
En el curso de esta escena había ocurrido algo que sirvió para consolarme muchísimo, alimentando aún más la pasión que me consumía. Cuando el carruaje de Madame de Lalande pasó junto a nuestro grupo, observé que me reconocía y, lo que es más, que me llenaba de felicidad al concederme la más seráfica de las sonrisas sobre cuyo sentido no podía caber la más pequeña duda.
Por lo que se refiere a la presentación, me vi precisado a abandonar toda esperanza hasta que a Talbot se le ocurriera regresar de la campaña. Entretanto, frecuenté asiduamente todos los lugares de diversión distinguidos y, por fin, en el mismo teatro donde la viera por primera vez tuve la suprema dicha de encontrarla nuevamente y de cambiar con ella mis miradas. Pero esto sólo ocurrió después de una quincena. Diariamente, en el ínterin, había preguntado por Talbot, y diariamente me había estremecido de rabia ante el eterno «No ha regresado todavía» de su lacayo.
Aquella noche, pues, me sentía al borde de la locura. Me habían dicho que Madame Lalande era francesa y que acababa de llegar de París. ¿No podría ocurrir que regresara bruscamente a su patria? ¿Y si partía antes del regreso de Talbot? ¿No la perdería para siempre? La sola idea me resultaba insoportable. Y, puesto que mi felicidad futura estaba en juego, me decidí a proceder virilmente. En una palabra: terminada la representación seguí a la dama hasta su residencia, tomé nota de la dirección y a la mañana siguiente le envié una larga y detallada carta donde volcaba plenamente los sentimientos de mi corazón.
Hablé en ella audaz y libremente... en una palabra, lleno de pasión. No oculté nada, ni siquiera mis defectos. Aludí a las románticas circunstancias de nuestro primer encuentro, y mencioné las miradas que se habían cruzado entre nosotros. Llegué al extremo de decirle que me sentía seguro de su amor, a la vez que le ofrecía esta seguridad y mi propia e intensa devoción como doble excusa por mi imperdonable conducta. Como tercer argumento, aludí a mis temores de que pudiera marcharse de la ciudad antes de haber tenido la ocasión de serle formalmente presentado. Y terminé aquella epístola, la más exaltada y entusiasta que se haya escrito nunca, con una franca declaración de mi estado social y mi fortuna, a la vez que le ofrecía mi corazón y mi mano.
Esperé la respuesta dominado por la más desesperante ansiedad. Después de lo que me pareció un siglo, me fue entregada.
Sí, me fue entregada su respuesta. Por más romántico que parezca, recibí una carta de Madame Lalande... la hermosa, la acaudalada, la idolatrada Madame Lalande. Sus ojos, sus magníficos ojos, no habían desmentido su noble corazón. Como una verdadera francesa, había obedecido a los francos dictados de la razón, a los impulsos generosos de su naturaleza, despreciando las convencionales mojigaterías de la sociedad. No se había burlado de mi propuesta. No se había refugiado en el silencio. No me había devuelto mi carta sin abrir. Por el contrario, me contestaba con otra escrita por su propia y exquisita mano. Decía:
Monsieur Simpson, me bernodará bor no écrire muy bien en su hermoso idioma. Hace muy boco que soy arrivée y no he tenido la obortunité de l’étudier.
Desbués de disculbarme por mi redacción, diré que, hélas!!, Monsieur Simpson ha adivinado berfectamente... ¿Necesito decir más? Hélas!! ¿No habré dicho más de lo que corresbondía?
Eugènie Lalande
Besé un millón de veces este billete de tan noble inspiración, e incurrí en mil otras extravagancias que escapan a mi memoria. Pero, entretanto, Talbot no volvía. ¡Ay! Si hubiera podido concebir el sufrimiento que su ausencia me ocasionaba, ¿no habría volado inmediatamente, dada nuestra amistad y simpatía, en mi auxilio? Pero, entretanto, no volvía. Le escribí. Me contestó. Hallábase retenido por urgentes negocios, pero no tardaría en regresar. Me suplicaba que no me impacientara, que moderase mis transportes, leyera libros tranquilizadores, bebiera únicamente vino del Rin y requiriese los consuelos de la filosofía para que me ayudaran. ¡El muy insensato! Si no podía venir en persona, ¿por qué, en nombre de todo lo razonable, no agregaba a su carta otra de presentación? Volví a escribirle, rogándole que así lo hiciera. La carta me fue devuelta por el mismo lacayo con una nota a lápiz escrita al dorso. El villano se había reunido con su amo en la campaña y me decía:
Salió ayer de S..., pero no dijo a dónde iba ni cuándo va a volver. Me parece mejor devolverle esta carta, pues reconozco su letra y pienso que usted tiene siempre mucha prisa.
Lo saluda atentamente,
Stubbs
Inútil agregar que después de esto consagré tanto al amo como al criado a las divinidades infernales; pero de nada me valía encolerizarme y las quejas no me servían de consuelo.
Sin embargo, la audacia de mi temperamento me daba una última posibilidad. Hasta ahora esa audacia me había sido útil y decidí que la emplearía nuevamente para mis fines. Además, después de la correspondencia que habíamos mantenido, ¿qué acto de mera informalidad podía cometer que, dentro de ciertos límites, pudiera Madame Lalande considerar indecoroso? Desde el envío de mi carta había tornado la costumbre de observar su casa, y descubrí que la dama salía al atardecer, acompañada por un negro de librea, y paseaba por la plaza a la cual daban sus ventanas. Allí, entre los sotos sombríos y
lujuriantes, en la gris penumbra de un anochecer estival, esperé la oportunidad de aproximarme a ella.
Para engañar mejor al sirviente que la acompañaba procedí con el aire de una vieja relación de familia. En cuanto a ella, con una presencia de ánimo verdaderamente parisiense, comprendió de inmediato y, al saludarme, me tendió la más hechiceramente pequeña de las manos. Instantáneamente el lacayo se quedó atrás y, entonces, con los corazones rebosantes, nos explayamos larga y francamente sobre nuestro amor.
Como Madame Lalande hablaba el inglés con mayor dificultad de la que tenía para escribirlo, nuestra conversación se desarrolló necesariamente en francés. Esta dulce lengua, tan apropiada para la pasión, me permitió liberar el impetuoso entusiasmo de mi naturaleza, y con toda la elocuencia de que era capaz supliqué a mi amada que consintiera en un matrimonio inmediato.
Sonrió ella ante mi impaciencia. Aludió a la vieja cuestión del decoro —ese espantajo que a tantos aleja de la dicha hasta que la oportunidad de ser dichosos ha pasado para siempre—. Me hizo notar que, imprudentemente, había yo dicho a todos mis amigos que ansiaba conocerla; por ello resultaba imposible ocultar la fecha en que nos habíamos visto por primera vez. Sonrojándose, aludió a lo muy reciente de dicha fecha. Casarnos de inmediato sería impropio, indecoroso... outré. Y todo esto lo decía con un encantador aire de naïveté que me arrobaba al mismo tiempo que me lastimaba y me convencía. Llegó al punto de acusarme, entre risas, de precipitación, de imprudencia. Me pidió que tuviera en cuenta que, en el fondo, yo no sabía siquiera quién era ella, cuáles sus perspectivas, sus vinculaciones, su posición social. Pidióme, con un suspiro, que reconsiderara mi propuesta, y agregó que mi amor era un capricho, un fuego fatuo, una fantasía del momento, un castillo en el aire del entusiasmo más que del corazón. Y todo esto mientras las sombras del suave anochecer se hacían más y más profundas en torno de nosotros; pero luego, con una gentil presión de la mano semejante a la de un hada, sentí que en un instante dulcísimo destruía todos los argumentos que acababa de levantar.
Repliqué lo mejor que pude... como sólo un enamorado puede hacerlo. Hablé extensamente y en detalle de mi devoción, de mi arrobo, de su rara belleza y de mi profunda admiración. Insistí finalmente, con la energía de la convicción, en los peligros que rodean el sendero del amor, ese sendero que jamás avanza en línea recta... y deduje de ello el evidente peligro de alargar innecesariamente el recorrido.
Este último argumento pareció, por fin, mitigar el rigor de su determinación. Aplacóse, pero me dijo que todavía quedaba un obstáculo, que sin duda yo no había tenido en cuenta. Tratábase de una delicada cuestión, especialmente si era una mujer quien debía aludir a ella; al hacerlo contrariaba sus sentimientos, pero por mí estaba dispuesta a cualquier sacrificio. Mencionó entonces la edad. ¿Me había dado plenamente cuenta de la diferencia de edad entre nosotros? Que el marido sobrepasara a su esposa en algunos años —incluso quince y hasta veinte— era cosa que la sociedad consideraba admisible y hasta aconsejable. Pero, por su parte, siempre había creído que la edad de la esposa no debía exceder jamás la del esposo. ¡Ay, demasiado frecuente era ver cómo diferencias tan anormales conducían a una vida desdichada! Sabía que yo no pasaba de los veintidós años, mientras quizá yo no estuviera enterado de que los años de mi Eugènie excedían muy considerablemente de esa cifra.
En todo lo que decía notábase una nobleza de alma, una candorosa dignidad que me deleitó y me encantó, cerrando para siempre tan dulces cadenas. Apenas pude contener el excesivo transporte que me dominaba.
—¡Querida, querida Eugènie! —dije—. ¿Qué dice usted? Tiene usted unos años más que yo. Y ¿qué importa eso? Las costumbres del mundo son otras tantas locuras convencionales. Para aquellos que se aman como nosotros, ¿qué diferencia hay entre un año y una hora? Dice usted que tengo veintidós años; de acuerdo, y hasta le diría que puede considerar que tengo veintitrés. En cuanto a usted, queridísima Eugènie, apenas puede tener usted... apenas puede tener unos… unos...
Detúveme un instante esperando que Madame Lalande me interrumpiera para decirme su edad. Pero una francesa rara vez se expresa directamente, y en vez de responder a una pregunta embarazosa usa siempre alguna forma que le es propia. En este caso, Eugènie, que parecía estar buscando algo que llevaba guardado en el seno, dejó caer una miniatura que recogí inmediatamente y le presenté.
—¡Guárdela! —me dijo con una de sus más adorables sonrisas—. Guárdela como mía, como de alguien a quien representa de manera demasiado halagadora. Por lo demás, en el reverso de esta miniatura hallará usted la información que desea. Está oscureciendo, pero podrá examinarla en detalle mañana por la mañana. Ahora me escoltará usted hasta casa. Mis amigos se disponen a celebrar allí una pequeña levée musical. Me atrevo a decirle que escuchará cantar muy bien. Y como los franceses no somos tan puntillosos como ustedes los norteamericanos, no tendré dificultad en presentarlo como a un antiguo conocido.
Y, con esto, se apoyó en mi brazo y volvimos a su casa. La mansión era muy hermosa y descuento que estaba finamente amueblada. No puedo pronunciarme sobre este último detalle, pues había anochecido cuando llegamos y en las casas más distinguidas de Norteamérica las luces se encienden raras veces a esa hora, la más placentera de la estación estival. Pero más tarde encendióse una sola lámpara con pantalla en el salón principal y pude ver que la estancia hallábase dispuesta con insólito buen gusto y hasta esplendor; las dos salas siguientes, donde había también grupos de invitados, permanecieron durante toda la velada en una agradable penumbra. He ahí una costumbre llena de encanto, pues da a los asistentes la elección entre la luz y la sombra, y que nuestros amigos de ultramar harían muy bien en seguir.
Aquella noche fue la más deliciosa de mi vida. Madame Lalande no había exagerado al aludir a la capacidad musical de sus amigos. El canto que escuché en esa ocasión me pareció superior al de cualquier otro círculo privado que hubiese escuchado anteriormente fuera de los de Viena. Los instrumentistas eran muchos y de gran talento. En cuanto a las cantantes —pues predominaban las damas—, revelaban un alto nivel artístico. Hacia el final, insistentemente solicitada por los auditores, Madame Lalande se levantó sin afectación y sin hacerse rogar de la chaise longue donde había estado sentada a mi lado, y en compañía de uno o dos caballeros y de su amiga de la ópera encaminóse hacia el piano situado en el salón. Hubiera querido acompañarla, pero comprendí que, dada la forma en que había sido presentado, convenía que me quedara discretamente en mi lugar. Me vi, pues, privado del placer de verla cantar, aunque no de escucharla.
La impresión que produjo en los presentes puede calificarse de eléctrica, pero en mí su efecto fue todavía más grande. No sé cómo describirlo. Nacía en parte del sentimiento amoroso que me poseía, pero, sobre todo, de la extraordinaria sensibilidad de la cantante. El arte es incapaz de comunicar a un aria o a un recitativo una expresión más apasionada de la que ella les infundía. Su versión de la romanza de Otello, el tono con que pronunció las palabras «Sul mio sasso», en Los Capuletos, resuena todavía en mi memoria. Su registro bajo era sencillamente milagroso. Su voz abarcaba tres octavas completas, extendiéndose desde el re de contralto hasta el re de soprano ligera; aunque suficientemente poderosa
como para llenar la sala del San Carlos, la articulaba con la más minuciosa precisión, tanto en las escalas ascendentes como en las descendentes, las cadencias y florituras. En el final de La Sonámbula logró el más notable de los efectos en el pasaje donde se dice:
Ah!, non giunge uman pensiero
Al contento ond’io son piena.
Aquí, imitando a la Malibrán, modificó la melodía original de Bellini, dejando caer la voz hasta el sol tenor, y entonces, con una rápida transición, saltó al sol sobreagudo, a dos octavas de intervalo.
Terminados aquellos milagros de ejecución vocal, Madame Lalande volvió a la estancia donde me hallaba y se sentó nuevamente a mi lado, mientras yo le expresaba en términos entusiastas el deleite que me había causado su interpretación. No dije nada de mi sorpresa y, sin embargo, estaba muy sorprendido; pues cierta debilidad o mejor cierta trémula indecisión en la voz de mi amada cuando conversaba naturalmente, me había hecho suponer que, cantando, no se elevaría sobre un nivel ordinario de interpretación.
Nuestro diálogo volvióse entonces tan largo, profundo e ininterrumpido, como pleno de franqueza. Hízome narrar muchos episodios de mi vida y escuchó con ansiosa atención cada palabra que le decía. No oculté nada, pues no me creía con derecho para hacerlo, a su cariñosa confianza. Alentado por su candor sobre la delicada cuestión de la edad, no sólo detallé con toda franqueza muchos defectos menudos que me aquejaban, sino que confesé francamente todos esos defectos morales y aun físicos cuya revelación, al exigir un coraje muy grande, prueban categóricamente la fuerza del amor. Me referí a mis locuras de estudiante, mis extravagancias, las juergas de la juventud, mis deudas y mis galanteos. Llegué incluso a referirme a cierta tos hética que me había preocupado en un tiempo, a un reumatismo crónico, a una tendencia a la gota y, finalmente, a la desagradable y molestísima debilidad visual que hasta entonces ocultara cuidadosamente.
—Sobre este último punto —dijo riendo Madame Lalande— ha cometido usted una imprudencia al confesar, pues de no haberlo hecho doy por sentado que nadie hubiese podido acusarlo de tal defecto. Y ya que hablamos de esto —continuó, mientras me parecía, pese a la penumbra de la estancia, que el rubor ganaba sus mejillas—, ¿recuerda usted, mon cher ami, este pequeño auxiliar que cuelga de mi cuello?
Mientras hablaba hizo girar entre sus dedos el pequeño par de gemelos que tanto me habían trastornado en la ópera.
—¡Oh, cómo quiere usted que no lo recuerde! —exclamé, oprimiendo apasionadamente la delicada mano que me ofrecía el instrumento para que lo examinara.
Era un complicado y admirable juguete, ricamente revestido y afiligranado, resplandeciente de gemas que, a pesar de la falta de luz, daban prueba de su altísimo valor.
—Eh bien, mon ami! —continuó ella, con cierto empressement en su voz que me sorprendió un tanto—. Eh bien, mon ami, me ha pedido usted insistentemente un favor que, según sus amables palabras, considera inapreciable. Me ha pedido que nos casemos mañana... Si le doy mi consentimiento... que, añado, representa asimismo consentir a los requerimientos de mi corazón... ¿no tendré derecho a pedir, a mi vez, un pequeño favor?
—¡Pídalo usted! —exclamé con una energía que estuvo a punto de concentrar sobre nosotros la atención de los asistentes, mientras sólo la presencia de éstos me impedía arrojarme apasionadamente a los pies de mi amada—. ¡Pídalo, queridísima Eugènie, ahora mismo... aunque esté ya concedido antes de que haya usted dicho una sola palabra!
—Pues bien, mon ami, entonces vencerá usted, por esta Eugènie a quien ama, esa menuda debilidad que acaba de confesarme... esa debilidad antes moral que física, y que, permítame decírselo, no sienta a la nobleza de su verdadero carácter ni a la sinceridad de su temperamento; una debilidad que, de no ser dominada, habrá de crearle tarde o temprano muy penosas dificultades. Vencerá usted, por mí, esa afectación que lo induce (como usted mismo reconoce) a negar franca o tácitamente el defecto visual de que padece. A negarlo, sí, puesto que no quiere emplear los medios habituales para remediarlo. En una palabra, que deseo verle usar anteojos... ¡Sh...! ¡No me diga nada! Usted ha consentido ya en usarlos... por mí. Por eso aceptará ahora este juguete que tengo en la mano, y que, aunque admirable auxiliar de la visión, no puede considerarse —una joya demasiado valiosa. Advertirá usted que, mediante una ligera modificación, en esta forma... o así... puede adaptarse a los ojos como un par de anteojos comunes, o sirve para llevar en el bolsillo del chaleco como gemelos de teatro. Pero usted ha consentido, por mí, en llevarlos desde ahora en la primera de sus formas.
Este pedido —¿debo confesarlo?— me confundió profundamente. Pero la recompensa a la cual estaba unido no me permitía vacilar un solo momento.
—¡De acuerdo! —exclamé, con todo el entusiasmo de que era dueño—. ¡Acepto... acepto de todo corazón! Sacrifico cualquier sentimiento por usted. Esta noche llevaré estos gemelos sobre mi corazón... como gemelos; pero con las primeras luces de esa mañana que me proporcione la felicidad de llamarla mi esposa... habré de colocarlos sobre mi... sobre mi nariz... y usarlos desde entonces en la forma que usted lo desea, menos a la moda y menos romántica, cierto, pero mucho más útil para mí.
Nuestra conversación se encaminó entonces a los detalles concernientes al siguiente día. Me enteré por mi prometida que Talbot acababa de regresar a la ciudad. Debía ir a verlo inmediatamente y procurarme un coche. La soirée no terminaría antes de las dos, y a esa hora el coche estaría en la puerta; entonces, aprovechando la confusión ocasionada por la partida de los invitados, Madame Lalande podría subir al carruaje sin ser observada. Acudiríamos a casa de un pastor que estaría esperando para unirnos en matrimonio; luego de eso dejaríamos a Talbot en su casa y saldríamos para realizar una breve jira por el este, dejando a la sociedad local que hiciera los comentarios que se le ocurriera.
Una vez todo planeado, salí de la casa y me encaminé en busca de Talbot, pero en el camino no pude contenerme y entré en un hotel para examinar la miniatura. Los anteojos me ayudaron muchísimo para ver todos sus detalles y me permitieron descubrir un rostro de admirable belleza. ¡Ah, esos ojos tan grandes como luminosos, la altiva nariz griega, los rizos abundantes y negros...!
—¡Sí! —me dije, exultante—. ¡He aquí la imagen misma de mi adorada!
Y al examinar el reverso encontré estas palabras: «Eugènie Lalande, veintisiete años y siete meses».
Hallé a Talbot en su casa y le informé inmediatamente de mi buena fortuna. Pareció extraordinariamente sorprendido, como era natural, pero me felicitó muy cordialmente y me ofreció toda la ayuda que pudiera proporcionarme. En resumen, cumplimos el plan como había sido trazado y, a las dos de la mañana, diez minutos después de la ceremonia nupcial, me encontré en un carruaje cerrado en compañía de Madame Lalande... es decir de la señora Simpson, viajando a gran velocidad rumbo al noreste.
Puesto que deberíamos viajar toda la noche, Talbot nos había aconsejado que hiciéramos el primer alto en C..., pueblo a unas veinte millas de la ciudad, donde podríamos desayunar y descansar un rato antes de seguir viaje. A las cuatro, el coche se detuvo ante la
puerta de la posada principal. Ayudé a salir a mi adorada esposa y ordené inmediatamente el desayuno. Entretanto fuimos conducidos a un saloncito y nos sentamos.
Amanecía ya y pronto sería la mañana. Mientras contemplaba arrobado al ángel que tenía junto a mí, se me ocurrió de golpe la singular idea de que era aquélla la primera vez, desde que conociera la celebrada belleza de Madame Lalande, que podía contemplar aquella hermosura a plena luz del día.
—Y ahora, mon ami —dijo ella, tomándome la mano e interrumpiendo mis reflexiones—, puesto que estamos indisolublemente unidos, puesto que he cedido a sus apasionados ruegos y cumplido mi parte de nuestro convenio... espero que no olvidará usted que también le queda por cumplir un pequeño favor, una promesa. ¡Ah, vamos! ¡Déjeme recordar! Pues sí, me acuerdo perfectamente de las palabras con las cuales hizo anoche una promesa a su Eugènie. Dijo usted así: «¡Acepto... acepto de todo corazón! Sacrifico cualquier sentimiento por usted. Esta noche llevaré estos gemelos sobre mi corazón... como gemelos; pero con las primeras luces de esa mañana que me proporcione la felicidad de llamarla mi esposa... habré de colocarlos sobre mi... sobre mi nariz... y usarlos desde entonces en la forma que usted lo desea, menos a la moda y menos romántica, cierto, pero mucho más útil para mí...» Tales fueron sus exactas palabras, ¿no es así, queridísimo esposo?
—Tales fueron, en efecto —repuse—, y veo que tiene usted una excelente memoria. Lejos de mí, querida Eugènie, faltar al cumplimiento de la insignificante promesa. Pues bien... ¡vea! ¡Contemple! Me quedan bien, ¿no es cierto?
Y luego de preparar los cristales en su forma ordinaria de anteojos, me los apliqué rápidamente, mientras Madame Simpson, ajustándose la toca y cruzándose de brazos, sentábase muy derecha en una silla, en una actitud tan rígida como estirada, que incluso cabía considerar indecorosa.
—¡Que el cielo me asista! —grité, en el instante mismo en que el puente de los anteojos se hubo posado en mi nariz—. ¡Dios mío! ¿Qué les ocurre a estos cristales?
Y, luego de quitármelos rápidamente, me puse a limpiarlos con un pañuelo de seda y me los ajusté otra vez.
Pero si en la primera ocasión había ocurrido algo capaz de sorprenderme, esta vez la sorpresa se transformó en estupefacción, y esta estupefacción era profunda, extrema... y bien puede calificarse de espantosa. En nombre de todo lo horrible, ¿qué significaba esto? ¿Podía creer a mis ojos... ? ¿Podía? Lo que estaba viendo ¿era... era colorete? ¿Y esas... esas arrugas en el rostro de Eugènie Lalande? Y... ¡oh, Júpiter y todos los dioses y diosas!, ¿qué había sido de... de... de sus dientes?
Arrojé violentamente al suelo los anteojos y, levantándome de un salto, enfrenté a Mrs. Simpson, los brazos en jarras, convulsa y espumante la boca que, al mismo tiempo, era incapaz de articular palabra por el espanto y la rabia.
Creo haber dicho ya que Madame Eugènie Lalande —quiero decir, Simpson— hablaba el inglés apenas algo mejor de como lo escribía y por esta razón jamás empleaba dicha lengua en las conversaciones usuales. Pero la cólera puede arrastrar muy lejos a una dama, y en esta ocasión llevó a Mrs. Simpson al punto de pretender expresarse en un idioma del cual no tenía la menor idea.
—Pues pien, monsieur —dijo, después de contemplarme con aparente asombro durante un momento—. ¡Pues pien, monsieur! ¿Qué basa? ¿Qué le ocurre? ¿Le ha dado el baile de San Vito? Si no le barezco pien, ¿bor qué se casó conmigo?
—¡Miserable! —bisbiseé—. ¡Vieja bruja...!
—¿Fieja? ¿Bruja? No tan fieja, desbués de todo... apenas ochenta y tos años.
—¡Ochenta y dos! —balbuceé, retrocediendo hasta la pared—. ¡Ochenta y dos mil mandriles! ¡La miniatura decía veintisiete años y siete meses!
—¡Y así es... así era! La miniatura fue bintada hace cincuenta y cinco años. Cuando me casé con mi segundo esboso, Monsieur Lalande, hice bintar ese retrato para la hija que había tenido con mi primer esboso, Monsieur Moissart.
—¡Moissart! —dije yo.
—Sí, Moissart —repitió, burlándose de mi pronunciación, que, a decir verdad, no era nada buena—. ¿Y qué? ¿Qué sabe usted de Moissart?
—¡Nada, vieja espantosa, absolutamente nada, aparte de que hay un antepasado mío que llevaba ese nombre!
—¡Ese nombre! ¿Y gué hay de malo en ese nombre? Es un egcelente nombre, lo mismo que Voissart, que también es un egcelente nombre. Mi hija, Mademoiselle Moissart, se gasó con Monsieur Voissart, y los dos nombres son egcelentes nombres.
—¿Moissart? —exclamé—. ¿Y Voissart? ¿Qué quiere usted decir?
—¿Qué guiero decir? Guiero decir Moissart y Voissart, y si me da la gana diré también Croissart y Froissart. La hija de mi hija, Mademoiselle Voissart, se gasó con Monsieur Croissart, y luego la nieta de mi hija, Mademoiselle Croissart, se gasó con Monsieur Froissart. ¡Y no dirá usdé que éste no es también un egcelente nombre!
—¡Froissart! —murmuré, empezando a desmayarme—. ¿No pretenderá usted decir... Moissart... y Voissart... y Croissart... y Froissart?
—Glaro que lo digo —declaró aquel horror, repantigándose en su silla y estirando muchísimo las piernas—. Digo Moissart, Voissart, Croissart y Froissart. Pero Monsieur Froissart sí era lo que ustedes llaman estúbido... pues salió de la bella France para fenir a esta estúbida América... y cuando estuvo aquí nació su hijo que es todavía más estúbido, muchísimo más estúbido... según oigo decir, bues todavía no he tenido el placer de gonocerlo bersonalmente... ni yo ni mi amiga, Madame Stéphanie Lalande. Sé que se llama Napoleón Bonaparte Froissart... y supongo que ahora usdé dirá que tamboco ése es un egcelente y respetable nombre.
Fuera la extensión o la naturaleza de este discurso, el hecho es que pareció provocar una excitación asombrosa en Mrs. Simpson. Apenas lo hubo terminado con gran trabajo, saltó de su silla como si la hubiesen hechizado y al hacerlo dejó caer al suelo un enorme polisón. Ya de pie, hizo chasquear sus desnudas encías, agitó los brazos, mientras se arremangaba y sacudía el puño delante de mi cara, y terminó sus demostraciones arrancándose la toca, y con ella una inmensa peluca del más costoso y magnífico cabello negro, todo lo cual arrojó al suelo con un alarido y se puso a pisotear y a patear en un verdadero fandango de arrebato y de enloquecida rabia.
Entretanto yo me había desplomado en el colmo del horror en la silla vacía.
—¡Moissart y Voissart! —repetía enmimismado, mientras asistía a las cabriolas y piruetas—. ¡Croissart y Froissart! ¡Moissart, Voissart, Croissart... y Napoleón Bonaparte Froissart! Pero, entonces, inefable serpiente... ¡Pero si se trata de mí! ¡De mí! ¿Oye usted? ¡De mí...! —continué, vociferando con todas mis fuerzas—. ¡Yo soy Napoleón Bonaparte Froissart, y que me confunda por toda la eternidad si no acabo de casarme con mi tatarabuela!
En efecto, Madame Eugènie Lalande, quasi Simpson y anteriormente Moissart, era mi tatarabuela. Había sido hermosísima en su juventud, y todavía ahora, a los ochenta y dos años, conservaba la estatura majestuosa, la escultural cabeza, los hermosos ojos y la nariz
griega de su doncellez. Con ayuda de ello, polvos de arroz, carmín, peluca, dentadura postiza, falsa tournure y las más hábiles modistas de París, lograba mantener una respetable posición entre las bellezas un peu passées de la metrópoli francesa. En ese sentido, merecía ciertamente compararse a la celebérrima Ninon de l’Enclos.
Era inmensamente rica, y al quedar viuda por segunda vez, y sin hijos, recordó que yo vivía en Norteamérica, y dispuesta a convertirme en su heredero se encaminó a los Estados Unidos acompañada de una parienta lejana de su segundo esposo, llamada Stéphanie Lalande.
En la ópera, la atención de mi tatarabuela se vio reclamada por mi insistente escrutinio de su persona; cuando a su vez me examinó con ayuda de los gemelos parecióle notar en mí un aire de familia. Muy interesada y no ignorando que el heredero que buscaba vivía en la ciudad, quiso saber algo acerca de mi persona. El caballero que la acompañaba me conocía y le dijo quién era. Sus palabras renovaron su interés y la indujeron a repetir su escrutinio, fue este gesto el que me dio la audacia suficiente para conducirme en la forma imprudente que he narrado. Cuando me devolvió el saludo, lo hizo pensando que, por alguna rara coincidencia, yo había descubierto su identidad. Y cuando, engañado por mi miopía y las artes de tocador sobre la edad y los encantos de la extraña dama, pregunté con tanto entusiasmo a Talbot quién era, mi amigo supuso que me refería a la belleza más joven, como es natural, y me contestó sin faltar a la verdad, que era «la célebre viuda, Madame Lalande».
A la mañana siguiente, mi tatarabuela se encontró en la calle con Talbot, a quien conocía desde hacía mucho en París, y, como es natural, la conversación versó sobre mí. Aclaróse entonces la cuestión de mi defecto visual, pues era bien conocido aunque yo no estuviera enterado de ello. Para su gran pesar, mi excelente tatarabuela se dio cuenta de que se había engañado al suponerme enterado de su identidad, y que, en cambio, había estado poniéndome en ridículo al expresar públicamente mi amor por una anciana desconocida.
Dispuesta a castigarme por mi imprudencia, urdió un plan en connivencia con Talbot. Decidieron que éste se marcharía, a fin de no verse obligado a presentarme. Mis averiguaciones en la calle sobre «la hermosa viuda Madame Lalande», eran tomadas por todos como referentes a la dama más joven; así, la conversación con los tres amigos a quienes encontrara poco después de salir de casa de Talbot se explica fácilmente, lo mismo que sus alusiones a Ninon de l’Enclos. Nunca tuve oportunidad de ver en pleno día a Madame Lalande, y en el curso de su soirée musical, mi tonta resistencia a usar anteojos me impidió descubrir su verdadera edad. Cuando se pidió a «Madame Lalande» que cantara, todos se referían a la más joven, y fue ésta quien acudió al salón, pero mi tatarabuela, dispuesta a confundirme cada vez más, se levantó igualmente y acompañó a la joven hasta el piano. Si hubiese querido ir con ella, estaba pronta a decirme que las conveniencias exigían que me quedara donde estaba; pero mi propia y prudente conducta hizo innecesario esto último. Las canciones que tanto admiré, y que me confirmaron en la idea de la juventud de mi amada, fueron cantadas por Madame Stéphanie Lalande. En cuanto a los anteojos, me fueron entregados como complemento del engaño, como un aguijón en el epigrama de la burla. El obsequio dio además oportunidad para aquel sermón sobre mi presuntuosidad, que escuché tan religiosamente. Es casi superfluo añadir que los lentes del instrumento habían sido expresamente cambiados por otros que se adaptaban a mi miopía. Y por cierto que me iban estupendamente.
El sacerdote que nos había unido en matrimonio era un amigo de diversiones de Talbot y no tenía nada de sacerdotal. Su especialidad eran los caballos y, después de permutar la
sotana por un levitón, se encargó de guiar el carruaje que llevaba a «la feliz pareja» en su viaje de bodas. Talbot se había instalado junto a él. Los dos miserables estaban metidos hasta el fondo en aquella burla y, por una rendija de la ventana del saloncito de la posada, divirtiéronse la mar presenciando el dénouement del drama. Me temo que tendré que desafiarlos a ambos.
De todas maneras, no soy el marido de mi tatarabuela, cosa que me produce un inmenso alivio con sólo pensarlo; pero, en cambio, soy el marido de Madame Lalande... de Madame Stéphanie Lalande, con la cual mi excelente y anciana parienta se ha tomado el trabajo de unirme para siempre, aparte de declararme su heredero universal cuando muera (si es que muere alguna vez). En resumen: jamás volveré a tener nada que ver con billets doux, y dondequiera que se me encuentre, andaré con ANTEOJOS.


Los leones


... Y las gentes se fueron pisando sobre sus diez dedos, llenas de asombro
(Sátiras del obispo Hall)


Hoy —vale decir fui— un gran hombre; no soy, sin embargo, ni el autor de junius ni el hombre de la máscara de hierro. Puede creérseme que mi nombre es Robert Jones y que nací en alguna parte de la ciudad de Fum-Fudge.
La primera acción de mi vida consistió en tomarme la nariz con ambas manos. Mi madre vio esto y me llamó genio; mi padre lloró de alegría, regalándome luego un tratado de Nasología. Me lo aprendí antes de usar los primeros pantalones.
Comencé a abrirme camino en esta ciencia y no tardé en comprender que si un hombre disponía de una nariz lo suficientemente conspicua le bastaría andar detrás de ella para llegar a convertirse en un «león» social. Pero no me limitaba a atender solamente a la teoría. Todas las mañanas aplicaba a mi proboscis un par de tirones y me enviaba al coleto media docena de tragos.
Cuando llegué a la mayoría de edad, mi padre me invitó cierto día a entrar en su despacho.
—Hijo mío —manifestó cuando nos hubimos sentado—. ¿Cuál es la finalidad esencial de tu existencia?
—Padre —contesté—, es el estudio de la Nasología.
—¿Y qué es la Nasología, Robert?
—La ciencia de las narices, señor —contesté, amostazado.
—¿Y puedes decirme cuál es el significado de una nariz?
—Una nariz, padre mío —dije, grandemente aplacado—, ha sido diversamente definida por unos mil autores diferentes. (Aquí saqué el reloj y lo consulté.) Es casi mediodía, es decir, que tendremos tiempo de mencionarlos a todos antes de medianoche. Comencemos, pues: La nariz, según Bartolinus, es esa protuberancia, esa saliente, esa excrecencia, esa...
—Ya basta, Robert —me interrumpió aquel excelente caballero—. Me quedo estupefacto ante la extensión de tus conocimientos. Me pasmas, palabra de honor. (Aquí cerró los ojos y se llevó la mano al corazón.) ¡Acércate! (Aquí me tomó del brazo.) Tu educación puede considerarse como terminada... y es tiempo de que te arregles por tu cuenta. Nada mejor podrías hacer que limitarte a seguir a tu nariz... así... así... y así... (Aquí me echó a puntapiés escaleras abajo.) ¡Vete de mi casa, pues, y que Dios te bendiga!
Como sentía dentro de mí el divino afflatus, consideré este accidente más afortunado que otra cosa. Resolví guiarme por el consejo paterno. Decidí seguir a mi nariz. Le di uno o dos tirones y escribí al punto un folleto sobre Nasología.
Toda Fum-Fudge entró en conmoción.
—¡Genio maravilloso! —dijo el Quarterly.
—¡Fisiólogo soberbio! —dijo el Westminster.
—¡Un hombre inteligente! —dijo el Foreign.
—¡Magnífico escritor! —dijo Edinburgh.
—¡Pensador profundo! —dijo el Dublin.
—¡Grande hombre! —dijo el Bentley.
—¡Alma divina! —dijo el Fraser.
—¡Uno de los nuestros! —dijo el Blackwood.
—¿Quién podrá ser? —dijo la señora Marisabidilla.
—¿Quién podrá ser? —dijo la primera señorita Marisabidilla.
—¿Quién podrá ser? —dijo la segunda señorita Marisabidilla.
Pero yo no prestaba atención a esas gentes. Todo lo que hice fue entrar en el estudio de un artista.
La duquesa Fulana posaba para su retrato. El marqués Mengano se ocupaba del perrito de la duquesa. El conde de Zutano jugaba con sus Frasquitos de sales. Su Alteza Real Perengano inclinábase sobre la silla de la duquesa.
Acerquéme al artista y levantó la nariz.
—¡Oh, cuan hermosa! —suspiró su Gracia.
—¡Oh, rayos! —susurró el marqués.
—¡Oh, qué repugnante! —gruñó el conde.
—¡Oh, qué abominable! —bramó su Alteza Real.
—¿Cuánto quiere usted? —preguntó el artista.
—¡Por su nariz! —gritó su Gracia.
—Mil libras —dije, tomando asiento.
—¿Mil libras? —repitió el artista, pensativo.
—Mil libras —dije.
—¡Hermosa! —murmuró él, extático.
—Mil libras —dije.
—¿La garantiza usted? —preguntó, colocándola de modo que le diera la luz.
—La garantizo —contesté, soplando con fuerza por ella.
—¿Es completamente original? —inquirió, tocándola con reverencia.
—¡Hum! —dije, retorciéndola.
—¿No se han sacado copias de ella? —interrogó, examinándola con un microscopio.
—Ninguna —dije, alzándola.
—¡Admirable! —pronunció, tomado completamente de sorpresa ante la belleza de la maniobra.
—Mil libras—dije.
—¿Mil libras? —dijo él.
—Precisamente —dije.
—¿Mil libras? —dijo él.
—En efecto —dije.
—Las tendrá usted —declaró el artista—. ¡Qué pieza tan perfecta!
Me entregó un cheque de inmediato y se puso a dibujar mi nariz. Alquilé un departamento en la calle Jermyn y envié a Su Majestad la nonagesimonovena edición de mi Nasología, con un retrato de la proboscis. Aquel pobre insignificante libertino, el Príncipe de Gales, me invitó a cenar.
Todos éramos «leones» y recherchés.
Había un platónico moderno. Citó a Porfirio, a Yámblico, a Plotino, a Proclo, a Hierocles, a Máximo Tirio y a Siriano.
Había un defensor de la perfectibilidad humana. Citó a Turgot, a Price, a Priestley, a Condorcet, a De Staël y al «Estudiante Ambicioso de Mala Salud».
Estaba Sir Paradoja Positiva. Hizo notar que todos los locos eran filósofos, y que todos los filósofos eran locos.
Estaba Ético Estético. Habló del fuego, la unidad y los átomos; del alma bipartita y preexistente; de la afinidad y la discordia; de la inteligencia primitiva y las homeomerías.
Estaba Teología Teólogo. Habló de Eusebio y de Arrio; de la herejía y el concilio de Nicea, del puseyismo y el consustancialismo, del homousios y del homouioisios.
Estaba Fricassée del Rocher de Cancale. Mencionó el muritón de lengua roja, las coliflores con salsa velouté, la ternera à la St. Menehoult, la marinada à la St. Florentin y las jaleas de naranjas en mosaïques.
Estaba Bíbulo O’Barril. Se refirió al Latour y al Markbrünnen, al Mousseux y al Chambertin, al Richbourg y al St. George, al Haubrion, Leonville y Medoc, al Barac y al Preignac, al Grâve y al Sauternes, al Lafitte, al St. Peray. Meneó la cabeza ante el Clos de Vougeot, y, cerrando los ojos, nos dijo la diferencia que hay entre el jerez y el amontillado.
Estaba el Signor Tintontintino, de Florencia. Disertó sobre Cimabue, Arpino, Carpacio y Argostino, de la melancolía de Caravaggio, de la amenidad de Albano, de los colores de Tiziano, de las damas de Rubens y de las bufonadas de Jan Steen.
Estaba el Presidente de la Universidad de Fum-Fudge. Manifestó la opinión de que la luna se llama Bendis en Tracia, Bubastis en Egipto, Diana en Roma y Artemisa en Grecia.
Había un Gran Turco procedente de Estambul. No podía impedirse pensar que los ángeles eran caballos, gallos y otros; que alguien en el sexto cielo tenía setenta mil cabezas, y que la tierra estaba sostenida por una vaca color celeste, con incalculable cantidad de cuernos verdes.
Estaba Poligloto Delfino. Nos dijo lo que les había ocurrido a las ochenta y tres tragedias perdidas de Esquilo, a las cincuenta y cuatro oraciones de Iseo, a los trescientos noventa y un discursos de Lisias, a los ciento ochenta tratados de Teofrasto, al octavo libro del tratado de las secciones cónicas de Apolonio, a los himnos y ditirambos de Píndaro y a las cuarenta y cinco tragedias de Homero (hijo).
Estaban Ferdinando Fitz Feldespato Fósilus. Nos informó de todo lo concerniente a los fuegos internos y las formaciones terciarias; sobre aeriformes, fluidiformes y solidiformes; sobre cuarzo y marga, esquisto y turmalina; sobre yeso y roca trapeana, talco y cal, blenda y hornablenda; sobre la mica y la piedra pómez, la cianita y la lepidolita; sobre la hematita y la tremolita, el antimonio y la calcedonia; sobre el manganeso, y todo lo que usted quiera.
Estaba yo. Hablé de mí. De mí, de mí, de mí. De la Nasología, de mi folleto y de mí. Levanté la nariz y hablé de mí.
—¡Qué maravillosa inteligencia! —dijo el príncipe.
—¡Soberbia! —dijeron sus huéspedes. Y a la mañana siguiente recibí la visita de su Gracia la duquesa Fulana.
—¿Irá usted al Salón de Almack, encantadora criatura? —me dijo, dándome unos golpecitos en el mentón.
—Por mi honor... iré —dije.
—¿Con nariz y todo? —preguntó.
—Como que estoy vivo —dije.
—Pues bien, vida mía, aquí tiene mi tarjeta. ¿Puedo decir que estará usted presente?
—Querida duquesa, de todo corazón.
—¡Bah, no me interesa el corazón! Diga, más bien: «De toda nariz».
—Cada trocito de ella, amor mío —dije; y luego de retorcerme una o dos veces la nariz, me encontré en el Salón de Almack.
Las diversas estancias hallábanse colmadas hasta la sofocación.
—¡Ahí viene! —dijo alguien en la escalera.
—¡Ahí viene! —dijo otro algo más arriba.
—¡Ahí viene! —dijo un tercero, aún más lejos.
—¡Ha llegado! —exclamó la duquesa—. ¡Ha llegado el encantador amorcillo!
Y, tomando mis manos con fuerza, me besó tres veces en la nariz.
Siguió a esto una gran conmoción entre los presentes.
—Diavolo! —gritó el conde Capricornutti.
—¡Dios guarde! —murmuró Don Estilete.
—Mille tonnerres! —exclamó el príncipe de Grenouille.
—Tousand Teufel! —gruñó el elector de Bluddennuff.
Esto ya era intolerable. Me encolericé. Enfrenté a Bluddennuff.
—¡Caballero —le dije—, es usted un mandril!
—Caballero —repuso él, luego de una pausa—, Donner und Blitzen!
Con esto bastaba. Cambiamos tarjetas. A la mañana siguiente, en Chalk-Farm, le hice volar la nariz de un pistoletazo y luego me fui a visitar a mis amigos.
—Bête! —dijo el primero.
—¡Tonto! —dijo el segundo.
—¡Mastuerzo! —dijo el tercero.
—¡Asno! —dijo el cuarto.
—¡Badulaque! —dijo el quinto.
—¡Mentecato! —dijo el sexto.
—¡Fuera de aquí! —dijo el séptimo.
Todo esto me mortificó, y fui a visitar a mi padre.
—Padre —pregunté—. ¿Cuál es la finalidad esencial de mi existencia?
—Hijo mío —me contestó—, sigue siendo el estudio de la Nasología; pero, al herir al elector en la nariz, te has excedido lamentablemente. Tienes una hermosa nariz, es verdad; pero ahora Bluddennuff no tiene ninguna. Estás condenado, y él se ha convertido en el héroe del día. Doy fe de que en Fum-Fudge la grandeza de un «león» se halla proporcionada con el tamaño de su proboscis. Pero, ¡santo cielo!, no se puede competir con un león que no tiene absolutamente ninguna proboscis.


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