El Rincón de Poe


--Vida, cuentos y poemas de Edgar Allan Poe.


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martes, 21 de junio de 2011

"El entierro prematuro" "El sistema del doctor Tarr y del profesor Fether" "Cuatro bestias en una"

Relatos de Edgar A. Poe, Vol.14
 
El entierro prematuro

Hay ciertos temas de interés absorbente, pero demasiado horribles para ser objeto de una obra de ficción. El mero escritor romántico debe evitarlos si no desea ofender o desagradar. Sólo se los usa con propiedad cuando lo severo y lo majestuoso de la verdad los santifican y los sostienen. Nos estremecemos con el más intenso de los «dolores agradables» ante los relatos del paso del Beresina, del terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la matanza de San Bartolomé, o la asfixia de los ciento veintitrés prisioneros en el Pozo Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante es el hecho, la realidad, la historia. Como invenciones nos inspirarían simple aversión.
He mencionado algunas de las más destacadas y augustas calamidades que registra la historia; pero en ellas el alcance, no menos que el carácter de la calamidad, es lo que con tanta vivacidad impresiona la imaginación. No necesito recordar al lector que, del largo y horripilante catálogo de miserias humanas, podría haber elegido muchos ejemplos individuales más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de estos vastos desastres generales. La verdadera desgracia, el infortunio por esencia, es particular, no difuso. ¡Agradezcamos a Dios misericordioso que los horribles extremos de agonía sean soportados por el hombre solo y nunca por el hombre en masa!
Ser enterrado vivo es, fuera de toda discusión, el más terrible de los extremos que jamás haya caído en suerte al simple mortal. Que ha caído con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie capaz de pensar lo negará. Los límites que separan la Vida de la Muerte son, en el mejor de los casos, vagos e indefinidos. ¿Quién puede decir dónde termina una y dónde empieza la otra? Sabemos que hay enfermedades en las cuales se produce una cesación total de las funciones aparentes de la vida, y, sin embargo, esa cesación es una simple suspensión para darle su justo nombre. Hay tan sólo pausas temporarias en el incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto período, algún misterioso principio oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos piñones y las ruedas de hechicería. La cuerda de plata no estaba suelta para siempre, ni irreparablemente roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde se hallaba el alma?
Sin embargo, fuera de la inevitable conclusión a priori de que tales causas deben producir tales efectos, de que los bien conocidos casos de vida en suspenso deben provocar naturalmente, una y otra vez, prematuros entierros, fuera de esta consideración tenemos el testimonio directo de la experiencia médica y vulgar para probar que realmente un gran número de estas inhumaciones se lleva a cabo. Yo podría referir de inmediato, si fuera necesario, cien ejemplos bien probados. Uno de características muy notables, y cuyas circunstancias quizá se conserven frescas todavía en la memoria de algunos de mis lectores, aconteció no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore, donde provocó una penosa, intensa y dilatada conmoción. La mujer de uno de los más respetables ciudadanos —abogado eminente y miembro del Consejo— fue atacada por una súbita e inexplicable enfermedad que burló el ingenio de sus médicos. Después de mucho padecer murió, o se supone que murió. Nadie sospechó, a decir verdad, ni había razón para sospechar, que no estaba realmente muerta. Presentaba todas las apariencias comunes de la muerte. El rostro tenía el habitual contorno contraído, sumido. Los labios mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos carecían de brillo. Faltaba el calor. Las pulsaciones habían cesado.
Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar, y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea. El funeral, en suma, fue apresurado a causa del rápido avance de lo que se supuso era descomposición.
La señora fue depositada en la bóveda familiar, que permaneció cerrada durante los tres años siguientes. Al expirar este plazo fue abierta para la recepción de un sarcófago; mas, ¡ah!, ¡qué espantoso choque aguardaba al marido cuando abrió en persona la puerta! Al empujar los batientes, un objeto vestido de blanco cayó rechinando en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer con la mortaja todavía puesta.
Una cuidadosa investigación brindó la evidencia de que había revivido dos días después de su sepultura; que su lucha dentro del ataúd había provocado la caída de éste desde un nicho o estante al suelo, y que al romperse el féretro pudo salir de él. Apareció vacía una lámpara que había quedado accidentalmente llena de aceite dentro de la tumba; quizá se hubiera agotado, sin embargo, por evaporación. En el peldaño superior de la escalera que descendía a la espantosa cámara había un gran fragmento del ataúd, con el cual, según las apariencias, la mujer había intentado llamar la atención golpeando la puerta de hierro. Mientras lo hacía, probablemente, se desmayó o quizá murió de puro terror, y al caer, la mortaja se enredó en alguna pieza de hierro que se proyectaba hacia adentro. Allí quedó y así se pudrió, erecta.
En el año 1810 hubo en Francia un caso de inhumación prematura, rodeado de circunstancias que justifican ampliamente el aserto de que la verdad es más extraña que la ficción. La heroína de la historia era mademoiselle Victorine Lafourcade, una joven de ilustre familia, rica y de gran belleza. Entre sus numerosos cortejantes se contaba Julien Bossuet, un pobre littérateur o periodista de París. Su talento y su afabilidad general lo habían señalado a la atención de la heredera, quien parecía haberse enamorado realmente de él, pero su orgullo de casta la decidió, por último, a rechazarlo y a casarse con un tal monsieur Renelle, banquero y diplomático de cierta distinción. Después del matrimonio, este caballero descuidó a su mujer y quizá llegó a maltratarla de hecho. Después de pasar juntos algunos años desdichados, ella murió; por lo menos, su estado semejaba tanto la muerte que engañó a todos quienes la vieron. Fue inhumada no en una bóveda, sino en una tumba común, en su aldea natal. Lleno de desesperación, y todavía inflamado por el recuerdo de su profundo cariño, el enamorado viaja de la capital a la remota provincia donde se encuentra la aldea, con el propósito romántico de desenterrar el cuerpo y apoderarse de sus exuberantes trenzas. Llega a la tumba. A medianoche desentierra el ataúd, lo destapa y, en el momento de desprender el cabello, lo detienen los ojos de la amada, que se abren. La mujer había sido enterrada viva. La vitalidad no había desaparecido del todo, y las caricias del enamorado la despertaron del letargo que fuera equivocadamente tomado por la muerte. El joven la llevó frenético a su alojamiento en la aldea. Empleó ciertos poderosos reconstituyentes aconsejados por no pocos conocimientos médicos. Al fin, ella revivió. Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta que, lenta y gradualmente, recobró toda su salud. Su corazón no era empedernido, y esta última lección de amor bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No volvió más junto a su marido; ocultando su resurrección, huyó con su amante a América. Veinte años después, los dos regresaron a Francia, persuadidos de que el tiempo había cambiado tanto la apariencia de la señora que sus amigos no podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al primer encuentro monsieur Renelle reconoció, efectivamente, a su mujer y la reclamó. Ella rechazó el reclamo y el tribunal la apoyó, resolviendo que las peculiares circunstancias, junto con el largo lapso transcurrido, habían abolido, no sólo desde el punto de vista de la
equidad, sino legalmente la autoridad del marido.
La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de gran autoridad y mérito, que algunos libreros americanos harían bien en traducir y editar, relata en uno de los últimos números un suceso muy penoso que presenta las características en cuestión.
Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura y robusta salud, fue derribado por un caballo indomable, recibiendo una contusión muy fuerte en la cabeza que en seguida le hizo perder el sentido. Tenía una ligera fractura de cráneo, pero sin peligro inmediato. La trepanación se realizó con éxito. Se le practicó una sangría y se adoptaron otros muchos métodos comunes de alivio. Pero cayó gradualmente en un sopor cada vez más grave y, por último, se le dio por muerto.
Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa en uno de los cementerios públicos. Sus funerales se realizaron un día jueves. El domingo siguiente frecuentaban el cementerio, como de costumbre, numerosos visitantes cuando, alrededor de mediodía, se produjo un gran revuelo provocado por las palabras de un campesino que, habiéndose sentado en la tumba del oficial, sintió claramente una conmoción en la tierra, como si alguien estuviera luchando debajo. Al principio nadie prestó atención a las palabras del hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia con que repetía su historia tuvieron, al fin, naturales efectos sobre la multitud. Algunos consiguieron de inmediato unas palas, y la tumba, vergonzosamente superficial, estuvo en pocos minutos tan abierta que dejó ver la cabeza de su ocupante. Daba la impresión de estar muerto, pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya tapa, en una furiosa lucha, había levantado parcialmente.
Fue llevado en seguida al hospital más cercano, donde se le declaró vivo, aunque en estado de asfixia. Después de algunas horas reaccionó, reconoció a sus amigos y, con frases entrecortadas, habló de sus angustias en el sepulcro.
A través de su relato resultó claro que la víctima debía haber conservado conciencia de la vida durante más de una hora después de la inhumación, hasta perder el sentido. La fosa había sido llenada descuidadamente con una tierra muy porosa, sin apisonarla, y así le llegó algo de aire. Oyó los pasos de la multitud sobre su cabeza y trató a su vez de hacerse oír. El tumulto en el interior de la tierra, dijo, fue lo que pareció despertarlo de un profundo sueño, pero apenas despierto comprendió el espantoso horror de su estado.
Este paciente, según se dice, iba mejorando y parecía encaminado hacia un restablecimiento definitivo, cuando sucumbió víctima del charlatanismo de la experimentación médica. Se le aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.
La mención de la batería galvánica, sin embargo, me trae a la memoria un caso bien conocido y muy extraordinario, donde su acción brindó la manera de volver a la vida a un joven abogado de Londres que estuviera enterrado durante dos días. Esto ocurrió en 1831, y en el momento causó profunda sensación en todas partes donde fue tema de conversación.
El paciente, Mr. Edward Stapleton, había muerto aparentemente de fiebre tifus, acompañada de algunos síntomas anómalos que excitaron la curiosidad de sus médicos. Después de su aparente deceso, se solicitó a los amigos una autorización para un examen post mortem, pero éstos se negaron a permitirlo. Como sucede con frecuencia ante tales negativas, los médicos resolvieron desenterrar el cuerpo y disecarlo a gusto, en privado. Se hicieron fáciles arreglos con algunos de los numerosos ladrones de cadáveres que abundan en Londres, y la tercera noche después de la inhumación el supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de ocho pies de profundidad y depositado en la sala operatoria de un hospital privado.
Al practicarse una incisión de cierta longitud en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del sujeto sugirió la conveniencia de aplicar la batería. Se hicieron sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados, sin nada peculiar en ningún sentido, salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de vida mayor que la ordinaria en la acción convulsiva.
Era tarde. Estaba por amanecer y se juzgó oportuno, al fin, proceder de inmediato a la disección. Pero uno de los estudiantes tenía especiales deseos de probar una teoría propia e insistió en la aplicación de la batería a uno de los músculos pectorales. Después de practicar una tosca incisión, se estableció apresuradamente un contacto; entonces el paciente, con un movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó de la mesa, caminó hasta el centro del recinto, miró extrañado a su alrededor unos instantes y entonces... habló. Lo que dijo fue ininteligible, pero pronunció unas palabras; el silabeo era claro. Después de hablar, cayó pesadamente al suelo.
Por un momento todos quedaron paralizados de espanto, pero la urgencia del caso pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio que Mr. Stapleton estaba vivo, aunque en síncope. Después de administrársele éter revivió y recobró rápidamente la salud, retornando a la sociedad de sus amigos, a quienes se ocultó, sin embargo, toda noticia de su resurrección hasta que ya no hubo peligro de una recaída. Es de imaginar la maravilla de aquéllos y su arrobado asombro.
La nota más espeluznante de este incidente se encuentra, sin embargo, en lo que afirma el mismo Mr. Stapleton. Declara que en ningún momento perdió todo el sentido, que de un modo oscuro y confuso percibía lo que le estaba ocurriendo desde el momento en que fuera declarado muerto por los médicos hasta aquel en que cayó desmayado sobre el piso del hospital. «Estoy vivo», fueron las palabras incomprensibles que, después de reconocer la sala de disección, había intentado en su apuro proferir.
Sería cosa fácil multiplicar historias como éstas, pero me abstengo porque, en realidad, no nos hacen falta para sentar el hecho de que se producen entierros prematuros. Al reflexionar en las muy raras veces en que, por la naturaleza del caso, tenemos la posibilidad de conocerlos, debemos de admitir que han de ocurrir frecuentemente sin que lo sepamos. En realidad, rara vez se ha removido con cierta extensión un cementerio, por cualquier motivo, sin que aparecieran esqueletos en posturas que insinúan la más horrible de las sospechas.
¡Horrible, sí, la sospecha, pero más horrible el destino! Puede asegurarse sin vacilación que ningún suceso se presta tan terriblemente como la inhumación antes de la muerte para llevar al colmo de la angustia física y mental. La intolerable opresión de los pulmones, las sofocantes emanaciones de la tierra húmeda, las vestiduras fúnebres que se adhieren, el rígido abrazo de la morada estrecha, la negrura de la noche absoluta, el silencio como un mar abrumador, la invisible pero palpable presencia del vencedor gusano, estas cosas, junto con los recuerdos del aire y la hierba que crecen arriba, la memoria de los amigos queridos que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca podrán enterarse de él, de que nuestra suerte desesperanzada es la de los muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan al corazón aún palpitante a un grado de espantoso e intolerable horror, ante el cual la imaginación más audaz retrocede. No conocemos nada tan angustioso en la Tierra, no podemos pensar en nada tan horrible en los dominios del más profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre este tópico tienen un interés profundo; interés que, sin embargo, en el sagrado espanto del tópico mismo, depende justa y específicamente de nuestra creencia en la verdad del asunto narrado. Lo que voy a contar ahora es mi propio conocimiento real, mí experiencia efectiva y personal.
Durante varios años sufrí accesos de ese singular trastorno que los médicos se han puesto de acuerdo en llamar catalepsia, a falta de un nombre más definitivo. Aunque tanto las causas inmediatas como las predisposiciones y aun el diagnóstico real de esta enfermedad siguen siendo misteriosos, su carácter evidente y manifiesto es de sobra conocido. Las variaciones parecen serlo especialmente de grado. A veces el paciente yace sólo un día, o un período aún más breve, en una especie de exagerado letargo. Está privado de conocimiento y aparentemente inmóvil, pero las pulsaciones del corazón aún se perciben débilmente, quedan algunas huellas de calor, una ligera coloración se demora en el centro de las mejillas y, aplicando un espejo a los labios, podemos descubrir una torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones. Otras veces el trance dura semanas y aun meses, mientras el examen más minucioso y las más rigurosas pruebas médicas no logran establecer ninguna distinción material entre el estado del paciente y lo que concebimos como muerte absoluta. Muy a menudo lo salvan del entierro prematuro sus amigos, que lo sabían ya atacado de catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre todo lo salva su apariencia incorrupta. La enfermedad avanza, por fortuna, gradualmente. Las primeras manifestaciones, aunque marcadas, son inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos y cada uno dura más que el anterior. En esto reside la seguridad principal en cuanto a la inhumación. El desdichado cuyo primer ataque tuviera el carácter grave que en ocasiones se presenta, sería casi inevitablemente depositado vivo en la tumba.
Mi caso difería en características sin importancia de los mencionados en los libros de medicina. A veces, sin ninguna causa aparente, me sumía poco a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo, y ese estado, sin dolor, sin capacidad para moverme o para hablar o pensar, pero con una confusa conciencia letárgica de vida y de la presencia de aquellos que rodeaban mi lecho, duraba hasta que la crisis de la enfermedad me devolvía, de improviso, el perfecto conocimiento. Otras veces el acceso era rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado, con vértigo y, de pronto, caía postrado. Entonces todo estaba vacío semanas enteras, y negro, silencioso, y la nada se convertía en el universo. La total aniquilación no podía ser mayor. De estos últimos ataques despertaba, sin embargo, en una lenta gradación comparada con la instantaneidad del acceso. Así como amanece el día para el mendigo sin casa y sin amigos, para el que rueda por las calles en la larga y desolada noche de invierno, así, tan tardía, tan cansada, tan alegre volvía a mí la luz del Alma.
Pero, fuera de la tendencia al síncope, mi salud general parecía buena, y no hubiera advertido que sufría tal enfermedad a menos que una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse como provocada por ella. Al despertarme, nunca podía recobrar de inmediato la posesión de mis sentidos y permanecía siempre durante algunos minutos en un estado de extravío y perplejidad, pues las facultades mentales en general y la memoria en especial se hallaban en absoluta suspensión.
En todos mis padecimientos no había sufrimiento físico, sino una infinita angustia moral. Mi imaginación se tornó macabra. Hablaba «de gusanos, de tumbas, de epitafios». Me perdía en ensueños de muerte, y la idea del entierro prematuro poseía permanentemente mi espíritu. El horrible peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba día y noche. Durante el primero, la tortura de la meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema. Cuando las torvas tinieblas se extendían sobre la Tierra, entonces, presa de los más horrendos pensamientos, temblaba, temblaba como los trémulos penachos de la carroza fúnebre. Cuando mi naturaleza ya no podía soportar la vigilia, luchaba antes de consentir en dormirme, pues me estremecía pensando que, al despertar, podía encontrarme metido en
una tumba. Y cuando, al fin, me hundía en el sueño, era sólo para precipitarme de pronto en un mundo de fantasmas sobre el cual se cernía con sus vastas, negras alas tenebrosas, la única, la sepulcral Idea.
De las innumerables imágenes lúgubres que me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión solitaria. Soñé que había caído en trance cataléptico de duración y profundidad mayores que las habituales. De pronto una mano helada se posó en mi frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en mi oído:« ¡Levántate! »
Me senté. La oscuridad era total. No podía ver la figura del que me había despertado. No podía traer a la memoria ni el período durante el cual había caído en trance, ni el lugar donde yacía ahora. Mientras permanecía inmóvil, intentando reunir mis pensamientos, la fría mano me aferró con fuerza de la muñeca, sacudiéndola con petulancia, mientras la voz farfullante decía de nuevo:
—¡Levántate! ¿No te ordené que te levantaras?
—Y tú—pregunté—, ¿quién eres?
—No tengo nombre en las regiones donde habito—replicó la voz, plañidera—. Fui un hombre y soy un demonio. Soy implacable, pero digno de lástima. Tú has de sentir que me estremezco. Me rechinan los dientes mientras hablo y, sin embargo, no es por el frío de la noche, de la noche sin fin. Pero este horror es insoportable. ¿Cómo puedes tú dormir tranquilo? No me dejan descansar los gritos de esas grandes agonías. Estos espectáculos son más de lo que puedo soportar. ¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior y deja que te muestre las tumbas. ¿No es éste un espectáculo de dolor? ¡Contempla!
Miré, y la figura invisible que seguía aferrándome la muñeca hizo abrir las tumbas de toda la humanidad, y de cada una salían las débiles irradiaciones fosfóricas de la putrefacción, de modo que pude ver en sus más recónditos escondrijos, y el espectáculo de los cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño con el gusano. Pero, ¡ay!, los verdaderos durmientes eran menos, entre muchos millones, que aquellos que no dormían, y había una débil lucha, y había un triste desasosiego general, y de las profundidades de los innúmeros pozos salía el melancólico frotar de las vestiduras de los enterrados. Y entre aquellos que parecían reposar tranquilos vi gran número que había cambiado, en mayor o menor grado, la rígida e incómoda posición en que habían sido originariamente sepultos. Y la voz me dijo de nuevo, mientras yo miraba:
—¿No es, acaso, ¡ah!, no es, acaso, un lastimoso espectáculo?
Pero antes de que hallara palabras para replicarle, la figura dejó de aferrarme la muñeca, las luces fosforescentes se extinguieron y las tumbas se cerraron con súbita violencia, mientras de ellas brotaba un tumulto de gritos desesperados que repetían: «¿No es acaso, ¡oh Dios!, no es acaso un espectáculo lastimoso?»
Fantasías como ésta se presentaban por la noche y extendían su terrorífica influencia aun a mis horas de vigilia. Mis nervios se trastornaron y fui presa de perpetuo horror. Vacilaba en cabalgar, en caminar o practicar cualquier ejercicio que me apartara de casa. En realidad, ya no me atrevía a confiar en mí mismo fuera de la inmediata presencia de aquellos que conocían mi propensión a la catalepsia, por miedo de que, en uno de mis habituales ataques, me enterraran antes de que se determinara mi verdadero estado. Dudaba del cuidado, de la fidelidad de mis amigos más queridos. Me asustaba pensar que, en un trance más largo de lo acostumbrado, se convencieran de que no tenía remedio. Llegaba a temer que, como les causaba muchas molestias, quizá se alegraran de considerar cualquier ataque muy prolongado como excusa suficiente para librarse de mí definitivamente. En vano trataban de tranquilizarme con las más solemnes promesas. Les exigía, por los
juramentos más sagrados, que en ninguna circunstancia me enterraran hasta que la descomposición material estuviera tan avanzada que impidiese toda conservación. Y aun entonces mis terrores mortales no atendían a ninguna razón, no aceptaba consuelo. Comencé una serie de laboriosas precauciones. Entre otras cosas mandé rehacer de tal manera la bóveda familiar, que era posible abrirla fácilmente desde el interior. La más ligera presión de una larga palanca que se extendía dentro de la cripta bastaba para abrir rápidamente los portales de hierro. También estaba prevista la libre admisión de aire y luz, y adecuados receptáculos para alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado para recibirme. Este ataúd estaba forrado con un material cálido y suave y provisto de una tapa elaborada según el principio de la puerta de la bóveda, con el añadido de resortes ideados de tal modo que el más débil movimiento del cuerpo hubiera sido suficiente para soltarla. Además de todo esto, del techo de la tumba colgaba una gran campana cuya soga (estaba previsto) entraría por un agujero en el ataúd, siendo atada a una de las manos del cadáver. Mas, ¡ay!, ¿de qué sirve la vigilancia contra el Destino del hombre? ¡Ni siquiera esas bien urdidas seguridades bastaban para librar de las más extremadas angustias de la inhumación en vida a un infeliz destinado a ellas!
Llegó una época —como ya había ocurrido a menudo— en que me encontré a mí mismo emergiendo de una total inconsciencia a la primera sensación débil e indefinida de existencia. Lentamente, con gradación de tortuga, se acercaba el alba gris, pálida, del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una sensación apática de dolor sordo. Ninguna preocupación, ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Después de un largo intervalo, un retintín en los oídos; luego, tras un lapso aún más largo, una sensación de hormigueo o comezón en las extremidades; luego, un período aparentemente eterno de placentera quietud, durante el cual las sensaciones que despiertan luchan por convertirse en pensamientos; luego, otra breve zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento. Al fin, el ligero estremecerse de un párpado, e inmediatamente después, un choque eléctrico de terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a torrentes de las sienes al corazón. Y entonces el primer esfuerzo positivo por pensar. Y entonces el primer intento de recordar. Y entonces un éxito parcial y evanescente. Y entonces la memoria ha recobrado tanto su dominio, que en cierta medida tengo conciencia de mi estado. Siento que no estoy despertando de un sueño ordinario. Recuerdo que he padecido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si fuera la embestida de un océano, abruma mi alma estremecida el único peligro horrendo, la única idea espectral, siempre dominante.
Durante unos minutos, ya poseído por esta fantasía, permanecí inmóvil. ¿Y por qué? No podía reunir valor para moverme. No me atrevía a hacer el esfuerzo que había de tranquilizarme sobre mi destino, y, sin embargo, algo en el corazón me susurraba que era seguro. La desesperación —tal como ninguna otra desdicha produce—, sólo la desesperación me apremió, después de una larga duda, a levantar los pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo oscuro. Supe que el ataque había terminado. Supe que la crisis de mi trastorno había pasado ya. Supe que había recobrado el uso de mis facultades visuales, y, sin embargo, estaba oscuro, todo oscuro, con la intensa y total capacidad de la Noche que dura para siempre.
Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se movieron convulsivos, pero ninguna voz brotó de los cavernosos pulmones que, oprimidos como por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil.
El movimiento de las mandíbulas en el esfuerzo por gritar me mostró que estaban atadas, como se hace habitualmente con los muertos. Sentí también que yacía sobre una
sustancia áspera y que algo similar, a los costados, me estrechaba. Hasta ese momento no me había atrevido a mover ninguno de los miembros, pero entonces levanté violentamente los brazos que estaban estirados, con las muñecas cruzadas. Golpearon una sustancia sólida, leñosa, que se extendía sobre mi cuerpo a no más de seis pulgadas de mi cara. Ya no pude dudar de que reposaba al fin dentro de un ataúd.
Y entonces, en medio de mi infinita desgracia, vino dulcemente la Esperanza, como un querubín, pues pensé en mis precauciones. Me retorcí y ejecuté espasmódicos conatos para forzar la tapa; no se movía. Me palpé las muñecas en busca de la soga: no la encontré. Y así la Consoladora huyó para siempre y una desesperación aún más vehemente reinó triunfal, pues no podía menos de advertir la ausencia de las almohadillas que había preparado tan cuidadosamente, y entonces llegó de improviso a mis narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda. La conclusión era irresistible. No estaba en la bóveda. Había caído en trance fuera de mi casa, entre extraños, dónde y cómo no podía recordarlo, y ellos me habían enterrado como a un perro, metido en un ataúd común claveteado, y arrojado a lo profundo, en lo profundo y para siempre, de alguna tumba ordinaria, anónima.
Cuando esta horrible convicción se abrió paso en las más íntimas estancias de mi alma, luché una vez más por gritar. Y este segundo intento tuvo éxito. Un largo, salvaje grito continuo, un alarido de agonía resonó en los ámbitos de la noche subterránea.
—Vamos, vamos, ¿qué es eso?—dijo una voz áspera, en respuesta.
—¿Qué diablos pasa ahora?—dijo un segundo.
—¡Fuera de ahí! —exclamó un tercero.
—¿Por qué aúlla de esa manera, como si fuese un gato montés?—dijo un cuarto.
Y entonces unos individuos muy rústicos me sujetaron y me sacudieron sin ceremonias. No me despertaron de mi sueño, pues estaba bien despierto cuando grité, pero me devolvieron a la plena posesión de mi memoria.
Esta aventura ocurría cerca de Richmond, en Virginia. Acompañado de un amigo me había internado, en una expedición de caza, varias millas abajo a orillas del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió una tormenta. La cabina de una pequeña chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra vegetal nos brindó el único abrigo disponible. Le sacamos el mayor provecho posible y pasamos la noche a bordo. Me dormí en una de las dos únicas literas; no hace falta describir las literas de una chalupa de sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no tenía ropa de cama. Su ancho era de dieciocho pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta era precisamente la misma. Me resultó dificilísimo introducirme en ella. Sin embargo dormí profundamente y toda mi visión, pues no era sueño ni pesadilla, surgió naturalmente de las circunstancias de mi posición, del giro habitual de mis pensamientos y de la dificultad, a la cual he aludido, de concentrar mis sentidos y especialmente de recobrar la memoria durante largo tiempo después de despertar de un sueño. Los hombres que me sacudieron eran la tripulación de la chalupa y algunos jornaleros contratados para cargarla. De la carga misma procedía el olor a tierra. La venda alrededor de las mandíbulas era un pañuelo de seda con el cual me había atado la cabeza a falta de mi acostumbrado gorro de dormir.
Las torturas sufridas fueron indudablemente iguales en aquel momento a las de la verdadera sepultura. Eran espantosas, de un horror inconcebible; pero del Mal procede el Bien, porque su mismo exceso provocó en mi espíritu una inevitable reacción. Mi alma adquirió vigor, adquirió temple. Viajé al extranjero. Hice vigorosos ejercicios. Respiré el aire libre del cielo. Pensé en otros temas que la muerte. Dejé a un lado mis libros de medicina. Quemé a Buchan. No leí más Pensamientos nocturnos, ni grandilocuencias sobre
cementerios, ni cuentos de miedo como éste. En poco tiempo me convertí en un hombre nuevo y viví una vida de hombre. Desde aquella noche memorable descarté para siempre mis aprensiones sepulcrales, y con ellas se desvanecieron los trastornos catalépticos, de los cuales fueran, quizá, menos consecuencia que causa.
Hay momentos en que, aun para el sereno ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad puede cobrar la apariencia del infierno, pero la imaginación del hombre no es Caratis para explorar con impunidad todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los terrores sepulcrales no puede considerarse totalmente imaginaria, pero, como los Demonios en cuya compañía Afrasiab realizó su viaje por el Oxus, deben dormir o nos devorarán, debemos permitirles el sueño, o pereceremos.



El sistema del doctor Tarr y del profesor Fether

En el otoño de 18..., mientras viajaba por las provincias meridionales de Francia, mi camino me condujo a pocas millas de cierta Maison de Santé, o manicomio privado, del cual mucho había oído hablar a mis amigos médicos en París. Dado que jamás había visitado un establecimiento de esa clase, me pareció que no debía perder tan excelente oportunidad, y propuse a mi compañero de viaje (caballero con el cual me había relacionado casualmente pocos días antes) que nos desviáramos de la ruta por una o dos horas, a fin de visitar el hospicio. Mi amigo se opuso, arguyendo en primer término estar de prisa, y luego un comprensible horror a la vista de un lunático. Me rogó, empero, que la cortesía no impidiera la satisfacción de mi curiosidad, agregando que cabalgaría despacio a fin de darme ocasión de alcanzarlo ese mismo día o, a más tardar, al siguiente.
Cuando nos despedíamos se me ocurrió que podía surgir alguna dificultad para mi admisión en el establecimiento, y así se lo dije a mi amigo. Contestó que, a menos que yo conociera personalmente al director, Monsieur Maillard, o le presentara alguna credencial por escrito, sería difícil que me dejasen pasar, pues los reglamentos de dichos manicomios privados eran mucho más rígidos que los de los hospitales públicos. Pero como él había conocido años atrás a Maillard, tendría el placer de acompañarme hasta la puerta y presentarme, aunque sus sentimientos con respecto a la locura no le permitirían penetrar en la casa.
Le di las gracias y, luego de abandonar el camino real, tomamos un sendero cubierto de pasto que, media hora más tarde, nos llevó a una densa floresta situada al pie de una montaña. Cabalgamos casi dos millas por ese húmedo y lúgubre bosque, hasta divisar la Maison de Santé. Era un fantástico castillo, muy deteriorado, que, a juzgar por su edad y el descuido en que se hallaba, debía ser apenas habitable. Su apariencia me llenó de espanto y, conteniendo el caballo, estuve a punto de volverme. Pero pronto me avergoncé de mi debilidad y seguimos adelante.
Cuando nos acercábamos a la gran puerta noté que estaba entornada y que alguien espiaba por ella. Un instante después se asomó un hombre que se dirigió a mi compañero llamándolo por su nombre y estrechándole cordialmente la mano, mientras lo instaba a que desmontara. Se trataba de Monsieur Maillard en persona. Era un robusto y apuesto caballero de la vieja escuela, de modales muy finos y un cierto aire de gravedad, dignidad y autoridad que impresionaban sobremanera.
Luego de presentarme, mi amigo informó a Monsieur Maillard de mi deseo de visitar el establecimiento, y, al recibir de éste la seguridad de que yo sería bien atendido, se despidió y no tardó en perderse de vista.
El director me condujo entonces a una pequeña sala de recibo muy bien instalada, que entre otras señales de un gusto refinado contenía diversos libros, dibujos, vasos con flores e instrumentos de música. Ardía en el hogar un alegre fuego. Sentada al piano y cantando un aria de Bellini había una joven y hermosísima mujer que, al verme entrar, hizo una pausa en su canción y me recibió con graciosa cortesía. Hablaba en voz baja y todas sus actitudes eran apagadas. Me pareció advertir asimismo huellas de dolor en su rostro, de una palidez excesiva aunque no desagradable para mi gusto. Vestía de luto riguroso y provocó en mí un sentimiento donde se mezclaban el respeto, el interés y la admiración.
Había oído decir en París que la institución de Monsieur Maillard se regía por lo que se denominaba vulgarmente el «sistema de la dulzura»; que los castigos estaban abolidos, que se prescindía en casi todos los casos del confinamiento, y que los pacientes, aunque secretamente vigilados, gozaban de gran libertad aparente, permitiéndoseles que pasearan por la casa y los jardines con todos los derechos de las personas en su sano juicio.
Teniendo en cuenta estos informes, me cuidé de lo que decía en presencia de la joven, pues no estaba seguro de que fuese cuerda; había en sus ojos cierto brillo inquieto que me llevaba a sospechar que no lo era. Limité, pues, mis observaciones a tópicos generales, escogiendo aquellos menos indicados para desagradar o excitar a una loca. Contestó de la manera más sensata a todo lo que le dije, y hasta sus observaciones personales mostraban la señal del sentido común más evidente. Empero, una larga familiaridad con los fundamentos de la locura me habían enseñado a no fiarme de ninguna apariencia de cordura, y a lo largo de toda la conversación seguí obrando con las mismas precauciones iniciales.
Poco después presentóse un apuesto doméstico de librea, trayendo una bandeja con frutas, vino y otros refrescos, que compartí con el director y la dama, quien al poco rato abandonó el salón. Tan pronto hubo salido miré a mi huésped con aire de interrogación.
—No, no —repuso—. Forma parte de mi familia. Es mi sobrina, y por cierto que una mujer muy notable.
—Le pido mil disculpas por mi sospecha —dije—, pero sé muy bien que sabrá usted excusarme. La excelente administración de esta casa es bien conocida en París, y pensé que, después de todo, bien podía suceder que...
—Sí, claro está. No diga usted más. Soy yo quien debo darle las gracias por la loable prudencia que ha demostrado. Pocas veces se advierte tanta previsión en los jóvenes, y más de una vez han sucedido tristes contratiempos por culpa del aturdimiento de nuestros visitantes. Cuando mi antiguo sistema se hallaba en vigencia y se permitía a mis pacientes que pasearan a gusto por todos lados, con frecuencia caían en crisis frenéticas a causa de los imprudentes que visitaban este lugar. Por eso me vi obligado a establecer un sistema rígido de exclusión, y no permito la entrada de nadie en cuya discreción no pueda confiar.
—¡Cuando su antiguo sistema estaba en vigencia! —exclamé, repitiendo sus palabras—. ¿Debo entender, pues, que el «sistema de la dulzura», de que tanto he oído hablar, no se aplica más?
—Hace ya varias semanas —me contestó— que hemos renunciado a él por completo.
—¿Realmente? ¡Me asombra usted!
—Mi querido señor —dijo suspirando—, nos convencimos de la absoluta necesidad de volver a los antiguos métodos. El peligro del sistema de la dulzura era realmente espantoso, mientras que sus ventajas han sido muy exageradas por la opinión. Entiendo que en esta casa el experimento se ha cumplido de la manera más leal. Hicimos todo lo que era humana y racionalmente posible. Lamento que no nos haya visitado usted en otro tiempo, pues entonces podría juzgar por sí mismo. Supongo, sin embargo, que se halla al tanto del sistema de la dulzura... con todos sus detalles.
—No, ciertamente. Sólo he oído noticias de tercera o cuarta mano.
—Puedo decirle entonces que, en términos generales, el sistema consiste en que el paciente es ménagé, en que se toleran sus caprichos. Jamás nos oponíamos a las fantasías
que asaltaban la mente de los locos. Por el contrario, no sólo las permitíamos, sino que las estimulábamos, y muchas de nuestras curas definitivas se lograron en esa forma. Ningún argumento impresiona tanto la débil razón del insano como la reductio ad absurdum. Por ejemplo, había aquí enfermos que se creían pollos. En estos casos el tratamiento consistía en aceptar la cosa como un hecho, en acusar al enfermo de estupidez por no admitir suficientemente que se trataba de un hecho, y, en consecuencia, privarlo durante una semana de todo alimento que no consistiera en la comida propia de los pollos. En esta forma, bastaban unos puñados de grano y de cascajo para hacer maravillas.
—Pero, ¿se reducía el sistema a esta especie de aceptación?
—En modo alguno. Teníamos mucha fe en las diversiones sencillas, tales como la música, la danza, los ejercicios gimnásticos, juegos de cartas, cierto tipo de libros y cosas parecidas. Pretendíamos tratar a cada enfermo como si sólo sufriera de un trastorno físico ordinario, y la palabra «locura» no se empleaba jamás. Un detalle de gran importancia consistía en que cada loco tenía la misión de vigilar las acciones de todos los demás. Depositar confianza en la comprensión o la discreción de un insano equivale a ganárselo en cuerpo y alma. De esta manera evitábamos el gasto de un nutrido cuerpo de guardianes.
—¿Y no aplicaba usted castigos de ninguna especie?
—Ninguno.
—¿Jamás encerraba a sus pacientes?
—Muy rara vez. Una que otra, si la enfermedad de alguno de ellos degeneraba en una crisis o en un acceso de locura furiosa, lo encerrábamos en una celda secreta para que su estado no se transmitiera a los demás, y lo manteníamos allí hasta entregarlo a sus amigos, pues nada teníamos que ver con los locos furiosos. Por lo general los trasladaban a un hospicio público.
—¿Y ahora ha cambiado usted todo eso... y cree haber obrado bien?
—Ciertamente. El sistema tenía sus ventajas, y aun sus peligros. Afortunadamente ha fracasado en todas las maisons de santé de Francia.
—Me sorprende usted mucho —observé—, pues daba por descontado que actualmente no había en este país ningún otro tratamiento para la locura.
—Es usted joven, amigo mío —replicó mi huésped—, pero llegará un día en que aprenderá a juzgar por sí mismo lo que ocurre en el mundo, sin confiar en las charlas ajenas. No crea nada de lo que oye, y sólo la mitad de lo que ve. No cabe duda de que, con respecto a nuestras maisons de santé, algún ignorante lo ha engañado. Después de cenar, cuando se haya recobrado de la fatiga de su viaje, tendré el placer de llevarlo a recorrer la casa y hacerle conocer un sistema que, en mi opinión y en la de todos aquellos que han presenciado su aplicación, es incomparablemente más efectivo que los utilizados hasta ahora.
—¿Es suyo el sistema? —pregunté.
—Me enorgullezco de afirmar que lo es... por lo menos en cierta medida.
Seguí conversando con Monsieur Maillard durante una o dos horas, durante las cuales me mostró los jardines y los invernáculos del establecimiento.
—En este momento no puedo permitirle que vea a mis pacientes —dijo—. Para los espíritus sensibles significa siempre un choque más o menos violento, y no quisiera privarlo de su apetito. Ahora iremos a cenar. Puedo ofrecerle ternera à la St. Menehoult, con coliflor en salsa veloutée. Y luego de una copa de Clos-Vougeot, sus nervios estarán suficientemente preparados.
A las seis se anunció la cena y mi huésped me condujo a un gran comedor, donde se
hallaba reunida una numerosa asistencia, veinticinco o treinta personas en total. Todas ellas parecían de alto rango e indudablemente de gran cultura aunque no pude menos de pensar que sus vestimentas eran extravagantemente suntuosas, al punto de recordar los ostentosos despliegues de las cortes de antaño. Reparé en que dos tercios de los huéspedes eran señoras y que algunas no estaban vestidas como una parisiense hubiera juzgado de buen gusto en la actualidad. Muchas de ellas, por ejemplo, cuya edad no debía bajar de los setenta, se cubrían con profusión de joyas tales como anillos, brazaletes y aros, dejando el seno y los brazos desvergonzadamente descubiertos. Noté que muy pocos vestidos estaban bien cortados o, por lo menos, que muy pocos sentaban bien a sus portadoras. Mirando en torno descubrí a la interesante joven que Monsieur Maillard me había presentado en el pequeño recibimiento; pero grande fue mi sorpresa al ver que se había puesto un vestido con miriñaque, zapatos de tacón alto y un sucio gorro de encaje de Bruselas, tan grande que su rostro parecía ridículamente pequeño. La primera vez que la había visto llevaba luto riguroso, de la manera más recatada. En resumen, toda aquella asamblea vestía de una manera tan rara, que llegué a pensar por un instante en el «sistema de la dulzura», y me pregunté si Monsieur Maillard no querría engañarme hasta después de la cena, a fin de evitarme toda sensación desagradable mientras comía, por el hecho de encontrarme entre locos. Pero recordé haber oído en París que los provincianos del Sud eran gentes excéntricas, llenas de nociones anticuadas, y me bastó conversar con varios de los asistentes para que mis aprensiones se disiparan instantáneamente y por completo.
El comedor, aunque de buenas dimensiones y suficientemente cómodo, no parecía tampoco muy elegante. El suelo, por ejemplo, no estaba alfombrado, aunque reconozco que en Francia suele prescindirse de las alfombras. Faltaban cortinas en las ventanas; las persianas, ya cerradas, aparecían aseguradas con barras de hierro colocadas diagonalmente, a la manera de los cierres de las tiendas. Noté que aquella estancia constituía una de las alas del château, por lo cual tenía ventanas en tres lados del paralelogramo, hallándose la puerta en el cuarto. Había por lo menos diez ventanas.
La mesa estaba espléndidamente servida. La vajilla era abundantísima y aparecía repleta de toda clase de exquisitos bocados. La profusión era absolutamente bárbara. Había allí golosinas suficientes para satisfacer a los Anakim. Jamás en mi vida había presenciado un derroche tan generoso, tan desorbitado de todas las buenas cosas de la vida. Muy poco gusto imperaba, sin embargo, en su presentación, y mis ojos, habituados a las luces discretas, se sintieron ofendidos por el prodigioso resplandor de multitud de bujías colocadas sobre la mesa en candelabros de plata, así como en todos los lugares del aposento donde era posible fijarlas. Varios domésticos se ocupaban de servir, y en una gran mesa situada en la parte más lejana del comedor habíanse instalado siete u ocho personas provistas de violines, pífanos, trombones y un tambor. Durante la comida, estos individuos me fastidiaron muchísimo con una infinita variedad de ruidos que parecían considerar como música y que, por lo visto, entretenían muchísimo a los presentes.
En conjunto, pues, no pude dejar de pensar que había mucho de raro en cada cosa que allí se me ofrecía... Pero el mundo está formado por toda clase de gentes con toda clase de costumbres convencionales. Demasiado había viajado para no ser un perfecto adepto del nil admirari; por lo cual me senté con toda compostura a la diestra de mi huésped y, como estaba dotado de un sólido apetito, hice los honores a las excelentes viandas que me presentaron.
La conversación, entretanto, era muy animada. Como de costumbre, las damas hablaban mucho. Pronto noté que casi todos los presentes eran personas muy bien
educadas, y en cuanto a mi huésped, resultaba una fuente inagotable de anécdotas divertidas. Se mostraba muy inclinado a hablar de sus funciones de director de la maison de santé y, para mi gran sorpresa, advertí que el tema de la locura era el favorito de todos los presentes. Se contaban historias muy graciosas sobre los caprichos de los pacientes.
—Una vez tuvimos aquí a un individuo —dijo un hombrecillo sentado a mi derecha— que se creía una tetera. Dicho sea de paso, ¿no es singular que esta manía se repita con tanta frecuencia entre los locos? Apenas hay un manicomio en Francia que no pueda proporcionar una tetera humana. La nuestra era una tetera de fabricación británica y cuidaba de pulirse a sí misma todas las mañanas con tiza y una piel de ante.
—Además —dijo un hombre de alta estatura, sentado frente a mí— no hace mucho tuvimos a un enfermo a quien se le había metido en la cabeza que era un asno, lo cual, hablando figurativamente, no dejaba de ser muy cierto. Era un paciente de lo más molesto y nos daba mucho trabajo mantenerlo dentro de ciertos límites. Largo tiempo se negó a comer nada que no fueran cardos, pero lo disuadimos de su idea al no dejarlo que comiera otra cosa. Se pasaba el tiempo soltando coces, así, vean ustedes... así... así...
—¡Señor de Kock, le ruego que se comporte debidamente! —lo interrumpió una anciana señora ubicada al lado del orador—. ¡Guárdese usted sus coces! ¡Ha estropeado mi vestido de brocado! ¿Acaso es necesario ilustrar de manera tan práctica una observación? Nuestro amigo aquí presente comprenderá lo mismo. Palabra, casi es usted tan asno como aquel pobre infeliz creía serlo. Sus coces eran de lo más naturales, puede creerme.
—Mille pardons, mam’zelle! —repuso Monsieur de Kock—. ¡Mil perdones! No tenía la menor intención ofensiva.
Mam’zelle Laplace, Monsieur de Kock tendrá el honor de beber vino con usted.
Y aquí Monsieur de Kock inclinóse, besó ceremoniosamente su propia mano y bebió en unión de Mam’zelle Laplace.
—Permítame usted, amigo mío —dijo Monsieur Maillard dirigiéndose a mí— ofrecerle un trozo de esta ternera à la St. Menehoult. Estoy seguro de que la encontrará especialmente sabrosa.
En este momento tres robustos camareros acababan de depositar con gran trabajo en la mesa un enorme plato, o mejor plato trinchero, conteniendo lo que supuse era el monstrum, horrendum, informe, ingens, cui lumen ademptum. Pero un escrutinio más cuidadoso me aseguró que se trataba tan sólo de un ternerillo asado entero, apoyado en las rodillas y sosteniendo una manzana en la boca, como se acostumbra en Inglaterra para servir una liebre.
—Muchas gracias —repuse—. Para decir verdad, no me gusta mucho la ternera à la... ¿cómo era?, pues siento que no me cae bien. Prefiero cambiar de plato y probar un bocado de conejo.
Había sobre la mesa algunas fuentes conteniendo lo que parecía ser conejo ordinario, plato muy exquisito y digno de ser recomendado.
—¡Pierre! —gritó el huésped—. Cambie el plato del señor y sírvale un trozo de conejo au-chat.
—¿Al qué? —dije yo.
—Au-chat.
—Pues bien, muchas gracias, pero... pensándolo mejor, prefiero servirme un poco de jamón.
«Verdaderamente uno no sabe nunca lo que come en las mesas de estos provincianos —me dije—. No quiero saber nada de su conejo al gato, ni tampoco de su gato al conejo, si
es que lo sirven...»
—Y luego —dijo un personaje de aire cadavérico situado hacia el final de la mesa, recogiendo el hilo interrumpido de la conversación—, entre otras extravagancias tuvimos cierta vez a un paciente que sostenía con gran obstinación ser un queso de Córdoba, y andaba cuchillo en mano pidiendo a sus amigos que probaran una rebanada de su muslo.
—Era un perfecto loco, sin duda —dijo otro—, pero no se lo puede comparar con cierto individuo a quien todos conocemos, excepción hecha de ese extraño caballero. Aludo al hombre que se creía una botella de champaña y andaba siempre descorchándose con un ruido y un burbujeo... como esto.
Y el orador, muy groseramente según pensé, apoyó el pulgar derecho en la mejilla izquierda, retirándolo con un sonido semejante al de una botella que se descorcha, tras lo cual y mediante un hábil juego de la lengua entre los dientes, produjo un agudo silbido que duró largo tiempo y que imitaba el de la espuma del champaña. Noté claramente que esta conducta no era del agrado de Monsieur Maillard, pero no dijo nada y la conversación continuó a cargo de un hombrecito muy delgado que usaba una enorme peluca.
—Teníamos también a un ignorante —dijo— que se tomaba por una rana, a la cual por cierto no dejaba de parecerse bastante. Me hubiera gustado que le viese usted, señor —agregó, dirigiéndose a mí—, pues le habría encantado la naturalidad con que actuaba. Si aquel hombre no era una rana, sólo puedo agregar que lo lamento mucho. Su croar, en esta forma... O-o-o-ogh... O-o-o-o-ogh... era la nota más bella del mundo... ¡un si bemol! Y cuando ponía los codos en la mesa así... después de haber bebido un vaso o dos de vino... y abría la boca, así... y revolvía los ojos en esta forma... y los guiñaba con extraordinaria rapidez... pues bien, señor mío, puedo asegurarle que hubiera caído en el colmo de la admiración frente al genio de aquel hombre.
—No tengo la menor duda —dije.
—Y también teníamos a Petit Gaillard —dijo otro—, que se creía un polvo de rapé, y estaba afligidísimo porque no podía tomarse a sí mismo entre el pulgar y el índice.
—Y también a Jules Desoulières, que había sido un genio muy notable y, al enloquecer, creyó que era una calabaza. Perseguía de continuo al cocinero, pidiéndole que lo utilizara para hacer un pastel, a lo cual el cocinero se negaba indignado. Por mi parte no dejo de pensar que un pastel de calabaza à la Desouliè hubiera sido excelente.
—¡Me asombra usted! —exclamé, mirando con aire interrogativo a Monsieur Maillard.
—¡Ja, ja, ja! —rió este caballero—. ¡Ja, ja, ja; je, je, je; ji, ji, ji! ¡Excelente! No tiene por qué asombrarse, amigo mío. Nuestro compañero es todo un ingenio... un drôle... No hay que tomarlo al pie de la letra.
—También —dijo otro de los comensales— estaba Bouffon-Le Grand, un tipo extraordinario a su modo. El amor lo trastornó, y se creía dueño de dos cabezas. Sostenía que una de ellas era la de Cicerón, mientras la otra estaba compuesta; vale decir que era la de Demóstenes desde la frente a la boca, y la de Lord Brougham, de la boca al mentón. No es imposible que estuviera equivocado, pero lo hubiese convencido a usted de lo contrario, pues era hombre de grandísima elocuencia. Tenía verdadera pasión por la oratoria y no podía dejar de manifestarla. Por ejemplo, solía saltar sobre la mesa, en esta forma, y...
En este momento, alguien que se hallaba al lado del que hablaba le puso la mano en el hombro y le susurró unas palabras al oído; inmediatamente el otro guardó silencio y se dejó caer en su asiento.
—Y no olvidemos —dijo el que lo había interrumpido— a Boullard, la perinola. Le llamo la perinola porque le había entrado la manía muy singular, aunque no por completo
irrazonable, de que se había convertido en perinola. Se hubiera usted muerto de risa viéndolo dar vueltas. Era capaz de pasarse horas girando sobre un talón, así... y...
Pero entonces, el amigo a quien el orador había interrumpido poco antes hizo lo mismo con él.
—¡Pues bien —gritó una anciana señora con todas sus fuerzas—, su Monsieur Boullard era un loco, y un loco muy tonto, por lo que veo! Permítame preguntarle: ¿quién ha oído hablar jamás de una perinola humana? ¡Qué absurdo! Madame Joyeuse era mucho más sensata, como todos saben. Tenía una manía, pero llena de buen sentido y que proporcionaba gran placer a todos los que se honraban en conocerla. Después de maduras reflexiones llegó a la conclusión de que a causa de algún accidente se había convertido en gallo. Pero en su calidad de tal se conducía muy correctamente. Batía las alas de una manera prodigiosa, así... así... así... y así... y en cuanto a su cacareo, era delicioso. ¡Co, corocó! ¡Co... corocó! ¡Co... corocóooo!
—¡Madame Joyeuse, le ruego que se reporte! —le interrumpió muy encolerizado nuestro anfitrión—. ¡O se conduce usted como una dama... o abandona inmediatamente la mesa! ¡Elija!
La dama (a la cual había oído con gran estupefacción llamar Madame Joyeuse, luego de la descripción que acababa de hacernos de alguien de ese mismo nombre), sonrojóse hasta la raíz de los cabellos y pareció sumamente humillada por el reproche. Bajó la cabeza, sin responder una sola palabra. Mas en ese momento otra señora, mucho más joven, reanudó la conversación. Era mi hermosa jovencita del recibimiento.
—¡Oh, Madame Joyeuse era una loca! —exclamó—. En cambio en la conducta de Eugènie Salsafette había mucho de buen sentido. Era una joven muy modesta y hermosa, que se había convencido de que la manera ordinaria de vestirse era indecente, y trataba de vestirse al revés, vale decir quedándose fuera de sus ropas y no dentro de ellas. Después de todo es algo muy fácil de hacer. Basta con empezar así... y luego así... y así... así... y entonces...
—Mon Dieu! ¡mam’zelle Salsafette! —gritaron al unísono una docena de voces—. ¿Qué hace usted? ¡Deténgase... es suficiente! ¡Hemos visto perfectamente cómo se hace...! ¡Basta, basta!
Y numerosos comensales abandonaban ya sus sillas para impedir que mam’zelle Salsafette se pusiera a la par de la Venus de Médicis, cuando su intervención dejó de ser necesaria a causa de unos terribles gritos y alaridos que procedían de alguna parte del cuerpo central del château.
Mis nervios sufrieron un tardo choque al escuchar aquellos clamores, pero no pude dejar de sentir lástima por el resto de la asamblea. Jamás he visto a un grupo de personas razonables bajo un espanto semejante. Se pusieron pálidos como otros tantos cadáveres y, mientras se desplomaban en sus asientos, temblaban y se estremecían de terror, esperando la repetición de los gritos. Volvieron a oírse éstos con mayor fuerza y al parecer más cerca, se repitieron por tercera vez con gran intensidad y luego más apagados. Ante esta aparente cesación de los clamores, los comensales recobraron inmediatamente los ánimos y todo volvió a ser alegría y conversación como antes. Me atreví entonces a preguntar la causa de aquella interrupción
—Una simple bagatelle —dijo Monsieur Maillard—. Estamos habituados a estas cosas y en realidad nos preocupamos muy poco de ellas. De vez en cuando los locos se ponen a gritar a coro, pues uno excita al otro, como suele ocurrir con los perros de noche. Pero al coro de alaridos sucede en ocasiones una tentativa simultánea para emprender la fuga, y en
esos casos no deja de haber cierto peligro.
—¿Y cuántos tiene usted a su cargo en este momento?
—No más de diez.
—¿Mujeres en su mayoría, supongo?
—¡Oh, no! Todos ellos hombres, y puedo asegurarle que bien robustos.
—¿De veras? Había oído decir que la mayoría de los insanos pertenecían al sexo bello.
—Así es en general, pero no siempre. Hace algún tiempo había aquí unos veintisiete pacientes, y entre ellos no menos de dieciocho mujeres; pero las cosas han cambiado mucho, como puede ver.
—Sí... han cambiado mucho, como puede ver —interrumpió el caballero que había dado de coces a Mam’zelle Laplace.
—¡Sí... han cambiado mucho, como puede ver! —coreó la asamblea.
—¡A sujetar la lengua todo el mundo! —gritó mi anfitrión lleno de cólera, tras lo cual los presentes guardaron un silencio de muerte durante casi un minuto, mientras una de las damas obedecía al pie de la letra a Monsieur Maillard, vale decir, sacaba la lengua, que tenía notablemente larga, y la sujetaba resignadamente con ambas manos hasta el fin de la fiesta.
—Pero esta dama —dije al director, inclinándome hacia él para que los demás no me oyeran—, esa excelente señora que acaba de hablar y nos ha ofrecido el cocoricó... supongo que es inofensiva, ¿verdad? Completamente inofensiva.
—¡Inofensiva! —exclamó él, en el colmo de la sorpresa—. ¿Qué... qué quiere usted decir?
—¿O nada más que un poco tocada? —dije, acompañando mis palabras con el ademán de tocarme la sien—. Doy por descontado que su enfermedad no es particularmente... peligrosa, ¿verdad?
—Mon Dieu! ¿Qué esta usted imaginándose? Esta señora, mi antigua e íntima amiga, Madame Joyeuse, es tan cuerda como yo. Tiene sus pequeñas excentricidades, claro está... pero bien sabe usted que todas las mujeres... todas las mujeres muy ancianas las tienen en mayor o menor grado.
—Por supuesto —convine—. Por supuesto... pero entonces, el resto de las damas y caballeros...
—Son mis amigos y colaboradores —interrumpió Monsieur Maillard, irguiéndose altaneramente.— Mis excelentes amigos y ayudantes.
—¡Cómo! ¿Todos ellos? ¿Las damas también?
—Claro está; no podríamos arreglarnos sin ayuda de mujeres, que son las mejores enfermeras del mundo para atender a los locos. Tienen una modalidad propia, sabe usted; sus ojos brillantes producen efectos maravillosos... algo así como la fascinación de la serpiente.
—Por supuesto —repetí—, por supuesto... De todos modos, actúan de manera un tanto extraña, ¿no? Son ligeramente raras... ¿no le parece a usted?
—¡Extrañas! ¡Raras! ¿Por qué piensa así? Aquí, en el Sud, no somos nada mojigatos; hacemos lo que más nos gusta, gozamos de la vida y de todo el resto... ¿Comprende usted?
—Por supuesto —dije—. Por supuesto.
—Y, además, puede ser que este Clos Vougeot se suba un tanto a la cabeza, ¿sabe usted?... Un tanto fuerte... Usted comprende, ¿no?
—Por supuesto —dije—, por supuesto. Dicho sea de paso, señor, ¿no dijo usted, si he oído bien, que el sistema que había adoptado en reemplazo del famoso sistema de la
dulzura es de una extremada severidad?
—De ninguna manera. La reclusión es obligadamente rigurosa; pero el tratamiento... quiero decir el tratamiento médico, es más bien agradable a los pacientes.
—¿Y es usted el inventor del nuevo sistema?
—No en su totalidad. Parte del mismo procede del profesor Tarr, de quien habrá usted oído hablar seguramente; y mi plan contiene, además, modificaciones que, me complazco en decirlo, provienen del celebrado Fether, con quien, si no me equivoco, está usted estrechamente vinculado.
—Me avergüenza muchísimo reconocer que no he oído jamás mencionar a dichos caballeros —repliqué.
—¡Grandes dioses! —exclamó mi huésped, echando bruscamente atrás su silla y alzando las manos—. ¡Sin duda he oído mal! ¿No pretenderá decirme que jamás ha oído hablar del sabio doctor Tarr o del famoso profesor Fether?
—Me veo precisado a reconocer mi ignorancia —repuse—, pero la verdad está por encima de todas las cosas. Mucho me humilla ignorar las obras de esos extraordinarios estudiosos. Las buscaré lo antes posible, para leerlas con la máxima atención. Monsieur Maillard, usted ha conseguido... se lo digo muy sinceramente... avergonzarme de mí mismo.
Y era muy cierto.
—No diga usted más, mi joven amigo —replicó amablemente el director, estrechándome la mano—, y acompáñeme con una copa de Sauternes.
Bebimos. La asamblea imitó sin vacilar nuestro ejemplo. Todos charlaban, bromeaban, reían, hacían las cosas más absurdas, mientras los violines chirriaban, el tambor tronaba, los trombones mugían como otros tantos toros de bronce de Falaris... y aquella escena, empeorando de minuto en minuto, a medida que los vinos hacían su efecto, se convertía finalmente en una especie de pandemonio in petto. A todo esto, con algunas botellas de Sauternes y Vougeot entre los dos, Monsieur Maillard y yo continuábamos nuestro diálogo a gritos. Cualquier palabra pronunciada con tono natural se hubiera oído mucho menos que la voz de un pez en las cataratas del Niágara.
—¿No mencionó usted antes de la cena —le grité al oído— que el antiguo sistema de la dulzura encerraba ciertos peligros? ¿Puede explicarme cuáles?
—Sí —repuso él—, en algunas ocasiones era sumamente peligroso. Los caprichos de los locos son inexplicables, y en mi opinión, así como en la del doctor Tarr y el profesor Fether, nunca se está seguro si se los deja andar solos y sin vigilancia. Un insano puede ser «calmado» por un tiempo, pero terminará siempre provocando algún alboroto. Su astucia, además, es tan proverbial como grande. Si proyecta alguna cosa, la ocultará con maravillosa sagacidad, y la destreza con que finge la cordura presenta para el filósofo uno de los problemas más singulares del estudio de la mente. Créame usted: cuando un loco parece completamente sano, ha llegado el momento de ponerle la camisa de fuerza.
—Pero el peligro del cual hablaba usted, mi querido señor... En el curso de su propia experiencia... mientras dirigía esta casa... ¿ha tenido razones para creer que la libertad era peligrosa en un caso de locura?
—¿Aquí? ¿En el curso de mi propia experiencia? Pues bien... sí. Por ejemplo: no hace mucho, sucedió en esta misma casa algo muy extraño. Como usted sabe regía el sistema de dulzura y todos los enfermos andaban en libertad. Se conducían muy bien...; tan bien, que cualquier persona sensata se hubiera dado cuenta de que se preparaba algún designio diabólico, tanta era la compostura con que se portaban. Y así ocurrió, en efecto: una
mañana, los guardianes se despertaron atados de pies y manos y metidos en las celdas, donde fueron atendidos como si fueran los locos... por los locos mismos, que habían usurpado las funciones de guardianes.
—¡No me diga usted! ¡Jamás he oído cosa tan absurda!
—Le cuento la verdad. Todo sucedió por culpa de un imbécil... un loco que sostenía haber inventado el mejor sistema de gobierno jamás imaginado... gobierno de locos, se entiende. Supongo que quería experimentar su invención y persuadió al resto de los enfermos a que se le unieran en una conspiración destinada a derrocar los poderes reinantes.
—¿Y lo consiguió?
—Naturalmente. Los guardianes y los guardados cambiaron muy pronto de puesto, con la importante diferencia de que los locos habían estado sueltos con anterioridad, mientras que los guardianes fueron encerrados en las celdas y tratados, lamento decirlo, de una manera muy desdorosa.
—Pero supongo que no tardó en producirse una contrarrevolución. Imposible que semejante estado de cosas se prolongara mucho. Las personas de la vecindad... los visitantes que acudían al establecimiento... no hay duda de que debieron dar la alarma.
—Pues se equivoca usted. El jefe de los rebeldes era demasiado astuto para eso. No admitió a ningún visitante, excepción hecha, cierto día, de un joven de aire tan estúpido que no le inspiró el menor temor. Lo dejó entrar en el establecimiento... simplemente para variar un poco... para divertirse con él. Tan pronto se hubo burlado lo suficiente, lo dejó salir para que se volviera a sus negocios.
—¿Y cuánto tiempo duró el reinado de los locos?
—¡Oh, mucho tiempo! Por lo menos, un mes..., no podría decir exactamente cuánto. Pero, entretanto, lo pasaron admirablemente, eso puedo jurárselo. Tiraron sus viejas ropas ajadas y se apoderaron del guardarropa y las joyas de la familia. La bodega del establecimiento estaba bien provista de vino, y esos diablos de locos son precisamente los que mejor saben beberlo. Vivieron muy bien, se lo aseguro.
—Y el tratamiento... ¿En qué consistía ese tratamiento especial que puso en práctica el jefe de los rebeldes?
—Pues bien; como ya le he hecho notar, un loco no es necesariamente un tonto, y en mi honesta opinión, dicho tratamiento era muchísimo mejor que el anterior. Consistía en un sistema verdaderamente extraordinario... muy sencillo... pulcro... nada complicado... realmente delicioso... Era...
Las observaciones de mi huésped se vieron bruscamente interrumpidas por una nueva serie de alaridos semejantes a los que tanto nos habían desconcertado previamente. Pero esta vez parecían proceder de personas que se aproximaban rápidamente.
—¡Santo Dios! —grité—. ¡Los locos han debido escaparse...!
—Mucho me lo temo —replicó Monsieur Maillard poniéndose mortalmente pálido.
Apenas había terminado la frase cuando se oyeron gritos e imprecaciones bajo las ventanas, y no tardó en verse que algunas gentes del exterior estaban tratando de abrirse paso en el comedor. Golpeaban la puerta con algo que parecía ser un acotillo, mientras sacudían las persianas con violencia prodigiosa.
Siguió una escena de espantosa confusión. Para mi indescriptible asombro, Monsieur Maillard se metió debajo del aparador. Yo hubiera esperado una mayor resolución de su parte. Los miembros de la orquesta que en el último cuarto de hora habían dado la impresión de estar demasiado borrachos para cumplir con su obligación, se enderezaron
bruscamente aferrando sus instrumentos y, trepándose a la mesa, atacaron de común acuerdo el Yankee Doodle, que ejecutaron, si no afinadamente, por lo menos con energías sobrehumanas durante todo el transcurso del tumulto.
Entretanto, el caballero a quien con tanta dificultad habían impedido que saltara sobre la mesa se apresuró a hacerlo y, tras de plantarse entre las botellas y vasos, comenzó una arenga que no dudo hubiera sido de primer orden de haber podido escucharla. En el mismo instante, el hombre cuyas predilecciones iban hacia las perinolas comenzó a girar por la estancia con inmensa energía, abiertos los brazos en ángulo recto con el cuerpo, con lo cual se parecía realmente a una peonza, y derribando a todo aquel que se le ponía en el camino. Entonces, al escuchar un increíble ruido de botella descorchada y de vino espumante saliendo de ella, terminé por descubrir que procedía de la persona que había imitado a una botella de champaña en el curso de la cena. Por su parte, el hombre-rana croaba como si la salvación de su alma dependiera de cada sonido que profería. Y en mitad de todo esto alzábase el continuo rebuznar de un asno. En cuanto a mi buena amiga Madame Joyeuse, me daba verdadera lástima contemplar el estado de perplejidad en que se encontraba. Todo lo que hacía era quedarse en un rincón, al lado de la chimenea, repitiendo continuamente y con todas sus fuerzas: «¡Cocoricó-o-o-o-o!»
Y entonces se produjo la crisis, la catástrofe del drama. Como, aparte de los hurras, los alaridos y los cocoricós, quienes me rodeaban no ofrecían la menor resistencia a los de fuera, las diez ventanas no tardaron en ser forzadas casi simultáneamente. Y jamás olvidaré el asombro y el horror con que vi saltar por ellas y lanzarse entre nosotros, golpeando, pateando, arañando y aullando, un ejército que creí de chimpancés, orangutanes o enormes babuinos negros del cabo de Buena Esperanza.
Recibí una terrible paliza, tras de la cual rodé bajo un sofá y me quedé inmóvil. Luego de un cuarto de hora, tiempo en el cual escuché con todos mis sentidos lo que seguía ocurriendo en la habitación, llegué a una explicación satisfactoria del desenlace de aquella tragedia. Por lo visto, al hablarme del loco que había incitado a sus compañeros a la rebelión, Monsieur Maillard no había hecho otra cosa que relatarme sus propias hazañas. Este caballero había sido el director del establecimiento dos o tres años atrás, pero acabó por enloquecer a su turno y pasó a la categoría de paciente. El compañero de viaje que me había presentado ignoraba semejante cosa. En cuanto a los guardianes, dominados por los locos, habían sido primeramente untados de alquitrán, luego emplumados y finalmente metidos en las celdas subterráneas. Llevaban allí un mes, en el curso del cual Monsieur Maillard no solamente les había prodigado generosamente el alquitrán y las plumas (que constituían su «sistema»), sino que los había tenido a pan y agua. Esta última en forma de ducha diaria... Pero, al fin, tras de escapar por una cloaca, uno de los prisioneros logró poner en libertad a los demás.
El «sistema de la dulzura» —con importantes modificaciones— se ha reanudado en el château; sin embargo, no puedo dejar de reconocer con Monsieur Maillard que su propio «tratamiento» era verdaderamente radical. Como muy bien lo había expresado, era «muy sencillo... pulcro... nada complicado...».
Sólo me resta añadir que, aunque he revisado todas las bibliotecas de Europa en busca de las obras del doctor Tarr y del profesor Fether, he fracasado hasta ahora en mi empeño por procurarme un ejemplar de las mismas.


Cuatro bestias en una
El hombre-camaleopardo
Chacun a ses vertus.
(CREBILLON, Jerjes)

Por lo general, se considera a Antíoco Epifanes como el Gog del profeta Ezequiel. Cabe sin embargo atribuir con más propiedad este honor a Cambises, hijo de Ciro. De todos modos, el carácter del monarca sirio no necesita ningún embellecimiento suplementario. Su acceso al trono, o más bien su usurpación de la soberanía, en el año ciento setenta y uno antes de Cristo; su tentativa de saquear el templo de Diana, en Éfeso; su implacable hostilidad hacia los judíos; su profanación del santo de los santos, y su miserable muerte en Taba, después de un tumultuoso reinado de once años, constituyen circunstancias prominentes y, por tanto, mucho más tenidas en cuenta por los historiadores de su tiempo que las impías, cobardes, crueles, estúpidas y extravagantes acciones que forman la suma total de su vida privada y su reputación.
Supongamos, amable lector, que estamos en el año del mundo tres mil ochocientos treinta, e imaginémonos por un momento en la más grotesca de las moradas humanas, en la notable ciudad de Antioquía. Por cierto que en Siria y otros países había un total de dieciséis ciudades de este nombre, aparte de aquella a que aludo particularmente. Pero la nuestra es la que recibió el nombre de Antioquia Epidafne a causa de su vecindad con el pueblo de Dafne, donde se alzaba un templo a dicha divinidad. Fue construida (aunque la cuestión está muy controvertida) por Seleuco Nicanor, primer rey del país después de Alejandro Magno, en memoria de su padre, Antíoco, y no tardó en convertirse en capital de los monarcas sirios. En los florecientes tiempos del imperio romano, Antioquía era la residencia habitual del prefecto de las provincias orientales, y muchos emperadores de la ciudad reina (entre los cuales cabe mencionar especialmente a Veras y a Valente) pasaron aquí la mayor parte de su tiempo. Pero advierto que estamos ya en la ciudad. Subamos a esa muralla, a fin de contemplar Antioquia y las comarcas circundantes.
—¿Qué río es ése, tan ancho y rápido, que se abre camino entre innumerables saltos, a través de la confusa multitud de las montañas, y de la multitud no menos confusa de los edificios?
—Es el Orontes. Sus aguas son las únicas visibles, fuera de las del Mediterráneo, que se tiende como un ancho espejo a unas doce millas al sur. Todo el mundo ha visto el Mediterráneo, pero permítame decirle que muy pocos han podido tener un atisbo de Antioquía. Cuando digo pocos, aludo a personas como usted y como yo, que poseen al mismo tiempo las ventajas de una educación moderna. Deje, pues, de contemplar el mar y conceda toda su atención a la masa de edificios que se tiende por debajo de nosotros. Recordará que estamos en el año del mundo tres mil ochocientos treinta. Si fuera más tarde —si, por ejemplo, estuviéramos en el año de Nuestro Señor mil ochocientos cuarenta y cinco—, nos veríamos privados de tan extraordinario espectáculo. En el siglo diecinueve Antioquia es —o, mejor dicho, será— un lamentable montón de ruinas. Para ese entonces habrá quedado destruida, en tres ocasiones diferentes, por tres terremotos sucesivos, Y a
decir verdad, lo poco que quede de ella estará en un estado tan ruinoso y desolado que el patriarca habrá trasladado su residencia a Damasco. ¡Ah, muy bien! Veo que aprovecha usted mi consejo y se dedica a inspeccionar los lugares,
satisfaciendo sus ojos
con los recuerdos y los monumentos famosos
que tanto renombre dan a esta ciudad.
Perdóneme usted; me olvidaba de que Shakespeare no florecerá hasta dentro de mil setecientos cincuenta años. Veamos: ¿no justifica la apariencia de Epidafne que la califique de grotesca?
—Está bien fortificada, y en este sentido debe tanto a la naturaleza como al arte.
—Muy cierto.
—Hay una prodigiosa cantidad de majestuosos palacios.
—En efecto.
—Y los numerosos templos, tan ricos corno magníficos, pueden compararse con los más alabados de la antigüedad.
—Lo reconozco. Pero hay también infinidad de cabañas de barro y abominables barracas. No podemos dejar de advertir en las calles la cantidad de inmundicias tiradas en el arroyo, y si no fuera por las continuas humaredas del incienso de los idólatras no hay duda que el hedor resultaría intolerable. ¿Vio usted alguna vez calles tan sofocadamente angostas o edificios tan milagrosamente altos? ¡Qué penumbra arrojan sus sombras sobre la tierra! Por suerte, las oscilantes lámparas de aquellas columnatas permanecen encendidas durante el día; de lo contrario, tendríamos aquí las tinieblas de Egipto en tiempos de su desolación.
—¡Ciertamente es un extraño lugar! ¿Qué significa aquel singular edificio? ¡Mírelo! Domina todos los otros y se halla situado al este de lo que creo debe ser el palacio real.
—Es el nuevo templo del Sol, a quien se adora en Siria bajo el nombre de Elah Gabalah. Más tarde, un emperador romano harto notorio instituirá su culto en Roma y extraerá de él su propio nombre, Heliogábalo. Pienso que le gustaría a usted echar una ojeada a la divinidad del templo. No necesita mirar hacia el cielo: el Sol no está allí, por lo menos el Sol que adoran los sirios. La deidad reposa en el interior de aquel edificio. Se lo adora bajo la forma de una ancha columna de piedra rematada por un cono o pirámide —que denota el Fuego.
—¡Escuche! ¡Mire! ¿Quiénes son esos ridículos seres semidesnudos, pintarrajeado el rostro, que gritan y gesticulan dirigiéndose a la chusma?
—Unos pocos son saltimbanquis. Otros pertenecen a la clase de los filósofos. Pero la mayoría —justamente aquellos que están apaleando a la muchedumbre— son los principales cortesanos de palacio, que ejecutan, como es su deber, alguna loable extravagancia ordenada por el rey.
—Pero, ¿qué es eso? ¡Cielos, la ciudad está infestada de bestias salvajes! ¡Qué espectáculo terrible... qué peligrosa singularidad!
—Terrible, si usted quiere; pero nada peligrosa. Si mira atentamente, verá que cada uno de esos animales sigue tranquilamente a su amo. Algunos van con una cuerda al cuello, pero se trata de las especies más pequeñas o tímidas. El león, el tigre y el leopardo se mueven con entera libertad. Han sido adiestrados para sus actuales funciones, y sirven a sus respectivos dueños de valets de chambre. A veces, claro está, la naturaleza reivindica sus violadas leyes; pero que un guerrero sea devorado, o que un toro sagrado aparezca muerto,
son cosas demasiado insignificantes para causar sensación en Epidafne.
—¡Qué tumulto tan extraordinario se escucha! ¡Un ruido terrible, aun para Antioquía! Sin duda ocurre cosa fuera de lo común.
—Así es. El rey ha dispuesto algún nuevo espectáculo: una exhibición de gladiadores en el hipódromo, quizá la matanza de los prisioneros escitas, el incendio de su nuevo palacio, la demolición de algún hermoso templo... o quizá una hoguera alimentada por algunos judíos. El rumor aumenta. Gritos y carcajadas ascienden a los cielos. El aire se conmueve con la estridencia de los instrumentos de viento y el horrible clamoreo de un millón de gargantas. ¡Bajemos, en nombre de la diversión, y veamos qué pasa! ¡Por ahí... cuidado! Ya estamos en la calle principal, llamada calle de Timarco. Un mar de gente se acerca y difícil nos será remontar la corriente. La multitud se derrama por la calle de Heráclides, que nace directamente en palacio... Es de suponer entonces que el rey se encuentra entre los alborotadores. ¡Sí, oigo los gritos de los heraldos, anunciando su llegada con la pomposa fraseología del Oriente! Podremos echar una ojeada a su persona cuando pase frente al templo de Ashimah. Refugiémonos en el vestíbulo del santuario; no tardará en llegar. Entretanto, examinemos esta imagen. ¿Qué es? ¡Oh, el dios Ashimah en persona! Advertirá usted que no se trata ni de un cordero, ni de un chivo, ni de un sátiro; tampoco se parece gran cosa al Pan de los árcades. Y, sin embargo, todas estas apariencias han sido asignadas... ¡oh, perdón: serán asignadas!, por los sabios de los tiempos venideros al Ashimah de los sirios. Póngase los anteojos y dígame qué es. ¿Qué es?
—¡Dios me bendiga! ¡Un mono!
—Exacto: un mandril. Pero no por eso deja de ser una deidad. Su nombre deriva del griego Simia... ¡Ah, qué grandes tontos son los arqueólogos! ¡Pero... vea! ¡Ese pequeño vagabundo que corre allí! ¿A dónde va? ¿Y qué vocifera? ¿Qué dice? ¡Oh! Dice que el rey viene en triunfo, que está vestido con traje de ceremonia y que acaba de quitar la vida con su propia mano a mil prisioneros israelitas encadenados. ¡Y el canalla lo ensalza hasta los cielos por esa hazaña! ¡Atención! ¡Viene una turba igualmente desastrada! Han compuesto un himno en latín sobre el valor del rey, y lo cantan mientras desfilan.
Mille, mille, mille,
Mille, mille, mille,
Decollavimus, unus homo!
Mille, mille, mille, mille, decollavimus!
Mille, mille, mille,
Vivat qui mille mille occidit!
Tantum vini habet nemo
Quantum sanguinis effudit!.

Lo cual puede parafrasearse así:
¡Mil, mil, mil,
Mil, mil, mil,
Con un solo guerrero degollamos a mil!
¡Mil, mil, mil, mil!
¡Cantemos otra vez mil!
¡Ohé, cantemos:
Larga vida a nuestro rey,
Que bellamente mató a mil!
¡Ohé! ¡Proclamemos
Que él nos ha dado
Más galones de sangre
Que toda la Siria vino!
—¿Oye usted ese toque de trompetas?
—Sí: el rey se acerca. ¡Vea, el pueblo está estupefacto de admiración y alza los ojos al cielo en señal de reverencia! ¡Ya viene... ya viene... ya está aquí!
—¿Quién? ¿Dónde? ¿El rey? No lo veo... no lo distingo por ninguna parte.
—¡Se ha vuelto usted ciego!
—Es posible. Lo único que veo es una tumultuosa muchedumbre de imbéciles y de locos que se prosternan ante un gigantesco Camaleopardo, tratando de besarle las pezuñas. ¡Vea, el animal acaba de dar una coz a uno de la chusma... a otro... y a otro! ¡Ah, no puedo dejar de admirar a esa bestia por el excelente uso que hace de sus patas!
—¡La chusma! ¡Vamos, si se trata de los nobles y libres ciudadanos de Epidafne! ¿Bestia, dijo usted? Tenga cuidado de que no lo oigan. ¿No ve usted que ese animal tiene rostro humano? ¡Mi querido señor ese Camaleopardo es nada menos que Antíoco Epifanes, Antíoco el Ilustre, rey de Siria, el más potente de los autócratas del Oriente! Cierto que con frecuencia suelen llamarlo Antíoco Epimanes... Antíoco el Loco... pero sólo porque el pueblo no está capacitado para apreciar sus méritos. Lo seguro es que en este momento se ha escondido en la piel de un animal, haciendo todo lo posible para representar a un Camaleopardo; pero su intención es la de elevar aún más su dignidad de rey. Sepa usted que el monarca es de gigantesca estatura y que el traje no le resulta inapropiado ni excesivamente grande. Cabe presumir, empero, que no se lo hubiera puesto si no se tratara de alguna ocasión especialmente solemne. ¡Y no me negará usted que la matanza de un millar de judíos no es cosa solemne! ¡Con qué excelsa dignidad se pasea el monarca en cuatro patas! Repare en que sus dos concubinas principales, Elliné y Argelais, le sostienen la cola; toda su apariencia sería infinitamente atractiva de no ser por la protuberancia de sus ojos, que ciertamente acabarán saltándosele de las órbitas, y el extraño color de su rostro, que se ha convertido en algo indescriptible a causa de la cantidad de vino que ha bebido. Sigámoslo al hipódromo, al cual se encamina ahora, y escuchemos el canto de triunfo que él mismo entona el primero:
¿Quién es rey, sino Epifanes?
¡Decidlo! ¿Lo sabéis?
¿Quién es rey, sino Epifanes?
¡Bravo! ¡Bravo!
¡No hay nadie fuera de Epifanes,
No, no hay nadie!
¡Derribad entonces los templos
Y apagad el sol!

—¡Muy bien, magníficamente cantado! El populacho lo está saludando como «Príncipe de los Poetas», «Gloria del Oriente», «Delicia del Universo» y «El más asombroso de los Camaleopardos». Le han pedido un bis... ¿oye usted? ¡Lo está cantando de nuevo! Cuando llegue al hipódromo recibirá la corona de la poesía, como anticipación de su victoria en las próximas olimpíadas.
—¡Por Júpiter! ¿Qué ocurre entre la multitud, que viene detrás de nosotros?
—¿Detrás, dice usted? ¡Ah, oh... ya veo! Querido amigo, ha hablado usted a tiempo. ¡Refugiémonos lo antes posible en algún lugar seguro! ¡Ahí, en ese arco del acueducto! Le diré inmediatamente la causa de la conmoción. Ha ocurrido lo que yo estaba previendo. La singular apariencia del Camaleopardo con cabeza humana parece haber ofendido el sentido de la dignidad que, en general, poseen los animales feroces domesticados en esta ciudad. Como consecuencia se ha producido un motín. Y como es usual en tales ocasiones, ningún esfuerzo humano será capaz de contener a la muchedumbre. Muchos sirios han sido ya devorados, pero la consigna general de estos patriotas de cuatro patas parece ser la de comerse al Camaleopardo. Razón por la cual el «Príncipe de los Poetas» corre en estos momentos sobre sus dos piernas para salvar la vida. Los cortesanos lo han dejado en la encrucijada, y sus concubinas han seguido tan excelente ejemplo. ¡«Delicia del Universo», en qué lío te has metido! ¡«Gloria del Oriente», qué peligro de masticación corres! No mires, no, tu cola con tanta lástima; tendrá que arrastrar por el fango, no hay remedio. No mires hacia atrás, para asistir a su inevitable degradación; toma coraje, mueve vigorosamente las piernas y enfila hacia el hipódromo. ¡Recuerda que eres Antíoco Epifanes, Antíoco el Ilustre! ¡«Príncipe de los Poetas», «Gloria del Oriente», «Delicia del Universo» y «El más asombroso de los Camaleopardos»! ¡Cielos, qué velocidad eres capaz de desplegar! ¡Qué capacidad para proteger tus piernas! ¡Corre, príncipe! ¡Bravo, Epifanes! ¡Bien hecho, Camaleopardo! ¡Glorioso Antíoco! ¡Cómo corre... cómo salta... cómo vuela! ¡Se aproxima al hipódromo como una flecha recién disparada por una catapulta! ¡Salta... grita... ya llegó! Magnífico, pues si tardabas un segundo más en llegar a las puertas del anfiteatro, ¡oh «Gloria del Oriente»!, no hubiera quedado un solo cachorro de oso en Epidafne sin probar el sabor de tu carne. ¡Vámonos, salgamos de aquí! ¡Nuestros delicados oídos modernos son incapaces de soportar el alarido que va a alzarse para celebrar la escapatoria del rey! ¡Escuche... ya ha empezado! ¡Toda la ciudad está patas arriba!
—¡No hay duda de que es ésta la más populosa ciudad del Oriente! ¡Qué cantidad de gente! ¡Qué revoltillo de clases y de edades! ¡Qué multiplicidad de sectas y naciones! ¡Qué variedad de trajes! ¡Qué Babel de idiomas! ¡Qué rugidos de fieras! ¡Qué resonar de instrumentos! ¡Qué hato de filósofos!
—¡Vamos, salgamos de aquí!
—¡Un momento! Veo una gran confusión en el hipódromo. ¿Puede decirme, por favor, qué ocurre?
—¿Eso? ¡Oh, no es nada! Los nobles y libres ciudadanos de Epidafne, luego de declararse satisfechos de la fe, valor, sabiduría y divinidad de su rey, y habiendo sido además testigos presenciales de la sobrehumana agilidad de hace un instante, consideran su deber depositar sobre su frente (además de la corona poética) la guirnalda de la victoria en la carrera pedestre, guirnalda que sin duda ganará en las próximas olimpíadas y que, por tanto, le conceden por adelantado.

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