El Rincón de Poe


--Vida, cuentos y poemas de Edgar Allan Poe.


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viernes, 24 de junio de 2011

El diario de Julius Rodman

 Relatos de Edgar A. Poe, Vol.21
 
"Obra que nunca fue terminada"
 

El diario de Julius Rodman

Relación de la primera travesía por las Montañas Rocosas de Norteamérica jamás emprendida por hombre civilizado


Capítulo I - Introducción

Una suerte singularmente dichosa nos permite ofrecer nuestros lectores, bajo este título, una narración de naturaleza poco común y con seguridad profundamente interesante. El diario que sigue contiene la relación de la primera tentativa que se haya realizado de una travesía de las gigantescas barreras formadas por la inmensa cadena de montañas que se extienden desde el Mar Polar, al norte, hasta el istmo de Darién, al sur, formando de un extremo al otro una muralla erizada de rocas y coronada de nieves. Además —y esto es lo más importante— describe en de talle un viaje más allá de esas montañas y a través de una inmensa extensión de territorio que, hoy día mismo, se tiene por enteramente inexplorado y desconocido; que en todos los mapas que hemos tenido la posibilidad de ver está señalado como «región inexplorada», y que es la única que se ignora del continente norteamericano.
Siendo así, nuestros amigos nos sabrán perdonar la ligera dosis de unción con que hemos llamado la atención pública hacia este Diario. Por nuestra parte, hemos encontrado en él un grado y una calidad de interés como ninguna otra narración análoga nos haya inspirado. Y no creemos que la manera como estos papeles han venido a nuestras manos para ser publicados por primera vez, haya contribuido sino moderadamente a motivar ese interés.
Estamos muy seguros de que todos nuestros lectores se hallarán de acuerdo con nosotros para encontrar excepcionalmente atrayentes e importantes las aventuras aquí registradas. El carácter del hombre que fue el director, y el alma, como el historiador de esa expedición, ha impregnado lo que escribió de un abundante fervor romántico, bien diferente de aquella apariencia tibia y estadística que suelen ofrecer las narraciones de ese género. M. James E. Rodman, del cual recibimos este manuscrito, es bien conocido de más de un lector de esta revista. Tiene algo del temperamento que ensombreció la juventud de su abuelo, M. Julius Rodman, autor de la narración: queremos decir una hipocondría hereditaria. Es la influencia de esa enfermedad lo que, más qué otra cosa, le hizo emprender el extraordinario viaje, cuyas peripecias se van a leer. Los proyectos de caza de que habla él mismo al principio de su Diario no eran, por lo que podemos discernir, sino los pretextos con que coloreaba, para justificarse ante sí mismo, la audacia y la novedad de su empresa.
No cabe duda alguna, creemos (y nuestros lectores lo creerán con nosotros), acerca de que fue impelido únicamente por el deseo de buscar en el seno de la soledad aquella paz que sus disposiciones particulares le impedían saborear entre los hombres. Fue a buscar refugio en el desierto, como en un amigo. Y ninguna otra interpretación de los hechos nos permitirá conciliar, con nuestro conocimiento habitual, los modos de obrar, humanos, muchos puntos de su narración.
Hemos juzgado convenientemente el omitir dos páginas del manuscrito, en las que M. Rodman da algunos detalles acerca de su vida antes de su partida para las fuentes del Missuri. Pero bueno será decir aquí que era natural de Inglaterra, donde su familia tenía un rango muy honorable y donde recibió una buena educación. Emigró a nuestro país en 1784 (a la edad, en aquella época, de unos dieciocho años aproximadamente), can su padre y dos hermanas solteras. La familia se estableció primero en Nueva York; pero ulteriormente se fueron al Kentucky y allí se instalaron, casi como ermitaños, en las orillas del Mississipi, cerca del lugar donde en nuestros días Mill's Point desemboca en aquel río.
Allí fue donde el viejo M. Rodman murió en el otoño de 1790. El invierno siguiente, sus dos hijas perecieron de la viruela, con algunas semanas de intervalo. Poco después (en la primavera de 1791), M. Julius Rodman, el hijo, se puso en camino para la expedición que es la materia de las páginas siguientes. Cuando volvió de ella, en 1794, como se verá más lejos, es estableció cerca de Abingdon, en Virginia, donde contrajo matrimonio y tuvo tres hijos. La mayoría de sus descendientes habitan aún aquel país.
M. James Rodman nos ha hecho saber que su abuelo había escrito simplemente un diario sumario de su viaje durante las mil dificultades de la marcha hacia adelante; y que los manuscritos que se nos han remitido no han sido redactados en detalle según aquel diario, sino muchos años después, en el momento en que el explorador fue impulsado a emprender esta tarea a instigación de M. André Michau, el botánico autor de la Flora Boreal Americana y de la Histoire des Chênes d'Amerique. M. Michau, como se recordará, había ofrecido sus servicios a M. Jefferson cuando este hombre de Estado proyectó por primera vez el envío de una expedición a través de las Montañas Rocosas. Se le encargó que realizara el viaje; y había llegado hasta Kentucky cuando recibió una orden del ministro de Francia, entonces en Filadelfia, mandándole que abandonara aquel proyecto y que efectuara en otros lugares las búsquedas botánicas en que su Gobierno le empleaba. La empresa fue confiada entonces a M. M. Lewis y Clarke, quienes la realizaron.
No obstante, el manuscrito, una vez terminado, no llegó jamás a M. Michau, para quien había sido redactado; y se le creyó perdido en el camino por el joven a quien se confió la misión de entregarlo en la residencia temporal de M. M., cerca de Monticello. No se hizo gran cosa para encontrar los papeles: M. Rodman, con sus disposiciones particulares, no se tomaba sino muy poco interés en la busca. Y por extraño que ello parezca, dudamos mucho, a juzgar por lo que de él se nos ha dicho, que haya jamás tomado la menor medida para hacer públicos los resultados de su extraordinario viaje. Creemos que su solo objeto al retocar su diario primitivo, era el complacer a M. Michau. El mismo proyecto de exploración de M. Jefferson, proyecto que, en el momento en que se formuló, provocó discusiones casi universales y fue considerado como una absoluta novedad, no arrancó al héroe de nuestra narración sino un pequeño número de observaciones generales, dirigidas a los miembros de su familia. No hizo jamás de su propio... viaje un asunto de conversación: más bien parecía evitarlo. Murió antes de la vuelta de Lewis y Clarke; y el Diario, que había sido entregado al mensajero para que 1o llevara a M. Michau, fue encontrado hace unos tres meses, en un cajón secreto de una mesa de escribir que había pertenecido a M. Julius Rodman. No hemos sabido quién lo puso allí. Todos sus parientes están de acuerdo en exonerar a M. R. de la sospecha de haberlo escondido él. Pero, sin querer de ninguna manera faltar al respeto, a la memoria del difunto, ni a M. James Rodman (a quien estamos especialmente agradecidos), no podemos dejar de estimar muy razonable, y en armonía con el carácter de sensibilidad mórbida que distinguía al personaje, la hipótesis de que el narrador, habiendo encontrado algún medio de volverle a tomar el paquete al mensajero, lo hubiese escondido donde se le encontró.
No deseábamos de ningún modo alterar la manera de la narración de M. Rodman, y por ese motivo nos hemos tomado muy pocas libertades con su manuscrito; las que nos hemos permitido sólo consisten en algunas observaciones. El estilo, realmente, no hubiese podido ser mejorado: es simple, de un efecto pujante, que manifiesta el arrobamiento profundo con que el viajero se deleitó en las novedades majestuosas a través de las que pasaba día tras día. Una especie particular de ternura anima hasta sus relatos de las desdichas, de los más crueles peligros, y nos revela inmediatamente la idiosincrasia de ese hombre. Sentía el ardiente amor de la naturaleza, y la adoraba, quizá, más en sus aspectos siniestros y salvajes que en sus manifestaciones de placidez y de júbilo. Recorrió aquel desierto inmenso y a menudo terrible con el corazón lleno de un arrobamiento visible, y que se le envidia a medida que se le lee. Era, por excelencia, el hombre llamado a viajar por aquella solemne desolación que, evidentemente, le gustaba tanto describir. Tenía el espíritu apto para percibir y la capacidad del sentimiento.
Por eso consideramos su manuscrito como un rico tesoro —a su manera, absolutamente— y que en el fondo nunca ha sido igualado.
Que los sucesos de esta historia se hayan ignorado hasta el presente; que el hecho mismo del paso de las Montañas Rocosas antes de la expedición de Lewis y Clarke, no haya sido publicado jamás; que no se haga la menor alusión al hecho en ningún escrito acerca de la geografía de América (y nunca se le aludió, que sepamos): todo ello ha de ser considerado como notable, y hasta excesivamente extraño. La sola referencia a ese viaje que haya llegado a conocimiento nuestro se encuentra, al parecer, en una carta inédita de M. Michau, en posesión de M. M. Wigalt, de Charlottesville, Virginia. En ella se habla de él de pasada, episódicamente, como de «una idea gigantesca, maravillosamente realizada». Si existe alguna alusión ulterior a ese viaje, la ignoramos en absoluto.
Antes de abordar la propia relación de M. Rodman, no estará fuera de lugar el echar una ojeada sobre lo que otros realizaron, en materia de descubrimientos, en la parte Noroeste de nuestro continente. Si el lector quiere procurarse un mapa de la América del Norte, seguirá más cómodamente el curso de nuestras observaciones.
Verá que el continente se extiende desde el Océano Ártico..., o sea el grado sesenta, aproximadamente, de latitud norte, hasta el grado nueve; y desde el grado cincuenta y seis de longitud oeste, meridiano de Greenwich, hasta el grado sesenta y ocho. Toda esa inmensa extensión de territorio ha sido visitada de una manera más o menos completa por el hombre civilizado; una gran parte hasta ha sido definitivamente colonizada. Pero queda un campo muy vasto, señalado en todos nuestros mapas, como inexplorado y que se consideró siempre como tal hasta el día de hoy. Ese campo está limitado al sur por el paralelo sesenta, al norte por el Océano Ártico, al oeste por las Montañas Rocosas y por las posesiones rusas. Pero en M. Rodman recae el honor de haber atravesado en varias direcciones esas comarcas singularmente salvajes; y las particularidades más interesantes de la narración publicada hoy se refieren a sus aventuras y a sus descubrimientos en aquel país.
Quizás las primeras travesías de cierta entidad realizadas en la América Septentrional por el hombre blanco fueron, probablemente, las de Hennepin y sus amigos, en 1698; pero como quiera que dirigiera sus descubrimientos hacia el sur, no creemos tener que hablar de él con más detalles.
M. Irving, en su Astoria, cita la tentativa del capitán Jonathan Carver como la primera hecha para atravesar el Continente desde el Atlántico hasta el Pacífico. Pero acerca de ese punto parece cometer error, porque encontramos, en uno de los diarios de Sir Alexander Mackenzie, que dos expediciones diferentes fueron organizadas, con ese objeto especial, por la Compañía de pieles de la Bahía de Hudson: una en 1758, otra en 1759. Ambas, por lo que se supone, fracasaron enteramente, porque no subsiste informe alguno de las mismas.
Fue en 1763, poco después de la adquisición del Canadá por la Gran Bretaña, cuando el capitán Carver emprendió el viaje. Tenía la intención de atravesar el país entre los grados cuarenta y tres y cuarenta y seis de latitud norte, hasta orillas del Pacífico, con el propósito de determinar la mayor anchura del continente y de escoger un lugar en la costa oeste, donde el Gobierno pudiera establecer un puesto para facilitar el descubrimiento de un pasaje del noroeste, o comunicación entre la Bahía de Hudson y el Océano Pacífico. Había supuesto que el río Columbia, entonces denominado Oregón, desembocaba en algún punto próximo al estrecho de Anman; y allí pensaba que se establecería el puesto. Creía, también, que una colonia en aquella región proporcionaría nuevos mercados al comercio y abriría con la China y con las posesiones británicas de las Indias Orientales una comunicación más directa que la antigua ruta por el cabo de Buena Esperanza. Pero fracasó en su tentativa de atravesar las montañas.
Cronológicamente, la siguiente expediciones importante en la parte norte de América, fue la de Samuel Hearne, quien, con el fin de descubrir minas de cobre, llegó hacia el noroeste durante los años 1769, 1770, 1771 y 1772, desde Prince of Wales Fort, en la Bahía de Hudson, hasta las orillas del Océano Ártico.
Tenemos, después, que registrar una, segunda tentativa del capitán Carver, emprendida en 1774 y en la que participó Richard Witworth, hombre muy rico y miembro del Parlamento. No citamos esta tentativa sino porque fue proyectada en una vasta escala: pues, de hecho, no se realizó jamás. Los exploradores debían llevar consigo unos cincuenta o sesenta hombres, artificieros y marinos, y remontar uno de los brazos del Missuri, explorar, en busca de las fuentes del Oregón, las montañas, y descender por agua ese río hasta su presunta desembocadura, cerca del estrecho de Anman. Allí debía construirse un fuerte, así como barcos destinados a exploraciones ulteriores. La empresa fue suspendida por el desencadenamiento de la revolución americana.
En 1775, el comercio de las pieles, gracias a los misioneros canadienses, se había extendido al norte y al oeste hasta las orillas del río Saskatchawine, a los 53 grados de latitud norte y los 102 de longitud oeste. Y, al principio de 1776, M. Joseph Frobisher avanzó en esa dirección hasta alcanzar los grados 55 norte y 103 oeste.
En 1778, M. Peter Bond, con cuatro canoas, navegó por el curso del río Elk hasta unas treinta millas al Sur de su confluencia con el Lago de las Colinas.
Hemos de señalar, enseguida, otro intento, que fracasó desde el principio, de atravesar de océano a océano el continente en su parte más ancha. Apenas si el público lo conoce, porque M. Jefferson sólo lo menciona, y de manera muy breve; M. Jefferson cuenta que M. Ledyar, en París, le visitó, ávido de alguna empresa nueva después del viaje afortunado can el capitán Cook; y que él (M. J.) sugirió un viaje al Kamtschatka por tierra, haciendo la travesía en algún barco ruso hasta el canal de Nootka, y alcanzar la latitud del Missuri para, desde allí, atravesar el país siguiendo este río hasta los Estados Unidos. Ledyar aceptó el proyecto con la condición de que el Gobierno ruso diera su con sentimiento. Habiendo llegado a obtenerlo M. Jefferson, el viajero partió de París para llegar a San Petersburgo después de que la emperatriz hubiese salido de la ciudad para ir a pasar el invierno en Moscú. El estado de su hacienda no le permitía permanecer en San Petersburgo sin necesidad: continuó su camino con un pasaporte proporcionado por uno de sus ministros. A doscientas millas del Kamtschatka le detuvo un oficial de la emperatriz: ésta había cambiado de opinión y le prohibía que siguiera su ruta. Lo metieron en un coche cerrado y lo carretearon día y noche hasta la frontera polaca, donde lo liberaron y expulsaron. Hablando de la empresa de Ledyar, M. Jefferson la llama equivocadamente «la primera tentativa de exploración de la parte Oeste de nuestro continente septentrional».
Viene enseguida el esfuerzo interesante y considerable de Sir Alexander Mackenzie, que tuvo lugar en 1789. Sir Mackenzie partió de Montreal, se dirigió a través del río Utawas, el lago Nipissing; el lago Hurón, alrededor de la orilla norte del lago Superior, por lo que se llama el Gran-Portage y, enseguida, a lo largo del río de las Lluvias, del lago de los Bosques, del lago Bonnet, de la parte alta del lago Cabeza de Perro, de la costa sur del lago Winnipeg, a través del lago de los Cedros y al lago del Esturión por la embocadura del río Saskatchawine. Luego, por conducciones al Mississipi, a través de los lagos del Oso Negro, de Prinis y Buffalo, hacia una cadena de altas montañas que se extiende al Noroeste y al Suroeste, para tomar el río del Alce hasta el lago de las Colinas, e ir, por el río del Esclavo, al lago del mismo nombre y, contorneando la orilla norte de este último, al río Mackenzie, por donde llegó, finalmente, al mar Polar: un viaje inmenso, durante el cual corrió peligros innumerables y sufrió las peores desdichas. En el curso de su descenso por el río Mackenzie hasta la desembocadura, contorneó la base de la vertiente oriental de las Montañas Rocosas, pero no franqueó nunca esa barrera. En la primavera de 1793, habiendo partido de Montreal para reemprender el itinerario de su primera exploración hasta la desembocadura del Unjigah o río de la Paz, hizo un rodeo hacia el oeste subiendo por ese curso de agua, atravesó las montañas por el grado 56 de latitud, y marchó hacia el sur hasta el punto donde encontró un río que llamó, del Salmón (hoy de Frager) y que siguió para llegar, finalmente, al Pacífico, por los 40 grados aproximadamente de latitud norte.
La memorable expedición de los capitanes Lewis y Clarke se efectuó durante los años 1804, 1805 y 1806. En 1803, la convención que establecía tratados para hacer el comercio con las tribus indias había llegado a término, y M. Jefferson, por un mensaje confidencial, con fecha 18 de enero, recomendó al Congreso algunas modificaciones que tenían principalmente por objeto la extensión del efecto a los indios del Missuri. Para preparar las Vías, se propuso que se enviara una expedición que siguiera el Missuri hasta sus fuentes y atravesara las Montañas Rocosas para, desde allí, dirigirse hacia el Pacífico por la mejor ruta de agua que se encontrará. Ese plan se ejecutó íntegramente: el capitán Lewis, en efecto, exploró (pero no descubrió el primero, diga lo que quiera Mr. Irving) la cuenca alta del río Columbia, y descendió por este curso de agua hasta la desembocadura. Aquella cuenca alta fue visitada por Mackenzie en 1793.
Con el viaje de Lewis y Clarke al Missuri coincidió el del mayor Zabulón M. Pike al Mississipi, del que llegó a descubrir la fuente en el lago Itasca. A su vuelta de ese viaje penetró, por orden del Gobierno, en la región al Oeste del Mississipi, durante los años 1805, 1806 y 1807, y llegó a la cuenca superior del Arkansas (más allá de las Montañas Rocosas, a los 40 grados de latitud norte), pasando a lo largo de los ríos Osage y Kansas, así como de la fuente del Platte.
En 1810, M. David Thompson, uno de los socios de la Compañía de pieles del Noroeste, partió de Montreal con una partida numerosa para atravesar el continente hasta el Pacífico. Su itinerario coincidía, en la primera parte, con el de Mackenzie en 1793. El objeto era anticipar un proyecto de M. John Jacob Astor: a saber, el establecimiento de un puesto de comercio en la desembocadura del Columbia. La mayoría de sus hombres desertó en la, vertiente oriental de las Montañas; pero, a fin de cuentas, llegó a atravesar la cadena con ocho compañeros solamente, encontró el brazo septentrional del Columbia y descendió este río, partiendo del punto más cercano de la fuente que jamás, hasta entonces, hubiese alcanzado un hombre blanco.
En 1811, es la notable empresa de M. Astor la que se realiza —por lo menos en lo que concierne al viaje a través del país—. Como que M. Irving ya ha dado a conocer a todos nuestros lectores las circunstancias de esa exploración, basta con mencionarla brevemente. Acabamos de decir su objeto. El itinerario del grupo (mandado por M. Wilson Price Hunt) partió de Montreal, subiendo por el Utawas, para ir a atravesar el lago Nipissing y una serie de pequeños lagos y de ríos y llegar a Machilimackinac o Mackinaw; de allí, par Green-Bay y los ríos de Fox y Wisconsin, a la Pradera del Perro; y, bajando el Mississipi, a San Luis; luego, subiendo el Missuri, a la aldea —de los indios Arickara, entre los 46 y 47 grados de latitud Norte y a mil cuatrocientas treinta millas de la desembocadura del río; luego, haciendo un rodeo al suroeste a través del desierto, más allá de las montañas donde nacen las aguas del Platte y del Yellowstone; y, en fin, a lo largo del brazo sur del Columbia, hacia el mar. Dos pequeñas expediciones de vuelta realizaron, a través del país, peregrinaciones ricas en acontecimientos y en peligros.
Los viajes del mayor Stephen H. Long son, cronológicamente por orden de importancia, los más recientes. Ese explorador, en 1823, avanzó hasta la fuente del río San Pedro, al lago Winnipeg, al lago de los Bosques, etc. Apenas es necesario hablar de las más recientes expediciones efectuadas por el capitán Bonneville y por otros, porque todo el mundo las recuerda bien. Las aventuras del capitán Bonneville han sido muy bien contadas por M. Irving. En 1832 partió del fuerte Osage, atravesó las Montañas Rocosas, y pasó cerca de tres años en las regiones situadas más allá. Hay, en el interior de las fronteras de los Estados Unidos, pocos territorios que no hayan sido, en estos últimos años, recorridos por el hombre de ciencia o el aventurero. En esas regiones vastas y desoladas situadas en el norte de nuestro país, y al oeste del río Mackenzie, ningún hombre civilizado, exceptuando M. Rodman y su pequeño grupo, ha puesto el pie, que sepamos. En lo que concierne a la cuestión de la primera travesía de las Montañas Rocosas, se ha podido ver, por lo que acabamos de decir, que el crédito de esa empresa jamás hubiese debido atribuirse a Lewis y a Clarke, puesto que Mackenzie la realizó en 1793; y que, de hecho, M. Rodman fue el primero que conquistó aquellas gigantescas barreras, puesto que las atravesó en 1792. No es, pues, sin razones valederas por lo que llamamos la atención del público hacia la extraordinaria narración que presentamos.
EDS. G. M.

Capítulo II

Después de la muerte de mi padre y de mis dos hermanas, dejé de interesarme por nuestra plantación de Mills Point, y la vendí, por un precio ínfimo, a M. Junot. Había pensado con frecuencia dedicarme al oficio de cazador de pieles en la parte alta del Missuri, y me decidí entonces a emprender una expedición hacia aquellos lugares para tratar de procurarme pieles que estaba seguro de poder vender, en Petite-Côte, a los agentes particulares de la Compañía de pieles del Noroeste. Estaba cierto de que, por ese medio, era posible adquirir, con un poco de iniciativa y de valor, mucho más dinero del que hubiera podido ganar por cualquier otro. Además, siempre me había gustado la raza y el oficio de cazador de pieles, aunque no hubiese jamás practicado ni lo uno ni lo otro profesionalmente. Y deseaba mucho explorar alguna parte de aquella, región Occidental de nuestro país, del que Pierre Junot me había comprado mi propiedad.
Tenía aires extranjeros, y una manera de ser algo excéntrica. Pero era un muchacho de gran corazón, y, ciertamente, uno de los más valientes que jamás hayan existido, aunque su fuerza física no fuese muy grande. Era de extracción canadiense. Y como había realizado una o dos cortas excursiones por cuenta de la, Compañía de las pieles, en las que había desempeñado las funciones de viajante, le gustaba adornarse de ese título y hablar de sus viajes. Mi padre había demostrado mucho afecto a Pierre; y yo mismo le tenía en mucha estima. Era igualmente el favorito de mi hermana menor, Jane; y creo que se habrían casado si la voluntad de Dios hubiese sido la de que Jane no muriera.
Cuando Pierre supo que yo no había decidido todavía qué partido tomar después de la muerte de mi padre, me incitó a preparar una pequeña expedición hacia el río, en la que él me acompañaría. Y no tuve ninguna dificultad para adherirme a su proyecto. Convinimos en ir Missuri arriba tan lejos como pudiéramos, cazando con fusil o con trampas, y en no volver hasta que hubiéramos cosechado una cantidad de pieles suficiente para asegurarnos a cada uno una fortuna. Su padre no hizo ninguna objeción, y le entregó unos trescientos dólares. Partimos entonces para Petite-Côte, con el fin de procurarnos nuestros equipos y para reclutar, con vistas al viaje, tantos hombres como pudiéramos.
Petite-Côte, es una pequeña localidad situada a la orilla norte del Missuri, a unas veinte millas de la confluencia de ese río y del Mississipi. Se encuentra al pie de una cadena de colinas poco elevadas, en una especie de altiplano y bastante encima del nivel del río para estar al abrigo de las crecidas de junio. En la parte alta de la aldea hay sólo cinco o seis casas construidas simplemente con tablas; pero más hacia el este se ve una capilla y doce o quince hermosas viviendas dispuestas paralelamente al curso del agua. Hay en ellas un centenar de habitantes, casi todos criollos de origen canadiense. Son éstos extremadamente indolentes y no tratan en absoluto de cultivar la comarca que les rodea, cuya tierra es muy fértil; todo lo más hacen algunos trabajas de hortelano. Viven principalmente de la caza, o hacen con los indios comercio de pieles, que revenden a los agentes de la Compañía del Noroeste.
No contábamos con tener allí ninguna dificultad para procurarnos nuestros equipos y reclutas para el viaje. Pero sufrimos una decepción tanto en lo uno como en lo otro: el lugar era, desde todos los puntos de vista, demasiado pobre para facilitar todo lo que nos era necesario de manera que nuestra expedición fuera eficaz y sin peligro.
Proyectábamos ir al corazón mismo de una comarca infestada de tribus indias, de las cuales no sabíamos nada, salvo por vagas informaciones, y a las que teníamos motivos de creer crueles y falsas. Nos era, pues, absolutamente necesario el no ponernos en camino sin una buena provisión de armas y municiones y alguna fuerza numérica. En fin, puesto que nuestro viaje tenía por objeto el asegurarnos beneficios, teníamos que llevar con nosotros canoas cuyas dimensiones nos permitirían transportar todas las pieles que pudiéramos reunir.
A mediados de marzo llegamos a Petite-Côte, y no logramos terminar nuestros preparativos hasta el fin de mayo. Dos veces enviamos a buscar a la Punta hombres y provisiones, pero no podía obtenerse nada sin grandes gastos. Y, a fin de cuentas, no hubiésemos jamás podido proporcionarnos muchas cosas absolutamente necesarias, si no hubiese sucedido que un día Pierre encontró a una partida que volvía de una expedición a la parte alta del Mississipi, y pudo ajustar a seis de los mejores hombres de aquel grupo, con una canoa o piragua, y comprar la mayor parte del sobrante de los víveres y de las municiones.
Ese socorro oportuno nos permitió el estar suficientemente preparados para partir antes del primero de junio. El día tres de ese mes (1791) nos despedíamos de nuestros amigos de Petite-Côte y empezábamos nuestro viaje. Nuestra expedición comprendía en total quince personas. Cinco de entre ellas eran canadienses de Petite-Côte, que habían hecho cortas excursiones hacia la parte alta del río. Eran buenos bateleros, y compañeros excelentes, por lo menos en lo que se refiere a cantar canciones francesas y a beber —talento que poseían en un grado notable—. Pero, a decir verdad, era raro ver a alguno demasiado influido por la bebida para que no fuera capaz de hacer su servicio. Tenían todos buen humor y siempre estaban dispuestos al trabajo. Pero yo no creía que valieran gran cosa como cazadores, y pronto vi que, sobre todo, no se podía contar con ellos como combatientes. Dos de esos cinco canadienses se comprometieron a servir de intérpretes en nuestras quinientas o seiscientas millas río arriba (si tan lejos íbamos); y teníamos la esperanza de encontrar, acaso, a un indio para interpretar si fuera necesario; pero habíamos decidido evitar en lo posible cualquier encuentro con los indios y poner nuestros cepos y lazos nosotros mismos, antes de correr el riesgo de comerciar, siendo como éramos tan poco numerosos. Nuestra táctica era la de avanzar con la mayor prudencia, y la de no dejarnos ver a menos que fuera imposible el evitarlo.
Los seis hombres ajustados por Pierre en la tripulación del barco que volvía del Mississipi, eran totalmente diferentes de los canadienses. Cinco de entre ellos eran hermanos, apellidados Greely (John, Robert, Meredith, Frank y Poindexter); hubiese sido difícil encontrar seres de aspecto más bello y más decidido. John Greely, el primogénito y el más corpulento de los cinco, pasaba por el hombre más vigoroso y el mejor tirador de Kentucky —de donde procedían todos—. Tenía seis buenos pies de alto, una anchura de hombros del todo extraordinaria y gruesos miembros, fuertemente musculosos.
Como todos los hombres de gran fuerza física, tenía un carácter muy bueno, y por esa razón todos le queríamos mucho. Los cuatro hermanos restantes eran también todos fuertes y de buen tipo, pero sin comparación posible con John. Poindexter era tan alto como él, pero muy delgado, y de aspecto singularmente feroz; pero tenía el mismo humor apacible que su hermano mayor. Todos eran cazadores expertos y excelentes tiradores. Habían aceptado con gusto la proposición que les hizo Pierre de que vinieran con nosotros y habíamos concertado con ellos un arreglo que les aseguraba en los beneficios de la empresa la misma parte que a Pierre y a mí; es decir, que teníamos que dividir los beneficios en tres partes: una para mí, otra para Pierre y la tercera a partir entre los cinco hermanos.
El sexto hombre del barco que contratamos era también un buen recluta. Se llamaba Alexandre Wormley; un virginiano de carácter muy extraño. Había empezado por ser predicador del Evangelio, y, ulteriormente, se había creído profeta; había errado, descalzo, con la barba y los cabellos largos, por la comarca, arengando a cuantos encontraba. Esta aberración se orientaba ahora de otra manera, y ya sólo pensaba en encontrar minas de oro en las regiones solitarias de la comarca. En esa materia, estaba tan completamente loco como un hombre puede estarlo; pero, ello aparte, se mostraba muy razonable, y hasta prudente. Era un buen batelero, un buen cazador, valiente como nadie en el mundo, muy robusto de cuerpo y ágil de piernas. Yo contaba mucho con ese recluta, dada su naturaleza entusiasta; y, finalmente, como se verá, no sufrí un desengaño.
Nuestros otros dos reclutas eran un negro que pertenecía a Pierre Junot y se llamaba Toby, y un extranjero que habíamos encontrado en los bosques, cerca de Mills Point, y que se agregó a nuestra expedición en cuanto le comunicamos nuestros propósitos. Se llamaba Andrew Thornton, era igualmente virginiano, y, creo, de excelente familia, perteneciente a los Thornton de la parte septentrional de aquel Estado. Había salido de su Virginia haría unos tres años y durante todo ese tiempo no había hecho más que errar por las regiones del oeste, sin otro compañero que un gran perro de Terranova. No había recogido pieles y parecía no tener otro objeto que el de satisfacer su gusto por las peregrinaciones y las aventuras. A menudo, cuando estábamos sentados, por la noche, alrededor de las hogueras del campamento, nos distraía con la narración de sus aventuras, de sus fatigas por el desierto, contándolas con una sinceridad grave, que no permitía dudar de su veracidad, aunque muchas de ellas parecían muy maravillosas. Más tarde, la experiencia nos enseñó que los peligros y las penas del cazador solitario no son muy susceptibles de ser exageradas, y que lo, difícil es el evocarlos para el auditor en colores bastante impresionantes. Sentí gran simpatía por Thornton desde el primer momento que le vi. Pocas palabras tengo que decir acerca de Toby; pero no era el personaje menos importante de nuestra cuadrilla. Había permanecido gran número de años en la familia de M. Junot padre, y se había mostrado, servidor fiel. Acaso era un poco demasiado viejo para seguir una expedición como la nuestra, pero Pierre no tenía deseos de dejarle. Por lo demás, su vigor le hacía capaz de soportar grandes fatigas.
En cuanto a Pierre, era, probablemente, el más débil de nuestro grupo en lo físico; pero tenía mucha sagacidad, y uno valor que nada hubiera podido vencer. Su conducta era a veces extravagante e impetuosa, lo cual le acarreaba frecuentes querellas, y había una o dos veces comprometido seriamente el éxito de nuestra expedición. Pero era un verdadero amigo y, desde ese punto de vista particular, yo le consideraba como inapreciable.
He ahí, pues, terminada la breve descripción de todo nuestro grupo, tal como era a nuestra salida de Petite-Côte. Para transportarnos con nuestros equipajes, así como para traer las pieles que obtuviéramos, teníamos dos grandes barcas. La más pequeña era una piragua de cortezas de abedul cosidas con fibras de raíz de pino y calafateada con resina; toda tan ligera que seis hombres la llevaban sin esfuerzo. Tenía veinte pies de largo, calaba unas dieciocho pulgadas a toda carga, y solamente diez vacía; se podían emplear en ella de cuatro a doce remos. La otra era una embarcación de quilla que habíamos construido en Petite-Côte (la piragua la había comprado Pierre a la banda mississipiana). Tenía treinta pies de largo y calaba dos pies a plena carga. Estaba cubierta en unos veinte pies de la proa, formando una cámara-cocina, con una puerta sólida, y de dimensiones suficientes, dada la anchura de la embarcación, para que cupiéramos en ella todos apretándonos bien. Esa parte estaba a prueba de balas gracias a una capa de estopas atiborradas entre dos tabiques de tablas de roble. En diversos puntos hicimos pequeños agujeros por los que, en caso de ataque, hubiésemos podido tirar contra el enemigo, y, también, observar sus movimientos; al mismo tiempo, esos agujeros nos daban aire y luz cuando la puerta estaba cerrada; y teníamos buenas clavijas para adaptarlas a ellos en caso de necesidad.
Los diez pies restantes estaban descubiertos y se podía maniobrar hasta con diez remos, pero nosotros utilizábamos, sobre todo, perchas que nos servían para empujar desde encima de la cubierta. Un mástil corto, fácil de montar, estaba situado a unos siete pies de la serviola. Izábamos en él una gran vela cuadrada, cuando el viento era favorable, y lo desmontábamos cuando lo teníamos de proa.
Un compartimento practicado en la serviola, bajo la cubierta, contenía diez barriles de buena pólvora y la cantidad de plomo que estimamos correspondiente, una dé cima parte de la cual ya estaba fundida en balas de fusil. Colocamos también en él un cañoncito de bronce y su cureña, desmontado para que ocupara poco sitio; porque pensamos que aquel medio de defensa podría tener que intervenir en algún momento de nuestra expedición.
Ese cañón era uno de los tres que habían traído, dos años antes, unos españoles que descendieron el Missuri, y que se habían perdido en el naufragio de una piragua algunas millas río arriba de Petite-Côte. Un alfaque, en el lugar del naufragio, había modificado el canal de tal manera que un indio descubrió uno de los cañones, se hizo ayudar a llevarlo hasta la estación y lo vendió por un galón de whisky. Los habitantes de Petite-Côte entonces se fueran a buscar los otros dos. Eran unos cañones muy pequeños, pero de buen metal y soberbiamente fabricados, con esculturas y adornados con serpientes, como algunas piezas de campaña francesas. Cincuenta balas de hierro fueron encontradas al mismo tiempo que los cañones y las obtuvimos. Menciono la manera como nos procuramos el cañón, porque éste representó, como se verá más lejos, un papel importante en algunas de nuestras operaciones. Además, poseíamos quince carabinas de reserva, colocadas en cajas y situadas a proa, con lo restante del equipaje pesado.
Habíamos dispuesto el peso de manera que se hundiera bien la roda, el cual es el mejor método, dados los troncos flotantes y otros obstáculos del río.
En cuanto a otras armas, estábamos suficientemente equipados, porque cada hombre, además de su carabina ordinaria y sus municiones, tenía una hacheta fuerte y un cuchillo.
Cada una de las embarcaciones estaba provista de un caldero de campamento, de tres hachas grandes, de una sirga, de dos bacas de hule para cubrir el material cuando conviniera, y de dos esponjas grandes para achicar el agua. La piragua tenía también un mástil pequeño y una, vela (que había olvidado de mencionar) y llevaba, en gran cantidad, la resina, las cortezas de abedul y la estopa destinadas a las reparaciones. Llevaba también toda la pacotilla que habíamos juzgado necesaria y que habíamos comprado en la embarcación del Mississipi. No teníamos la intención de comerciar con los indios, pero esas mercancías nos habían sido ofrecidas a bajo precio y juzgamos que era bueno llevarlas con nosotros, vista su utilidad posible. Eran pañuelos de seda y de algodón; hilo, sedales; sombreros, zapatos, calcetería; cuchillería y quincallería; calicós y telas de algodón estampadas; pacotilla de Manchester; tabaco en rollo y en fajo; mantas batanadas; pignetes y perlas de vidrio, etc., etc. Todo ello en pequeños paquetes, de los que tres hacían de carga de un hombre. Las provisiones también estaban dispuestas de manera que se pudieran manipular cómodamente y repartidas en las dos embarcaciones.
Llevábamos, en total, dos quintales de carne de cerdo, seis de galletas y seis de pemmican, que hicimos preparar en Petite-Côte por los canadienses. Estos, en efecto, nos habían dicho que la Compañía de pieles del Noroeste lo usaba para todas las largas expediciones en las que se temía no encontrar caza suficiente. El pemmican se fabrica de manera singular. Las partes magras de los grandes animales se cortan en lonjas delgadas que se exponen, en una parrilla de madera, sea a un fuego suave, sea al sol, como hicimos nosotros, sea, a veces, a la helada. Cuando de esta manera está suficientemente seco, se le machaca entre dos piedras grandes y se conserva muchos años. De todos modos, si se guarda en grandes masas, fermenta en el momento del deshielo, por primavera, y, a menos que se exponga al aire, se corrompe. La grasa del cuerpo y la del cuarto trasero se funde y se mezcla, cuando hierve, con la carne machacada, en proporciones iguales. El todo, entonces, se prensa en sacos y está a punto de ser consumido sin ninguna otra cocción: el gusto es agradable aunque no se añada sal ni legumbres. Pero lo mejor pemmican se elabora añadiendo tuétano y bayas secas. Nuestro whisky estaba en bombonas de cinco galones cada una y en número de veinte, o sea, cien galones.
Cuando todo estuvo bien estibado y todos nos hubimos colocado, el perro de Thornton comprendido, encontramos que quedaba poco espacio libre, salvo en la gran cámara, que quisimos conservar libre de equipajes, para dormir en ella cuando el tiempo fuera malo; y donde sólo había armas y municiones, algunas trampas de castor y una alfombra de pieles de osos. La falta de espacio nos sugirió un expediente que de todas maneras hubiésemos tenido que adoptar: el de destacar a cuatro cazadores para andar a lo largo de las orillas, de manera que nos abastecieran de caza, sirvieran de batidores y nos avisaran si se acercaban los indios.
A dicho efecto nos procuramos dos buenos caballos, uno de los cuales fue confiado a Robert y a Meredith Greely, que debían ir por la orilla sur, y el otro a Frank y a Poindexter Greely, cuya ruta iba por el lado septentrional. Gracias a los caballos, podrían traernos la caza matada.
Ese arreglo aligeró considerablemente nuestras embarcaciones, reduciendo su carga a once personas. En la pequeña se colocaron dos hombres de Petite-Côte, con Toby y Pierre Junot; en la grande, el Profeta (como le llamábamos) o Alexandre Warmley, John Greely, Andrew Thornton, tres de los hombres de Petite-Côte y yo, así como el perro de Thornton.
Nuestra manera de avanzar era, a veces, al remo; pero no siempre. Lo más a menudo, halábamos por las ramas de árboles de las orillas o, si el terreno lo permitía, tirábamos de las embarcaciones con la sirga, lo cual era lo mejor. Algunos de nosotros halaban desde la orilla, y los demás se quedaban a bordo para mantener las embarcaciones a distancia de la tierra, valiéndose de las perchas. Muy a menudo empujábamos con éstas simplemente. Y en este método, que es bueno cuando el cauce del río no tiene demasiado lodo ni arenas movedizas y cuando la profundidad del agua lo permite, los canadienses son muy expertos, tanto como en remar. Emplean perchas largas, rígidas, ligeras, armadas de una punta de hierro, y colocándose en la proa en número igual a cada lado, se encuentran —cara a popa y hunden sus perchas en el agua, a fondo. Una vez que las tienen bien clavadas, apoyan el extremo de las perchas en su hombro, protegido por una almohadilla, y empujan así, andando a lo largo de la borda y dan a la embarcación un impulso de los más vigorosos. Cuando se emplea la percha no hay necesidad de timonel, porque el bajel se dirige con precisión maravillosa.
Con estos diversos modos de locomoción, variados de tiempo en tiempo por la necesidad de entrar en el agua y de empujar nuestras embarcaciones a fuerza de brazos en las corrientes rápidas o en los bajos fondos, empezamos nuestro viaje, tan accidentado, río arriba del Missuri.
Las pieles, que considerábamos como objetos principales de la expedición, debían provenir sobre todo de la caza y de la puesta de trampas practicadas lo más discretamente posible y no del comercio directo con los indios, que, desde hacía tiempo, habíamos aprendido a conocer como una raza, hablando en general, pérfida, con la cual no era prudente para una tropa tan pequeña como la nuestra el tener relaciones. Las pieles, naturalmente recogidas por precedentes exploradores en el trayecto que proyectábamos comprendían: castores, nutrias, martas, linces, ondatras, mofetas, osos, zorros, glotones, lobos, búfalos, ciervos y alces, pero, nosotros pensábamos limitarnos a las especies más preciosas.
La mañana de nuestra partida de Petite-Côte fue entusiasta y deliciosa; y nada tan alegre como nuestra tropa. El verano apenas empezaba y el viento, que, en los primeros momentos sopló fuerte contra nosotros, tenía la suave voluptuosidad de la primavera. El sol brillaba, claro, pero muy poco caliente. El hielo había desaparecido del río y la corriente, medianamente llena, disimulaba los aluviones pantanosos e irregulares que, cuando las aguas son bajas, desfiguran las riberas del Missuri. El río ofrecía entonces un aspecto majestuoso, bañando, de un lado, los sauces y los algodoneros, y, del otro, fluyendo en masa enorme a lo largo de los acantilados perpendiculares.
Miré hacia el oeste, de donde venía la corriente, hasta el punto muy lejano donde las aguas parecían pintarse en el cielo, y pensé en los inmensos territorios a través de los cuales esas aguas habían probablemente pasado: territorios aún absolutamente desconocidos de la raza blanca y quizás ricos de las magníficas obras de Dios. Y sentí una excitación en el alma como nunca la había experimentado, y decidí, en secreto, que serían menester muchos obstáculos para impedirme navegar por ese noble río hasta más arriba de lo que habían alcanzado todos los precedentes exploradores.
En aquel momento, parecía animado de una energía más que humana. Y mi entusiasmo físico se hizo tan potente que me sentía apenas satisfecho de verme retenido en los estrechos límites de la embarcación. Deseaba encontrarme en la orilla con los Greely, y, saltando y corriendo por la pradera, dar libre curso a los sentimientos que me inspiraban.
Thornton compartía esos sentimientos en alto grado, demostraba el más vivo interés por nuestra expedición y admiraba los bellos espectáculos que nos rodeaban; tanto, que desde aquel instante sentí por él una simpatía singular. Jamás, en ningún período de mi vida, había experimentado con tal agudeza el deseo de tener un amigo con quien conversar libremente, sin riesgo de no ser comprendido. La pérdida de todos mis parientes, muertos tan rápidamente, me había afligido sin deprimirme; mi espíritu parecía buscar un alivio en la contemplación de las salvajes escenas de la Naturaleza: y de esas escenas, como de las reflexiones que provocaban, me era imposible, opinaba yo, gozar enteramente sin la compañía de alguien con quien comentarlas.
Thornton era precisamente un individuo cerca del cual yo podía verter lo que rebosaba de mi corazón, verter toda mi emoción extravagante sin temor del menor ridículo, y, es más, con la certeza de encontrar a un auditor tan apasionado como yo mismo. Jamás, ni antes ni después, encontré quien compartiera tan plenamente mis propias ideas acerca de los espectáculos de la naturaleza; y esa circunstancia bastó para unirnos en una sólida amistad. Durante toda la expedición, fuimos tan íntimos como lo hubieran podido ser dos hermanos, y no hice nada sin consultarle.
Pierre y yo éramos igualmente amigos, pero no existía entre nosotros el lazo de pensar en común, el más potente de los lazos mortales. Su naturaleza, aunque sensitiva, era demasiado versátil para comprender el devoto fervor de la mía.
Los incidentes de nuestro primer día de viaje no ofrecieron nada de notable, salvo que tuvimos alguna dificultad en llegar, hacia la caída de la noche, hasta la entrada de una gran caverna situada a la orilla sur del río. Esa caverna era de apariencia muy lúgubre cuando la costeábamos; estaba situada al pie de una escarpa alta de doscientos pies por lo menos, y se desplomaba sobre el río. No podíamos apreciar claramente su profundidad, pero tenía de unos dieciséis a diecisiete pies de alto, y cincuenta, por lo menos, de ancho. La corriente era, en aquel lugar, muy rápida, y como que la disposición del acantilado nos impedía halar, tuvimos, para avanzar, necesidad de los mayores esfuerzos. Llegamos, por fin, a obtener nuestro objeto colocándonos todos en la gran embarcación, salvo un hombre que se quedó en la piragua al ancla más abajo de la caverna. Y, remando todos juntos, condujimos la gran embarcación hasta más arriba del paso difícil, dando a medida cable a la piragua y remolcándola, una vez llegamos, con el mismo cable. Pasamos aquel día los ríos Bonhomme y Osage-Femme, con dos pequeñas caletas y varios islotes de mínimas dimensiones. Recorrimos unas veinticinco millas a pesar del viento contrario, y acampamos, por la noche, en la orilla norte, al pie de un raudal llamado Diablo.

4 de junio
Por la mañana, temprano, Frank y Poindexter Greely llegaron al campo con un gamo muy gordo, del que almorzamos alegremente; reemprendimos la marcha con entusiasmo. En el raudal del Diablo, la corriente se precipita con fuerza contra rocas salientes del lado sur que hacen incómoda la navegación. Un poco más arriba encontramos muchos bancos de arena movediza que nos incomodaron; allí las riberas se hunden continuamente, y ello, con el tiempo, ha de modificar el cauce de una manera considerable. A las ocho tuvimos un buen viento fresco del este, gracias al cual avanzamos rápidos; tanto, que por la noche habíamos hecho quizás treinta millas o más. Pasamos, al norte, el río Du Bois, una caleta llamada Charité y muchas islas pequeñas. El río crecía rápidamente cuando nos detuvimos, por la noche, bajo un bosquecillo de algodoneros, sin poder encontrar por los alrededores un terreno que nos conviniera para acampar. Hacía un tiempo magnífico y me sentía demasiado agitado para dormir. Es por lo que, pidiendo a Thornton que me acompañara, di un paseo por el campo y no volví hasta que se hizo de día. El resto de nuestro grupo ocupaba la cámara, que resultó ampliamente espaciosa para cinco o seis personas. Durante la noche fueron alarmados por un ruido extraño, sobre la cubierta, ruido del que no pudieron descubrir la causa: porque, cuando algunos se precipitaron afuera para darse cuenta, el perturbador había desaparecido. Según la relación que hicieron, concluí que debía ser un perro de indio que había olfateado nuestras provisiones frescas (el gamo de la víspera) y se esforzaba en robar una parte. De esta manera, me sentí perfectamente tranquilizado; pero la ocurrencia hizo resaltar el gran riesgo que corríamos no montando una guardia regular de noche, y se convino que se haría a partir de entonces.
Y habiendo dado así, en los mismos términos que M. Rodman, los incidentes de los dos primeros días del viaje, nos abstendremos de seguir a nuestro héroe minuciosamente en la subida del Missuri hasta la desembocadura del Platte, adonde llegó el diez de agosto.
El carácter del río en toda esa parte es tan conocido, ha sido descrito tan a menudo que toda relación nueva sería superflua. Y el Diario, para esta parte del viaje, casi no cita sino el aspecto físico de la región, con los incidentes ordinarios de la navegación y de la caza.
La tropa hizo tres altos diferentes con vistas a la colocación de trampas, pero sin gran éxito; y, a fin de cuentas, decidió avanzar más hacia dentro del país para emprender la busca sistemática de las pieles.
Para los dos meses que saltamos, no se mencionan sino dos acontecimientos importantes: uno de ellos, la muerte de un canadiense, Jacques Lanzanne, mordido por una serpiente de cascabel; el otro, el encuentro de una comisión española enviada para interceptar la tropa y hacerla volver hacia atrás. Pero el oficial que conducía el destacamento se interesó tanto por la empresa y puso tanta simpatía en M. Rodman que nuestros viajeros pudieron continuar con toda libertad.
Numerosos pequeños grupos de indios de Osage y de Kansas vinieron a veces a vagabundear alrededor de las embarcaciones, pero no mostraron la menor hostilidad.
 (Dejamos, pues, por ahora, a los viajeros en la desembocadura del río Platte, el 10 de agosto de 1791, reducidos al número de catorce.)

Capítulo III

(Habiendo llegado a la desembocadura del Platte, nuestros viajeros acamparon durante tres días, que ocuparon en secar y airear sus mercancías y provisiones, confeccionando nuevos remos y perchas y reparando la canoa de cortezas, que había sufrido averías. Los cazadores trajeron caza en abundancia, en cantidad tal como para abarrotar las embarcaciones. Se encontraban tantos ciervos como se quería; los pavos rollizos pululaban. Además, los viajeros se regalaban con muchas clases de pescados, y encontraron, a una pequeña distancia de la orilla, una especie exquisita de uva salvaje. No habían visto indios desde hacía más de quince días, porque era la estación de las cacerías y estaban, sin duda, por las praderas ocupados en cazar búfalos. Después de haber descansado perfectamente, la tropa levantó el campo y continuó subiendo por el Missuri. Continuamos el texto del Diario.)

14 de agosto
Nos pusimos en camino con una deliciosa brisa del sureste y avanzamos a lo largo de la orilla sur, aprovechando los remolinos, y navegando a gran velocidad, a pesar de la corriente que, en medio, era extraordinariamente crecida y violenta.
Al mediodía, nos detuvimos para examinar unos curiosos montículos de formas y dimensiones varias, todos constituidos de barro y arena, y de los cuales, los más elevados eran los más cercanos al río. No puede decidir si aquellas eminencias eran de origen natural o artificial. Hubiera creído que eran hechas por los indios, a no ser el aspecto general del suelo, que parecía haber sufrido una violenta acción de las aguas. Permanecimos en aquel lugar el resto del día, habiendo franqueado la distancia total de veinte millas.
15 de agosto
Hoy hemos tenido un viento contrario, fuerte y desagradable. No hicimos sino quince millas, con gran esfuerzo, y acampamos por la noche al pie de un acantilado de la orilla norte, el primero que encontramos en aquella orilla desde el río Nodaway. Por la noche llovió a cántaros, y los Greely entraron sus caballos y se refugiaran en la cámara. Robert atravesó el río a nado en su caballo y volvió a la orilla sur en canoa a buscar a Meredith. Parecía no dar ninguna importancia a esa doble proeza, aunque la noche fuese una de las más oscuras y de las más tempestuosas que yo había visto jamás, y a pesar de la crecida del río. Permanecimos todos sentados en la cámara, cómodamente, porque el tiempo era fresco, y Thornton nos mantuvo mucho tiempo despiertos contándonos una tras otra sus aventuras con los indios del Mississipi. Su gran perro parecía escuchar con una atención profunda y no perder ni una palabra. Cada vez que refería una historia particularmente increíble, Thornton tomaba gravemente por testigo a la bestia:
Nep —decía—, ¿te acuerdas de aquel tiempo?
O bien:
Nep puede jurar que es verdad. ¿No es cierto, Nep?
Entonces Nep movía sus ojos, sacaba una lengua monstruosa y balanceaba la cabeza como para decir:
—¡Oh, es tan cierto como la misma Biblia!
Y aunque sabíamos que era ése un juego aprendido por el perro, no podíamos por menos que reírnos a carcajadas cada vez que Thornton apelaba a él.

16 de agosto
Esta mañana temprano cruzamos una isla y una caleta de cerca de quince yardas de ancho; luego, doce millas más arriba, una gran isla situada en medio del río. Estábamos entonces, en general, rodeados de altas praderas, con, al norte, colinas arboladas, y, al sur, terreno bajo cubierto de algodoneros. El río era en extremo tortuoso, pero menos rápido que más acá del Platte. En suma, se encuentran menos árboles que antes; los que se encuentran son, sobre todo, el olmo, el algodón, el nogal Hickary, el nogal ordinario y, a veces, el roble.
Viento fuerte casi todo el día; gracias a lo cual y a los remolinos recorrimos veinticinco millas antes de la noche. Sentamos nuestro campamento al sur, en una gran llanura cubierta de hierbas altas, en la que había numerosos ciruelos y groselleros. Detrás de nosotros se erguía una colina empinada cubierta de árboles; después de haberla escalado descubrimos otra pradera que se extendía hasta una distancia, de cerca de una milla, y limitada en su otro extremo por una colina arbolada totalmente igual, después de la cual venía también una vasta pradera que se prolongaba hasta perderse de vista.
Desde los acantilados situados justo encima de nosotros, pudimos contemplar una de las más bellas perspectivas del mundo.

17 de agosto
Permanecimos todo el día en el campo ocupándonos en diversos trabajos.
Acompañado por Thornton y su perro, me fui a cierta distancia hacia el sur y me encantó la voluptuosa belleza de aquella región. Las praderas sobrepujaban, por su esplendor, a todo cuanto, se ha dicho en los cuentos de Las mil y una noches. En las orillas de las caletas brotaban las flores en masas caprichosas; parecía que fuesen obra del arte y no de la naturaleza, de tal manera sus brillantes colores se armonizaban en una fantástica profusión. Sus ricos perfumes eran casi agobiantes. De vez en cuando, encontrábamos árboles que formaban una especie de isla verde en medio del océano de flores purpúreas, azules, anaranjadas o carmesíes que ondulaban en el viento. Esas islas eran de nobles robles forestales a cuya sombra la hierba parecía un terciopelo verde de los más suaves, y por cuyos troncos enormes trepaban, generalmente en abundancia, parras cargadas de deliciosos racimos maduros. A lo lejos, el Missuri presentaba el más majestuoso aspecto; y más de una de las verdaderas islas diseminadas en su curso estaban totalmente cubiertas de matorrales de ciruelos y de otros arbustos, salvo donde senderos estrechos y complicados las atravesaban en diversos sentidos, como las avenidas en un jardín inglés. Y por esas avenidas podíamos divisar alces y antílopes que, sin duda, las habían abierto.
A la puesta, del sol, volvimos al campamento, encantados de nuestra excursión. La noche era calurosa, y nos incomodaron mucho los mosquitos.

18 de agosto
Hoy hemos atravesado una parte estrecha del río que no tenía más que doscientos pies de anchura, con un canal rápido, muy obstruido por las maderas flotantes.
La embarcación grande ha chocado con un tronco sumergido; se ha llenado de agua a medias antes de que hayamos podido zafarla del peligro. Nos ha sido necesario detenernos e inspeccionar nuestro material. Una parte de las galletas está estropeada, pero no la pólvora.
Nos quedamos allí todo el día, no habiendo recorrido más de cinco millas.

19 de agosto
Partimos de madrugada y anduvimos maravillosamente. El tiempo era fresco y nublado; hacia el mediodía, tuvimos un fuerte chaparrón. Cruzamos al sur una caleta cuya entrada estaba casi disimulada por una gran isla de arena, de apariencia muy singular. Avanzamos todavía quince millas más. Las alturas estaban entonces alejadas del río y separadas por una distancia de diez a veinte millas. Al norte, hay una cantidad de hermosos árboles, pero no se ve ninguno del lado del sur. Cerca del río se encuentran magníficas praderas y, a lo largo de la orilla, descubrimos cuatro o cinco especies diferentes de uvas, todas buenas al gusto y muy maduras; una de ellas era una uva grande, purpúrea, de calidad excelente.
Los cazadores volvieron al campo, por la noche, de una y otra ribera, y nos trajeron tanta caza que no supimos qué hacer de ella: urogallos, pavos, dos ciervos, un antílope y muchos pájaros amarillos, con las alas rayadas de negro, que se encontraron deliciosos al comerlos.
Hicimos ese día unas veinte millas.

20 de agosto
El río, esta mañana, está lleno de médanos y otros obstáculos; pero avanzamos valientemente, y llegamos, antes de la noche, a la entrada de un riachuelo bastante ancho, a veinte millas casi de nuestro última campamento, con la resolución de quedarnos cuatro o cinco días para cazar en trampas a los castores, porque veíamos huellas de ellos por las cercanías. Esa isla era una de las regiones más maravillosas de aspecto que pudieran soñarse, y llenó mi alma de las más nuevas y más encantadoras emociones. Todo el paisaje, más que una realidad positiva, parecía lo que yo soñaba cuando era niño. Las orillas descendían hasta el agua en pendientes muy suaves; un césped corto y fino, de un verde brillante, las alfombraba; permanecía visible bajo la superficie de las aguas casi, a cierta distancia del borde, sobre toda del lado norte, donde el límpido riachuelo se vertía en el río. Alrededor de la isla, cuya superficie parecía alcanzar unos veinte acres, había una bordura no interrumpida de algodones, con sus troncos cargados de vides en plena fructificación y tan estrechamente enlazados que apenas podíamos entrever el río a través del follaje. En el interior de ese cinturón, la hierba era un poco más alta, menos fina, con una raya blanca o amarillo pálido en medio de cada brizna; exhalaba un perfume notablemente exquisito, análogo al de la vainilla, pero mucho más fuerte y que impregnaba la atmósfera toda. La hierba olorosa común en Inglaterra es, sin duda, del mismo género, pero muy inferior tanto en belleza como en perfume. En todas direcciones se contaban por miríadas las flores más brillantes, en pleno desarrollo, y la mayoría de ellas deliciosamente olorosas; las había azules, de un blanco inmaculado, de amarillo vivo, purpúreas, carmesíes, de un rojo brillante, con pétalos abigarrados como los de los tulipanes. Aquí y acullá, crecían bosquecillos de cerezos o de ciruelos, y numerosos senderos abiertos por los alces y los antílopes contorneaban la isla. Casi en el centro brotaba, de un grupo de rocas escarpadas y enteramente cubiertas de musgo y de vides en flor, una fuente de agua dulce y clara. El conjunto parecía de manera maravillosa un jardín artificial, pero era infinitamente más bello; se hubiese dicho mejor una de esas escenas encantadas que describen los libros antiguos. Estábamos todos encantados del lugar y montamos nuestro campo con una alegría sin límites en medio de aquel retiro de dulzuras.

(Los viajeros permanecieron allí una semana y durante ese tiempo exploraron los alrededores del lado norte en muchas direcciones, procurándose algunas pieles a lo largo del riachuelo indicado. El tiempo era hermoso, y su felicidad fue completa en aquel Paraíso Terrenal. Sin embargo, M. Rodman no omitió ninguna de las precauciones necesarias: se colocaron centinelas cada noche, mientras todos se reunían en el campamento y se regocijaban. No habían conocido jamás antes tales fiestas y tales orgías; los canadienses mostraron ser los hombres más alegres del mundo en materia de canciones. No hacían sino comer, beber, bailar, cantar a voz en grito villancicos de Francia. Durante el día tenían por principal ocupación la de guardar el campamento, mientras que los exploradores más serios cazaban o montaban los cepos lejos.
En una de esas expediciones, M. Rodman encontró una excelente ocasión de observar las costumbres del castor; y lo que él dice de ese animal singular tiene mucho interés, tanto más cuanto que su descripción se aparta materialmente, en algunos puntos, de lo que otros han referido.
Acompañado, como de costumbre, por Thornton y su perro, subió hasta las fuentes de un riachuelo, en las alturas, a unas diez millas del río. Llegaron a un punto en que los castores habían construido una gran charca cerrando el paso al riachuelo. En una de las extremidades de ese pantano se divisaba un denso bosque de salces, algunos de los cuales se desplomaban en el agua en un lugar donde aparecían muchos castores. Nuestros paseantes se deslizaron con precaución hasta aquel bosque y, haciendo que Neptuno se echara a cierta, distancia, lograron trepar, sin ser notados, a un gran árbol de follaje espeso, desde donde pudieron contemplar de cerca lo que sucedía. Los castores estaban reparando una parte de su dique y todos sus movimientos eran fáciles de observar. Uno tras otro, los arquitectos se acercaron al borde del pantano; cada uno llevaba en la boca una ramita que fue a colocar en el dique, atravesada, en el punto en que había cedido. Luego se sumergía incontinente, y unos segundos más tarde reaparecía llevando una cantidad de barro espeso, que empezaba por apretar de manera que sacara la mayor cantidad posible de agua, después de lo cual la aplicaba, ayudándose con sus patas y con su cola (de la que se servía como de una llana) a la rama que acababa de poner en la brecha. Después desaparecía entre los árboles; y otro miembro de la comunidad le sucedía, realizando, a su vez, el mismo trabajo.
De esta manera el daño acontecido en el dique estaba en vías de ser reparado pronto. M. Rodman y Thornton observaron la marcha de los trabajos durante dos buenas horas, y atestiguan la notable habilidad de los artesanos. No obstante, así que un castor se iba del borde del pantano para ir a buscar una rama, desaparecía entre los salces, con gran descontento de los observadores que deseaban ver la continuación de sus maniobras. Pero trepando un poco más hacia arriba por el árbol obtuvieron satisfacción. Un pequeño sicómoro había sido derribado, al parecer, y yacía completamente despojado de todas sus ramitas; algunos castores estaban todavía ocupados en desprender, royéndolas, las que quedaban y en llevarlas al dique. Durante ese tiempo, un gran número de animales rodeaba un árbol mucho más viejo y mayor, que estaban muy ocupados en derribar. Eran unos cincuenta a sesenta alrededor del tronco, y seis o siete de entre ellos trabajaban a la vez; cada uno se detenía cuando estaba fatigado y otro le sustituía inmediatamente. Cuando nuestros paseantes vieron el sicómoro, el tronco estaba ya profundamente decentado, pero sólo del lado del pantano en cuya orilla crecía. El corte tenía casi un pie de anchura, y una hacha no lo hubiese hecho tan neto; al pie del árbol, el suelo estaba cubierto de virutas delgadas parecidas a pajas, separadas, roídas y abandonadas; porque parece que los castores sólo se alimentan con las cortezas y no con la madera.
Durante su trabajo, algunos se sentaban sobre sus patas traseras, como hacen las ardillas, y roían la madera, con las patas delanteras apoyadas en el borde del corte y sus cabezas muy hundidas en la abertura. Dos de entre ellos se habían colocado en el interior del corte y, tendidos, trabajaban con gran ardor durante algunos momentos, después de lo cual otros les relevaban.
Aunque la posición de nuestros viajeros fuese de las más incómodas, tenían tanta curiosidad de asistir a la caída del sicómoro que permanecieron resueltamente en su sitio hasta la puesta de sol, o sea durante ocho horas. Su principal dificultad fue la de impedir que Neptuno se zambullera en el pantano en persecución de los albañiles que reparaban el dique. El ruido que hacía, más de una vez turbó a los que, roían el árbol, que se estremecían como movidos por un común instinto, y, atentamente, escuchaban durante muchos minutos. Pero, como que la noche avanzaba, el perro cesó de agitarse y se echó; los castores continuaban su trabajo sin interrumpirlo más.
En el momento preciso en que empezó la puesta de sol, se produjo un movimiento súbito entre los cortadores de madera que saltaron lejos del árbol y se fueron hacia el lado que no habían atacado. Y, un instante después, el árbol se inclinó gradualmente hacia el lado roído, hasta que los labios del corte se tocaron; pero no cayó todavía, porque estaba mantenido por la corteza intacta. Esta, vivamente atacada por tantos castores como pudieron encontrar sitio en la tarea, pronto se vio cortada. Y entonces, el gran árbol, al cual le había sido dada tan ingeniosamente la inclinación apropiada, cayó con un ruido formidable, tendiendo una parte de sus ramas superiores por encima de la superficie del pantano. Hecho esto, la comunidad entera pareció juzgar que merecía asueto: cesando de golpe todo trabajo, los castores empezaron a perseguirse unos a otros en el agua, sumergiéndose y chapaleando con sus colas.
La descripción hecha aquí del método que emplea el castor para abatir los árboles es la más detallada que conocemos, y parece decisiva desde el punto de vista de saber si los actos de aquel animal son calculados.
La intención de hacer caer al árbol en la dirección del agua parece aquí manifiesta. El capitán Bonneville, como se recordará, discute en ese punto la sagacidad del animal y cree que éste no tiene otro propósito que el de hacer caer el árbol sin calcular sutilmente el modo de la caída. Estima que esa sagacidad no le ha sido atribuida sino porque de hecho, en general, los árboles que crecen cerca de las orillas tienen el tronco inclinado hacia el agua, o bien las ramas principales dirigidas hacia el mismo lado, adonde las atrae la luz, el espacio y el aire más abundantes. El castor, dice, ataca naturalmente a esos árboles, que son los que están más a su alcance en los bordes del curso de agua o del estanque; y, una vez cortados, los árboles caen naturalmente hacia el lado del agua.
Es oportuna esa observación; pero no demuestra la ausencia de cálculo en el castor, cuya sagacidad, a fin de cuentas, es mucho menor que la que se ha, positivamente, reconocido a muchas clases de animales inferiores —infinitamente por debajo de la hormiga león, de la abeja, de los políperos—. Es probable que si dos árboles se ofrecen a la elección del castor, el uno inclinado sobre el agua y el otro no, desestimaría como superfluas, abatiendo el primero, las precauciones descritas antes, pero las observaría al abatir el segundo.
En una parte ulterior del Diario se dan otros detalles acerca de las costumbres de ese singular animal y de los medios de cazarlo con trampas que emplearon nuestros cazadores; los damos aquí para mayor coherencia. El principal alimento de los castores son las cortezas; acumulan grandes provisiones de ellas para el invierno, escogiendo con cuidado y método las especies convenientes. Una tribu entera, que comprende a veces de dos a trescientas cabezas, partirá para abastecerse en grupo y pasará por bosques enteros de árboles todos parecidos hasta que encuentran uno a su fantasía. Lo derriban entonces y le quitan las ramas más tiernas, que dividen en pequeñas briznas de dimensiones iguales; despojan esas briznas de su corteza, que llevan al riachuelo más cercano que fluye hacia su aldea para que flote hasta su destino. A veces, las briznas las guardan en reserva para el invierno, sin descortezarlas; y, en ese caso, los castores tienen cuidado de sacar de sus viviendas los desechos de madera, que llevan a cierta distancia en cuanto se han comido la corteza.
Durante la primavera, los machos no permanecen jamás en la aldea de la tribu, pero se encuentran, ya sea solos, ya reunidos dos o tres; parece que entonces pierden sus hábitos propios de sagacidad y ofrecen una presa fácil al arte del cazador con trampas. En verano, vuelven a la aldea y se ocupan, con las hembras, en acumular las provisiones para el invierno. Se les describe como muy feroces una vez irritados.
Algunas veces se les puede capturar en la, orilla, sobre todo en primavera, cuando los machos, que gustan de vagar algo lejos del agua, buscan su sustento. Cuando se les sor prende así, es fácil abatirles de un bastonazo; pero el método más seguro y el más eficaz de capturarles es la trampa. Esta se construye simplemente de manera que coja al animal por la pata. El cazador la coloca ordinariamente en algún lugar cercano de la orilla y justo bajo la superficie del agua, después de haberla atado con una cadenita a una estaca hundida en el barro. Entre las mandíbulas del cepo se coloca el extremo de una ramita cuyo otro extremo emerge y ha sido bien untado con el cebo líquido cuyo olor es sabido que al castor le gusta. Así que el animal lo huele, va a frotar su hocico contra la rama, y haciendo eso anda sobre el cepo, la dispara y se encuentra cogido. El cepo se hace muy ligero, de manera que sea fácilmente transportable, y la presa lo arrastraría fácilmente nadando si no fuese por la cadena que lo retiene sujeto; ninguna otra atadura resistiría a los dientes del castor. El cazador experto reconoce enseguida la presencia del castor en un estanque o un curso de agua; la descubre por mil indicios que no proporcionarían ni la menor indicación a un observador sin experiencia.
Muchos de los mismos leñadores que los viajeros, desde su salce, habían considerado con tanta atención, cayeron ulteriormente víctimas de los cepos; y sus hermosas pieles fueron presa de los cazadores, que hicieron una gran carnicería en las madrigueras del pantano. Otras aguas de las cercanías no se mostraron menos propicias a la tropa que, mucho tiempo, recordó esa isla, en la desembocadura del riachuelo, con el nombre justificado de la Isla de los Castores:
Dejaron ese pequeño paraíso el veintisiete del mes, y, llenos de entusiasmo, prosiguieron su viaje, poco agitado hasta entonces.
El primero de septiembre llegaron, sin incidente notorio, a la desembocadura de un río procedente del sur, que llamaron Río de los Groselleros, porque en sus orillas crecían numerosos árboles frutales, pero que en realidad era, según parece, el Quicourre. Los principales asuntos que menciona la parte del Diario relativa a este período son los numerosos rebaños de búfalos que, en todas direcciones, oscurecían la pradera, y las ruinas de una fortaleza situada en la orilla sur del río, casi delante de la extremidad superior de la isla llamada después Isla Bonhomme. Da de esas ruinas una minuciosa descripción que concuerda, en cuanto a los puntos importantes, con la de los capitanes Lewis y Clarke.
Los viajeros habían pasado los ríos Petit-Scout, Pierre-Blanche y Jacques, al norte, así como el riachuelo Wawandysenche y el río de la Pintura Blanca al sur, pero no hicieron alto de ninguna duración para tender sus trampas cerca de dichos cursas de agua.
Habían también pasado la gran aldea de los Omahas, que el Diario no menciona en absoluto. Esa aldea, entonces, comprendía más de trescientas habitaciones en las que vivía una tribu numerosa y potente. Pero no se encuentra en los bordes mismos del Missuri, y las embarcaciones la pasaron sin duda de noche; porque la tropa habría empezado a adoptar esa manera de proceder por miedo de los Siux.
Volvemos a tomar la narración de M. Rodman a partir del día dos de septiembre.)

2 de septiembre
Habíamos llegado a la parte del río donde, se nos dijo, podíamos ser atacados por los indios.
Nos volvimos circunspectos en nuestras disposiciones. Nos hallábamos en el país habitado por los Siux, tribu guerrera y cruel que, en varias ocasiones, había demostrado su odio a los blancos y que estaba constantemente en lucha con sus vecinos.
Los canadienses tenían mucho que contar acerca de la barbarie de esos salvajes y yo temía enormemente que esos cobardes aprovecharían la primera ocasión para desertar y volver al Mississipi. Para disminuir las posibilidades de fuga sustituí a uno de ellos que iba en la piragua por Poindexter Greely y tomé al canadiense conmigo en la gran embarcación. Todos los Greely vinieron a bordo y dejaron en libertad a los caballos. He aquí cómo íbamos repartidos: En la piragua, Poindexter Greely, Tobie, un canadiense y Pierre Junot. En la embarcación grande, Thornton y su perro Neptuno, el Profeta, John, Frank, Robert, Meredith Greely, tres canadienses y yo.
Nos hicimos a la vela a la caída de la tarde, y como teníamos un buen viento del sur avanzamos rápidamente. No obstante, a primeras horas de la noche, los bajos fondos de arenas movedizas nos incomodaron mucho. Pudimos avanzar sin interrupción hasta que apuntó el día y en ese momento nos refugiamos en la desembocadura de un riachuelo y ocultamos las embarcaciones debajo de los follajes de la orilla.

3 y 4 de septiembre
Durante estos dos días ha llovido y venteado con tan gran violencia que no hemos salido de nuestro retiro. El mal tiempo abatió nuestro ánimo en extremo y las narraciones de los canadienses acerca de los terribles Siux no eran para tranquilizarnos. Nos reunimos todos en la cámara de la gran embarcación y tuvimos consejo para decidir qué teníamos que hacer. Los Greely opinaban que fuéramos osadamente hacia delante a través de la región peligrosa; sostenían que las historias de los canadienses eran puras exageraciones, y que los Siux se limitarían a molestarnos sin llegar a atacarnos francamente. Wormley y Thornton, por lo contrario, así como Pierre Junot (que tenían los tres una gran experiencia del carácter indio) estimaban que nuestra táctica actual era la mejor, aunque nos obligaría a ir más despacio. Yo compartía en absoluto su opinión; continuando nuestro viaje de noche, teníamos probabilidades de evitar una colisión con los Siux, y en cuanto al retraso, no le atribuía importancia alguna.

5 de septiembre
Partimos de noche y habíamos recorrido unas diez millas al alba. Ocultamos las embarcaciones como la víspera, en una angosta caleta que nos convino porque estaba casi cerrada por una isla cubierta de arbolado. Volvió a llover furiosamente; nos calamos hasta la piel antes de haberlo puesto todo en orden y de retirarnos a la cámara.
Perdíamos ánimo con el mal tiempo, y los canadienses en particular estaban lamentablemente desmoralizados. Habíamos llegado a una angostura del río y la corriente era impetuosa. Las orillas de ambos lados eran escarpadas y espesamente cubiertas de robles, de nogales, de castaños y de fresnos. A través de esa garganta, sabíamos que nos sería, extremadamente difícil pasar inadvertidos, ni aun de noche, y aumentaron nuestros temores de que nos atacaran. Decidimos no proseguir nuestro viaje antes de la tarde y avanzar lo más furtivamente posible. Entretanto, pusimos un centinela en la piragua y otro en la orilla, y nos ocupamos de inspeccionar las armas y las municiones para estar preparados a lo peor que pudiera acontecernos.
Hacia las diez, nos disponíamos a partir, cuando el perro de Thornton lanzó un gruñido sordo que hizo que todos empuñáramos nuestras carabinas.
La causa de esa alerta fue un indio de la tribu de los Pencas que vino abiertamente hacia nuestro centinela de la orilla con la mano tendida. Le llevamos a bordo y le ofrecimos whisky. Se hizo muy comunicativo. Nos dijo que su tribu, que vivía algunas millas más abajo, vigilaba nuestros movimientos desde hacía varios días, pero que los Poncas eran amigos nuestros y no molestarían a los blancos. Cuando volviéramos, harían negocios con nosotros. Le habían enviado para que los rostros pálidos se guardaran de los Siux, que eran muy ladrones, y nos esperaban emboscados, a 20 millas más arriba, en un recodo del río. Había allí tres bandas de Siux, dijo, y su intención era matarnos para vengar un insulto que hace muchos años hizo a uno de sus jefes un cazador francés.

Capítulo IV

 (Dejamos a nuestros exploradores, el 5 de septiembre, con el temor de un ataque inmediato de los Siux. Las descripciones exageradas de la ferocidad de esa tribu habían dado a la tropa el vivo deseo de evitarlos, pero el informe del bravo ponca mostró que un encuentro era fatal.
Los viajes nocturnos fueron, pues, abandonados, como poco políticos, y se decidió obrar con audacia y fanfarronería.
Lo restante de la noche del 5 se empleó en demostraciones bélicas. La gran embarcación, en la medida de lo posible, fue puesta en pie de guerra y se trató de tomar el aspecto más feroz que permitiera la situación. Entre otros preparativos de defensa, el cañón fue izado sobre cubierta y colocado en la proa, con una carga de balas de fusil a guisa de metralla. Justo antes de la salida del sol, los viajeros partieron a la bravata, impelidos por un fuerte viento. A fin de que el enemigo no se diera cuenta de ninguna aparición de desconfianza o de miedo, la tropa entera se asoció a los canadienses para aullar a plena voz una ruidosa canción de marineros, haciendo resonar los bosques y mirar a los búfalos fijamente.
Los Siux, en suma, parecen haber sido el espantajo por excelencia de M. Rodman: y él insiste acerca de ellos y de sus hazañas de una manera particular. La narración comprende una descripción detallada de la tribu, descripción que no podemos seguir sino en lo que ella aporta de elementos nuevos o de gran interés.
Sioux es el nombre con que los franceses designan a esos indios. Los ingleses lo han convertido en Sues. Su nombre primitivo parece que es Dakotas. En su origen, residían en las orillas del Mississipi; pero habían extendido sus territorios y, en la fecha del Diario, ocupaban casi enteramente la vasta comarca circunscrita por el Missuri y el río Rojo del lago Winnipeg. Estaban subdivididos en numerosos clanes. Los Dakotas propiamente dichos o Winowacants, llamados «Gente del Lago» por los franceses, comprendían unos quinientos guerreros y habitaban en ambas riberas del Mississipi, en las cercanías de las cascadas de San Antonio. Los Wappatomies, en número de cerca de doscientos guerreros, eran vecinos de los Winowacants y residían más hacia el norte, junto al río de San Pedro. Más arriba aún, junto al mismo río, vivía una banda de cien hombres que se daban el nombre de Wappytooties, y que los franceses designaban con el de «Gente de las Hojas». En fin, cerca de las fuentes del San Pedro se encontraban los Sissytoonies, en número de unos doscientos. En el Missuri habitaban los Yanktons y los Tetons. La primera tribu comprendía dos ramas, septentrional y meridional, la primera de las cuales vivía a la manera de los árabes en las llanuras donde nacen los ríos Rojo, Siux y Jacques y contaba aproximadamente quinientos hombres. La segunda ocupaba la región comprendida entre el río de los Monjes por una parte y los ríos Jacques y Siux por la otra. Pero los Siux más temidos por sus actos de violencia son los Tetons, y éstos comprenden cuatro tribus: los Saomés, los Minnakenozzies, los Okydandies y los Bosques Quemados. Estos últimos, de los cuales una parte emboscada se disponía a detener a los viajeros, eran los más salvajes y los más formidables de la raza entera. Vivían en número de unos doscientos en ambas orillas del Missuri, cerca de los ríos que los capitanes Lewis y Clarke denominaron Tetón y Blanco. Justo río abajo del Vhayenne estaban los quinientos Okydandies. Los Minnakenozzies —doscientos cincuenta— ocupaban un territorio entre el Cheyenne y el Watarhoo; los Saonies, la más importante de las bandas Tetonas, que no comprendía menos de trescientos guerreros, vivían en las cercanías de Warreconne.
Además de esas cuatro divisiones —los verdaderos Siux— existían cinco tribus de disidentes llamados Assiniboins: doscientos Assiniboins Menatopé, en el río del Ratón, entre el Assiniboin y el Missuri; doscientos Assiniboins, Gente de Hojas, en ambas orillas del río Blanco; cuatrocientos cincuenta Grandes Diablos, vagando por los alrededores de los ríos Puerco-Espín y de la Leche; y, en fin, otras bandas cuyos nombres no se citan pero que recorrían las orillas del Saskatchawine y comprendían, en conjunto, unos setecientos guerreros. Esos disidentes estaban con frecuencia en guerra con los Siux propiamente dichos, de los cuales descendían.
Físicamente, los Siux son, en general, una raza fea y mal hecha. Tienen los miembros muy pequeños, demasiado, para el tronco según nuestros cánones de la forma humana. Sus pómulos son altos, sus ojos saltones y empañados. Los hombres llevan la cabeza afeitada, salvo en la coronilla, de la que pende hasta sobre los hombros un largo mechón trenzado. Ese mechón lo cuidan escrupulosamente, pero, a veces lo cortan en ciertas circunstancias solemnes o tristes. Un jefe Siux vestido de gala ofrece un aspecto sorprendente. Su cuerpo todo está embadurnado de grasa o de carbón. Lleva una camisa de cuero que le llega hasta la cintura, a cuyo alrededor se enrolla un cinturón, también de cuero, pero, a veces, de paño, ancho de cerca de una pulgada. Ese cinturón sostiene un pedazo de ropa de lana o de piel pasado entre los muslos. Encima de los hombros se echan un manto de búfalo que se lleva con el pelo hacia adentro cuando hace buen tiempo, pero con el pelo hacia afuera cuando llueve. Esa prenda de vestir es bastante ancha para envolver a todo el cuerpo y lleva a menudo como ornamento espinas de puerco espín (que hacen un ruido de carraca cuando el guerrero se mueve) y una gran variedad de figuras pintadas groseramente, que simbolizan el carácter militar del que la lleva. En la coronilla llevan plantada una pluma de halcón adornada con espinas de puerco espín. Como pantalones visten polainas de piel de antílope con anchas costuras de cerca de dos pulgadas a cada lado, y pequeños mechones de pelo humano, trofeos de alguna expedición de escalpaje. Los mocasines son de piel de alce o de búfalo, y se llevan con el pelo hacia adentro. En ciertas ocasiones especiales se ve bambolear en cada uno de los talones de los jefes una piel de garduña. Los Siux aprecian mucho a ese animal infecto y buscan su piel para sus petacas y otros accesorios.
El vestido de las mujeres de los jefes es también notable. Llevan los cabellos largos, partidos en la frente y colgando sueltos hacia atrás, a menos que los lleven reunidos en una especie de redecilla. Sus mocasines no difieren de los de sus maridos; pero sus polainas no suben más arriba de las rodillas y van cubiertas con una incómoda camisa de piel de alce que les cuelga hasta las piernas, sostenida por un cordel cruzado sobre los hombros. Esa camisa suele ir ceñida al talle por un cinturón y, encima de ella, se ponen un manto de búfalo igual que el de los hombres. Las tiendas de los Siux Tetons son de construcción minuciosa, hechas con pieles de búfalo, sólidas y montadas con estacas.
La región infestada por esa tribu se extiende en una longitud de más de ciento cincuenta millas por las orillas del Missuri. Comprende, sobre todo, praderas; pero en algunos lugares la cubren colinas que ofrecen gargantas y quebradas profundas, secas en medio del verano, que sirven de cauce, en la estación de las lluvias, a torrentes impetuosos. Los bordes, en la cima como en la base, están cairelados de bosques densos, pero el país ofrece el aspecto general de una tierra baja y denudada, cubierta de hierba densa, sin árboles. El terreno está muy impregnado de sustancias minerales de diversas clases, especialmente de sulfato de sosa, de caparrosa, de azufre y de alumbre que tiñen el agua, del río y le dan un olor y un gusto nauseabundos. Los animales más comunes son el búfalo, el ciervo, el alce y el antílope. Proseguimos con el texto del Diario.)

6 de septiembre
La región era despejada y el tiempo notablemente hermoso, de suerte que, a pesar de la espera de un próximo ataque teníamos bastante buen humor. Hasta entonces no habíamos divisado ni la sombra de un indio y avanzábamos rápidamente a través de su terrible territorio. Sabía muy bien la, táctica de los salvajes para no suponer que estábamos vigilados de cerca. Tenía la convicción de que oiríamos hablar de los Tetons en el primer desfiladero que les ofreciera.
Hacia el mediodía, uno de los canadienses se puso a vocear «¡Los Siux! ¡Los Siux!», y señalaba con el dedo una quebrada, larga y estrecha que cortaba la pradera a nuestra izquierda y se extendía, perpendicularmente, a la orilla hacia el sur, hasta perderse de vista. Esa quebrada era la cuenca de un pequeño afluente, cuyos flancos se erguían como enormes y verdaderas murallas. Por medio de un catalejo vi enseguida la causa de la alarma del canadiense. Una importante banda de Siux descendía por la, garganta en fila india y trataba de disimularse lo mejor que podía. Pero las plumas de su peinado les delataban porque, a cada instante, veíamos alguna que sobrepasaba los bordes de la quebrada cuando algún accidente del terreno obligaba a los guerreros a subir más alto. Por las oscilaciones de las plumas adivinamos que los Siux iban a caballo. La banda venía hacia nosotros con una gran rapidez. Di orden de remar con fuerza para pasar antes que ellos por el lugar donde la quebrada desembocaba en el río. Así que los indios se dieron cuenta de que nuestra velocidad aumentaba, lanzaron un gran grito, salieron de la quebrada y, en número de un centenar, galoparon hacia nosotros.
Nuestra situación era alarmante. En casi ninguno de los lugares por donde habíamos pasado aquel día me había preocupado ni poco ni mucho de aquellos devastadores. Pero precisamente allí donde nos encontrábamos las orillas eran escarpadas y altas como los bordes de un desfiladero. De manera que los salvajes se hallaban en situación de podernos agobiar al paso que nuestro cañón, con el que tanto habíamos contado, no podía apuntarse contra ellos. Y para añadir dificultades a las de nuestra situación, la corriente en medio del río era tan rápida y agitada que no podíamos avanzar sino soltando nuestras armas y trabajando esforzadamente can los remos. El agua, hacia la orilla del norte, era muy baja, hasta para la piragua, y si nos decidíamos a avanzar teníamos que pasar a la distancia de una pedrada de la orilla izquierda, donde estaríamos completamente a merced de los Siux, pero podríamos emplear vigorosamente los bicheros ayudados por el viento y los remolinos. Si los salvajes nos hubiesen atacado en tal coyuntura, no sé cómo nos hubiésemos podido escapar de ellos. Todos iban bien armados con arcos, flechas, pequeños escudos redondos, y presentaban un aspecto en extremo noble y hasta pintoresco. Algunos jefes portaban lanzas adornadas con ricos estandartes y tenían un aspecto realmente elegante. El retrato adjuntado a continuación muestra al comandante en jefe de la partida que nos cortó el paso; se trata de un boceto realizado por Thornton en fechas no muy posteriores.


Nuestra buena fortuna o la gran estupidez de los indios, contra toda esperanza, nos sacó del peligro. Los salvajes, que habían galopado hasta el borde del acantilado que nos dominaba, lanzaron un nuevo grito y empezaron a hacer gestos cuyo significado comprendimos inmediatamente. Nos indicaban que nos detuviéramos y que fuéramos a tierra.
Esperaba ese requerimiento y decidí que sería prudente no acatarlo y seguir nuestra ruta. Esa actitud produjo un excelente efecto. Los indios se quedaron maravillosamente sorprendidos. No pudieron por nada del mundo comprender nuestra conducta y nos dirigieron miradas furibundas al ver que seguíamos remando sin responderles. Se hallaban en la más divertida estupefacción. Luego empezaron una conversación animada y, finalmente, no sabiendo qué hacer, dieron media vuelta hacia el sur y desaparecieron al galope, dejándonos tan sorprendidos como alegres por su partida.
Nos aprovechamos cuanto pudimos de esa suerte inesperada. Bogamos con todas nuestras fuerzas para salir de la región de las escarpas antes de que nuestros enemigos volvieran como preveíamos. Pero después de las dos les divisamos hacia el sur, que volvían en número mucho más considerable que antes. Llegaban a gran galope y pronto estuvieron en la orilla del río. Pero nuestra posición era ahora más ventajosa que antes, porque las orillas descendían en pendiente 'suave y no había en ellas árboles que pudieran proteger a los indios de nuestras balas. Además, la corriente no era muy rápida y podíamos mantenernos en medio del río.
La tropa Siux, al parecer, no se había ido sino para procurarse un intérprete, que apareció entonces montado en un gran caballo gris. Entró en el agua tan lejos como pudo su cabalgadura sin perder pie, y nos gritó en un francés defectuoso que nos detuviéramos y que fuéramos a tierra. A ése le hice responder por uno de los canadienses que, para complacer a nuestros amigos, los Siux, estábamos dispuestos a detenernos un momento y a conversar con ellos; pero que nos era imposible el desembarcar, porque no podíamos hacerlo sin disgustar a nuestra gran medicina (el canadiense, al decir eso señaló a nuestro cañón) que deseaba no interrumpir su viaje y a la cual no nos atrevíamos a desobedecer.
A esa respuesta, los indios empezaron otra vez sus cuchicheos agitados, gesticulando, y parecía que no sabían qué hacer.
Entretanto, se anclaron las embarcaciones en una situación favorable. Yo estaba decidido a combatir, si era necesario, y a dar a esos pillos una lección que les inspirara temores saludables para el porvenir. Pensé que era casi imposible quedar en buenos términos con esos Siux que, en el fondo de su alma, eran enemigos nuestros y no podían abstenerse de saquearnos y de asesinarnos sino por el respeto de nuestra fuerza. Si accedíamos a su petición de ir a tierra y si llegábamos a adquirir una seguridad momentánea valiéndose de regalos y de concesiones, tal conducta, finalmente, no nos sería ventajosa. Sería más un paliativo que una cura radical de nuestros males. Seguramente que, los indios tratarían de saciar en nosotros su crueldad, tarde o temprano. Si nos dejaban partir ahora, nos atacarían más lejos, en un lugar desfavorable, donde no podríamos sino repelerles apenas, sin inspirarles ningún temor. Por el contrario, situados como estábamos podíamos infligirles una lección de la que se acordarían; y podríamos muy bien no volvernos a encontrar, en el caso de otra agresión, en una posición tan buena. Pensando así, y todos, salvo los canadienses, opinaban como yo, me determiné a tomar una actitud atrevida y a provocar las hostilidades en vez de evitarlas. Era lo que debíamos hacer. Los salvajes no tenían armas de fuego salvo un fusil viejo que llevaba uno de los jefes. Sus flechas no debían ser muy eficaces dada la gran distancia que nos separaba. En cuanto a su número nos preocupaba poco: su posición era tal que les exponía al fuego de nuestro cañón.
Cuando Jules (el canadiense) acabó su discurso acerca de las disposiciones de ánimo de nuestra gran medicina, y cuando la agitación de los indios se hubo calmado un poco, el intérprete habló otra vez y nos formuló tres preguntas: Quería saber: primeramente, si teníamos tabaco, whisky o armas de fuego; en segundo lugar, si no deseábamos que los Siux viniesen a remar en nuestras embarcaciones cuando subiéramos río arriba hasta el país de los Ricaris, que eran unos pícaros redomados; y tercero, si nuestra gran medicina no era una enorme y muy fuerte langosta verde. A esas preguntas, hechas con la mayor seriedad, Jules respondió, según mis indicaciones, como sigue: en primer lugar, que teníamos whisky en abundancia, así como tabaco, con una provisión de armas de fuego y de pólvora; pero que nuestra gran medicina acababa de decirnos que los Tetons eran unos pícaros más grandes que los Ricaris, que los Tetons eran enemigos nuestros, que nos habían esperado emboscados desde hacía muchos días para atacarnos y matarnos; que no teníamos que darles nada, ni tener con ellos relación alguna, que, por consiguiente, temíamos el hacerles regalos por miedo de no obedecer a nuestra gran medicina, con la que no se podían gastar bromas; en segundo lugar, que después de lo que acabábamos de saber acerca de ellos, no podíamos tomarlos a bordo para remar; y, en tercer lugar, que, afortunadamente para ellos (los Siux), nuestra gran medicina no oyó su última pregunta acerca de la gruesa langosta; nuestra gran medicina podía serlo todo menos una gruesa langosta verde, y pronto lo verían a costa suya si no se iban, inmediatamente, todos a sus quehaceres.
A pesar del peligro inminente en que nos encontrábamos, apenas si podíamos mantener nuestra seriedad al ver el aire de profunda sorpresa o de estupefacción con que los salvajes escucharon nuestras respuestas. Yo creo que se hubieran dispersado inmediatamente y nos hubieran dejado continuar nuestro viaje si no hubiese sido por las desdichadas palabras con que informé de que eran unos pícaros más grandes que los Ricaris. Eso era, aparentemente, un insulto atroz a más no poder, y los puso en un estado de furor terrible. Oímos las palabras «Ricaris, Ricaris», repetidas a cada instante con todo el énfasis y la cólera posibles. La banda, por lo que vimos, se dividió en dos partidos: uno que insistía en la potencia inmensa de la gran medicina; el otro en el insulto ultrajante de haber sido llamados pícaros mayores que los Ricaris. Como que la cosa no se arreglaba, nosotros mantuvimos nuestra situación en medio del río resueltos firmemente a descargar nuestra metralla a la primera manifestación de hostilidad.
El intérprete del caballo gris entró otra vez en el río. Dijo que no valíamos más que otros, que todos los Rostros Pálidos, que precedentemente pasaron por el río, se habían mostrado amigos de los Siux y les habían hecho grandes regalos; que ellos, los Tetons, estaban decididos a no dejarnos avanzar ni un palmo si no bajábamos a tierra y no les dábamos todos nuestros fusiles, todo nuestro aguardiente y la mitad de nuestro tabaco; que, con evidencia, éramos aliados de los Ricaris (que entonces estaban en guerra con los Siux) y que nuestro objeto era llevarles provisiones, cosa que ellos, los Siux, no permitirían; en fin, que no tenía una opinión muy grande de nuestra medicina, porque nos había dicho una mentira, respecto a lo de las intenciones de los Siux y porque positivamente, a pesar de que nosotros pensábamos lo contrario, no era sino una gran langosta verde.
Estas últimas palabras fueron repetidas por toda la tropa, cuando el intérprete las hubo pronunciado, y aulladas a plena voz, para que la medicina misma no lo ignorase. AL mismo tiempo la banda se disgregó en un desorden salvaje; los guerreros empezaron a galopar furiosamente en pequeños círculos, haciendo gestos indecentes e insultantes, blandiendo sus lanzas y sacando sus flechas de las aljabas.
Yo sabía que el ataque iba a empezar. Me determiné, pues, antes de que ninguno de nosotros fuese herido, a abrir las hostilidades. Nada ganábamos con una dilación y todo podíamos ganarlo con una acción rápida.
Así que se presentó una ocasión favorable di la orden de hacer fuego. Fui obedecido al instante. El efecto de la descarga fue desastroso y respondió perfectamente a nuestra intención. Seis indios murieron y quizá tres veces otros tantos quedaron heridos. Los restantes, presas de gran pánico, partieron en desorden hacia la pradera, y mientras tanto nosotros levábamos anclas, volvíamos a cargar el cañón y nos acercábamos a la orilla. Cuando llegamos a ella no había ni un Tetón válido a la vista.
Dejé a John Greely con dos canadienses en las embarcaciones para guardarlas, desembarqué con el resto de los hombres y dirigiéndome a un salvaje que estaba herido, pero no gravemente, le hablé valiéndome de Jules. Le hice decir que los blancos estaban bien dispuestos para con los Siux y para con todos los indios; que nuestro único objeto, al visitarles, era el de recoger pieles de castor y ver el hermoso país que el Gran Espíritu había dado a los hombres rojos; que cuando nosotros nos hubiéramos procurado tantas pieles como deseábamos y cuando hubiésemos visto lo que habíamos venido a ver, nos volveríamos a casa; que habíamos sabido que los Siux, y especialmente los Tetons, eran una raza pendenciera y que, sabiendo eso, habíamos traído nuestra gran medicina para protegernos; que ésta estaba exasperada, ahora, contra los Tetons, a causa del insulto intolerable que le habían dirigido al llamarle langosta verde, cosa que ella no era en absoluto; que yo había tenido que hacer muchos esfuerzos para impedirle que persiguiera a los guerreros que habían huido y que sacrificara a los caídos en el suelo; y que no había logrado calmarla sino haciéndome responsable de la buena conducta futura de los indios. Al llegar a este punto de mi discurso el salvaje pareció muy aliviado y me tendió la mano en signo de amistad. Se la estreché y le aseguré, a él y a sus amigos, que tendrían mi protección mientras no nos molestaran y, a continuación de esa promesa, les hice donación de veinte rollos de tabaco, de alguna quincalla, de pacotilla de vidrio y de franela encarnada para él y los otros heridos.
Entretanto, observábamos cuidadosamente si los Siux, fugitivos no volvían. Cuando acabé de distribuir los presentes, muchos indios aparecieron en lontananza y fueron con toda evidencia divisados por los salvajes corrompidos. Pero pensé que valía la pena hacer el distraído y, poco después, volví a las embarcaciones.
Toda esa interrupción nos retuvo bastante tiempo y eran cerca de las tres cuando reemprendimos nuestra ruta. Nos apresuramos mucho, porque deseaba estar, antes de la noche, lo más lejos posible de la escena del combate. Teníamos fuerte viento de popa y la corriente era menos impetuosa, a medida que avanzábamos, porque el río se ensanchaba. Recorrimos mucho camino y a las nueve llegamos a una isla grande, cubierta de árboles, situada cerca de la costa norte, en la desembocadura de un pequeño afluente.
Resolvimos acampar allí y, apenas pusimos los pies en tierra, uno de los Greely mató un hermoso búfalo. Esos animales eran numerosos en la isla. Después de haber colocado a nuestro centinela para la noche, adobamos la joroba para cenar y bebimos grandes tragos de aguardiente. Discutimos entonces los acontecimientos del día. La mayoría de los hombres trató del combate como de una broma excelente. Pero yo no podía regocijarme de ello. Nunca jamás, antes, había derramado sangre humana; y aunque el buen sentido me decía que había adoptado la decisión más inteligente y la que, a fin de cuentas, era la menos sanguinaria, mi conciencia se negaba a darme la razón y me murmuraba al oído: «Es sangre humana la que has vertido».
Las horas pasaron lentamente y no podía dormirme. Por fin se hizo de día y con el fresco rocío de la mañana, la brisa, las flores sonrientes, me entró nuevo ánimo y una serie de pensamientos más atrevidos que me permitieron considerar con más sangre fría lo que había hecho, y miré el combate de la víspera desde su solo punto de vista: el de la urgente necesidad.

7 de septiembre
Partimos temprano y recorrimos mucho camino con un viento del este fuerte y frío.
A eso de las doce llegamos a la garganta superior de lo que se llama la Gran Curva, un lugar en el que el río hace un circuito de treinta millas entre dos puntos cuya distancia, en línea recta, no llega a mil quinientos metros. Seis millas más allá se encuentra un afluente de unos treinta y cinco metros de anchura que viene del sur.
Allí la comarca ofrece un carácter particular: las dos orillas del río están cubiertas de piedras redondas que la corriente ha desprendido de los acantilados, y tiene a lo largo de muchas millas un singular aspecto. El canal es poco profundo y a menudo obstruido por alfaques. Allí se encuentra el cedro con más abundancia que otras especies, y las praderas están cubiertas por una clase de cactos espinosos muy rígidos, entre los cuales nuestros hombres calzados con mocasines tuvieron muchas dificultades para andar.
A la puesta del sol, tratando de evitar un canal rápido, tuvimos la desgracia de hacer chocar el babor de nuestra gran embarcación contra el borde de un alfaque, lo que nos hizo dar de banda de tal manera que, por poco, a pesar de nuestros muchos esfuerzos, se llena de agua. La pólvora no embalada sufrió mucho daño, y toda nuestra pacotilla quedó más o menos estropeada. Así que nos dimos cuenta de que la embarcación se ladeaba, saltamos todos al agua que, en aquel lugar, nos llegaba a los sobacos, y enderezamos, a fuerza de brazos, el lado que se inclinaba. No salíamos por eso del embarazo, porque todos nuestros esfuerzos bastaron apenas para evitar que volcara y ninguno de nosotros se podía destacar para empujarla. Nos vimos aliviados de manera inesperada, en el momento mismo en que estábamos a punto de perder toda esperanza: el alfaque entero se hundió bajo la embarcación. En esa región todo el lecho del río está frecuentemente obstruido por esos bancos movedizos, que cambian de sitio con una gran rapidez, sin causa aparente. Están formados de arena fina, dura, amarilla, que una vez seca se hace casi impalpable, ofrece un aspecto brillante, y se parece entonces al vidrio.

8 de septiembre
Estábamos todavía en el corazón del país de los Tetons, y permanecíamos alerta, deteniéndonos lo menos posible y sólo en las islas, donde encontrábamos gran abundancia de caza: búfalos, alces, ciervos, cabras, ciervos de cola negra, antílopes y pájaros de diferentes especies. Las cabras son extraordinariamente mansas y no tienen barba. El pescado no es tan abundante como más abajo.
John Greely mató un lobo blanco en una quebrada de uno de los más pequeños islotes.
Dadas las dificultades de la navegación y la necesidad frecuentes de halar las embarcaciones, avanzamos ese día muy poco.

9 de septiembre
Tiempo apreciablemente más frío, que nos da a todos el deseo de precipitar nuestra travesía del país de los Siux, visto el riesgo que correríamos si estableciéramos nuestro campamento de invierno en sus cercanías. Reunimos nuestras fuerzas, y avanzamos tan rápido como pudimos. Los canadienses cantaban y gritaban por el camino. De vez en cuando divisábamos, a lo lejos, un Tetón solitario; pero no probó de molestarnos, y eso nos tranquilizó.
Recorrimos ese día veintiocho millas, y acampamos por la noche, con regocijo, en una gran isla de las más abundantes en caza y cubierta de un denso oquedal de algodones.

(Omitimos las aventuras de M. Rodman desde esta fecha hasta el 10 de abril. El último día de octubre, no habiendo sucedido nada de importante en el intervalo, la expedición avanzó hasta un pequeño río que denominaron río de la Nutria; subiéndolo, encontraron a una milla de su desembocadura una isla que respondía a sus propósitos, construyeron en ella un fortín de madera e instalaron sus cuarteles de invierno. Ese lugar se encuentra justo debajo de las viejas aldeas Ricari. Muchas bandas de esos indios visitaron a los viajeros, y se mostraron muy bien dispuestos para con ellos —tenían noticias del encuentro con los Tetons, cuyo resultado les había producido mucha alegría—. No tuvimos ya ninguna dificultad con los Siux. El invierno transcurrió de una manera agradable y sin incidente digno de nota. El 10 de abril la expedición reemprendió su viaje.)

Capítulo V

10 de abril
El tiempo que era otra vez delicioso, nos rejuvenecía. Se empezaba a sentir el sol, y el río estaba libre de hielos, según nos aseguraron los indios, hasta cien millas más arriba.
Nos despedimos de Pequeña Serpiente (jefe de los Ricaris que había dado a los viajeros, durante el invierno, numerosas pruebas de amistad) y de su banda, sintiéndolo verdaderamente.
Después de haber almorzado, reemprendimos nuestro viaje. Perrin (un agente de peleterías de la Compañía de Hudson que iba a Petite-Côte) nos guió, con tres indios, unas cinco millas, después se despidió de nosotros y volvió a la aldea, donde, según supimos más tarde, murió de muerte violenta en manos de una squaw a quien había en cierto modo insultado.
Cuando el agente nos hubo dejado, remamos vigorosamente y recorrimos mucho camino; a pesar de la rapidez del río.
Por la tarde, Thornton, que se quejaba desde hacía días, cayó seriamente enfermo; tanto, que insistí para que volviéramos a nuestra cabaña hasta que estuviera restablecido. Pero él rechazó esa oferta con tal obstinación qué yo tuve que ceder. Le arreglamos un lecho cómoda en la cámara y le procuramos todos los cuidados que pudimos. Pero tenía una fiebre violenta, con ataques de delirio, y temí mucho que se muriera.
Entretanto, íbamos avanzando resueltamente; por la noche habíamos recorrido veinticinco millas, lo cual es una excelente jornada.

11 de abril
Continúa el buen tiempo. Salimos temprano. El viento, que era favorable, nos ayudó mucho; de manera que, de no haber sido por la enfermedad de Thornton, no hubiéramos podido quejarnos. Thornton parecía empeorar mucho y yo ya no sabía qué hacer. Se le cuidaba lo mejor que se podía. Jules, el canadiense, le hizo una infusión con hierbas de la pradera que le hizo sudar. La, fiebre disminuyó.
Por la noche nos detuvimos junto a la orilla norte; tres de nosotros fueron a cazar a la pradera, a la luz de la luna. No volvieron hasta la una de la mañana, sin sus fusiles y un antílope gordo. Contaron que habían recorrido varias millas y llegado a las orillas de un riachuelo, cuando, con gran espanto, vieron a una multitud de guerreros Siux-Saonis. Estos les capturaron inmediatamente y se los llevaron a una milla más lejos, al otro lado del riachuelo en una especie de parque o de cercado construido con barro y rodrigones en el que se había capturado a un numeroso rebaño de antílopes. Esos animales seguían introduciéndose en el parque, cuya entrada estaba dispuesta de manera que no les permitía la salida. Los indios se dedican a esa caza todos los años. En otoño, los antílopes emigran de la pradera para ir a buscar un refugio y alimentos en la región montañosa del Mediodía; y vuelven por primavera, en grandes rebaños que se capturan fácilmente atrayéndolos a cercados como el que acabo de citar.
Los cazadores, John Greely, el Profeta y un canadiense, habían ya perdido la esperanza de escaparse de las manos de los indios, que no bajaban de cincuenta, y casi se habían resignado a morir. Greely y el Profeta estaban atados de pies y manos. Les habían desarmado. AL canadiense, por lo contrario, le habían dejado, por alguna razón incomprensible, libre de sus movimientos, y no le habían quitado más que el fusil. Los salvajes no le quitaron el cuchillo, probablemente porque el canadiense lo llevaba escondido en su polaina. Y, en general, le trataron de otra manera que a sus compañeros. Esa circunstancia fue la causa de la salvación de todos.
Eran aproximadamente las nueve de la noche cuando cayeron prisioneros. La luna era clara, pero como hacía más frío que de costumbre en aquella estación, los salvajes habían encendido dos grandes hogueras, a una distancia suficiente del parque para no asustar a los antílopes que seguían llegando en masa.
Los indios estaban ocupados en cocer su caza cuando los cazadores cayeron en sus manos. Greely y el Profeta, después de haber sido desarmados y atados con fuertes correas de piel de búfalo, fueron echados cerca de un árbol, a cierta distancia de los fuegos, y al canadiense lo dejaron sentarse junto a una de las hogueras, vigilado por dos salvajes. El resto de los indios formaba círculo alrededor de la otra hoguera más grande. El tiempo pasaba lentamente. Los cazadores estaban convencidos de que los matarían; las correas con que estaban atados les causaban dolores insoportables, tanto se las habían apretado. El canadiense trató de entablar conversación con sus guardianes, con la esperanza de corromperlos y de que le dejasen escapar, pero no pudo hacerse comprender.
Hacia media noche, los indios que estaban alrededor de la hoguera grande se alarmaron súbitamente por la irrupción de varios antílopes grandes que saltaron en fila al centro de la hoguera. Esos animales se habían abierto paso a través de una porción de la cerca de barro que les encerraba, y, locos de rabia y de terror, se habían dirigido hacia la luz del fuego, como lo hacen de noche los insectos. Parece que los Saonis no habían oído hablar nunca de cosa parecida realizada por esos animales ordinariamente tímidos. Los indios se quedaron pasmados por lo que les sucedía; su alarma se convirtió en una confusión completa cuando toda la manada capturada corrió hacia ellos, precipitándose y saltando, un minuto después de la evasión de los primeros antílopes.
Nuestros cazadores nos describieron lo que aconteció entonces como una de las escenas más extrañas del mundo. Los antílopes, evidentemente, habían enloquecido; la velocidad, el ímpetu con que volaron, más que brincaron a través de las llamas y entre los salvajes aterrorizados, presentaba, según Greely (hombre no inclinado a la exageración) un espectáculo no sólo imponente, sino terrible. Los antílopes lo arrasaron todo en su primer ímpetu. Después de haber brincado por encima de la gran hoguera, corrieron a la pequeña, dispersando los tizones y la leña inflamada; luego volvieron como locos a la mayor y así sucesivamente adelante y atrás hasta que se apagaron los fuegos. Entonces se largaron como el rayo hacia el bosque en pequeñas manadas. Muchos indios fueron derribados en aquella furiosa refriega, y es de suponer que algunos quedaron heridos, sino mortal, gravemente por los cascos puntiagudos de los antílopes. Otros se echaron al suelo boca abajo y evitaron el daño.
El Profeta y Greely, que no estaban cerca de las hogueras, ningún peligro corrieron. El canadiense fue derribado de una coz que le insensibilizó durante algunos minutos. Cuando volvió en sí, la oscuridad era casi completa, porque la luna había desaparecido detrás de una gran nube de tormenta, y los fuegos se habían apagado. No vio indios cerca de sí. Se levantó inmediatamente para huir, y se dirigió a tientas hacia el árbol junto al cual yacían sus dos camaradas. No tardó mucho en cortar sus ligaduras y los tres partieron a gran velocidad hacia el río, sin acordarse de sus fusiles ni nada que no fuera su salvación en aquel momento.
Cuando hubieron recorrido varias millas y viendo que nadie les perseguía, moderaron el paso y se fueron a una fuente para beber un poco de agua. Allí encontraron al antílope que nos trajeron.
Ese pobre animal yacía jadeante, sin poderse mover, en la orilla del riachuelo. Tenía marcas evidentes de quemaduras y una de sus patas estaba rota. Pertenecía, sin duda, a la manada que había sido causa de la liberación de nuestros hombres. Si hubiese habido posibilidad de que el animal se restableciera, no lo hubieran matado; pero su estado era lamentable, de suerte que el Profeta puso fin a sus sufrimientos y lo trajo a las embarcaciones. Al día siguiente hicimos con él un excelente almuerzo.

12, 13, 14 y 15 de abril
Durante esos cuatro días continuamos nuestro viaje sin ninguna aventura importante.
El tiempo era muy hermoso al mediodía, pero las noches y las mañanas eran excesivamente frías. Tuvimos heladas terribles. La caza abundaba. Thornton continuaba muy mal y su enfermedad me preocupaba y atormentaba la indecible. Su compañía me hacía mucha falta; era el único, entre todos, en quien podía confiar enteramente. Con eso quiero solamente decir que era casi el único ante quien podía y quería abrir libremente mi corazón, decir todas mis esperanzas desordenadas y mis deseos fantásticos; y no que ninguno de los demás fuese indigno de una confianza implícita. Vivíamos todos como hermanos y jamás una disputa de importancia alguna tuvo lugar entre nosotros. Un sólo interés parecía ligarnos a todos o mejor, parecíamos un grupo de viajeros sin ninguna finalidad interesada que se trasladaban por su propio placer. De todos modos, no podría decir exactamente cuáles eran las ideas de los canadienses respecto a eso. Eran mocetones que hablaban sin duda mucho de los beneficios de nuestra expedición, particularmente de la parte de ganancias que ellos esperaban obtener. No obstante, apenas puedo creer que les preocuparan mucho. Eran los más sencillos y serviciales de todos los hombres del mundo. En cuanto al resto de la tripulación, no tengo la menor duda de que los beneficios pecuniarios de la empresa eran la cosa que menos les inquietaba.
Ciertas consideraciones que, al escoger nuestras paradas, hubiese debido guiarnos, y parecernos muy importante, se trataban como indignas de una discusión seria y eran des cuidadas y dejadas de lado con los más fútiles pretextos. Esos hombres que habían recorrido millares de leguas a través de una peligrosa soledad, y afrontado riesgos horribles y soportado privaciones dolorosas con el objeto ostensible de recoger pieles, habían llegado a darse raramente el trabajo de conservar las que habían podido procurarse, y abandonaban tras sí, sin sentimiento alguno, escondrijos repletos de magníficos castores, antes que renunciar al placer de seguir el curso de un río de aspecto romántico o de penetrar en alguna caverna de acceso peligroso y erizada de rocas para buscar minerales cuyos usos desconocían y que echaban a la primera ocasión como lastre inútil. En todo ello mi corazón compartía sus gustos.
He de decir que, a medida que avanzábamos en nuestro viaje, iba perdiendo de vista su verdadero objeto y me sentía cada vez más inclinado a olvidarlo para buscar una pura distracción si, en realidad, es posible designar con una palabra tan débil como distracción aquella excitación profunda con que yo consideraba las maravillas y las bellezas majestuosas de las soledades que atravesábamos. Apenas había visto una región que ya me sentía presa del deseo irresistible de ir más lejos y explorar otra. Hasta entonces, no obstante, me entusiasmaba demasiado para extinguir mi amor ardiente por lo desconocido. No podía dejar de darme cuenta de que algunos blancos, algunos hombres civilizados —aunque pocos— me habían precedido; de que algunos ojos, antes que los míos, se habían sorprendido por los espectáculos que me rodeaban. De no haber sido por ese sentimiento que me perseguía sin cesar, quizá me hubiera desviado más de mi ruta, para examinar la configuración del terreno de las riberas del río, para penetrar profundamente, de vez en cuando, en la región al norte y al sur de nuestra ruta. Pero tenía prisa en avanzar, en llegar, de ser posible, más lejos que los límites extremos de la civilización; en ver si podía hacerlo hasta esas montañas gigantescas cuya existencia no se nos había enseñado sino por las vagas descripciones de los indios.
Esas esperanzas, esos deseos, yo no los comunicaba a nadie, salvo a Thornton. Él participaba en todos mis proyectos de visionario y entraba plenamente en las ideas de empresas noveleras que mi alma acariciaba. Su enfermedad, pues, era para mí una calamidad amarga. Thornton decaía cada día más y yo no sabía procurarle alivio.

16 de abril
Hoy hemos tenido una lluvia fría con un fuerte viento del Norte, que nos ha obligado a permanecer anclados hasta hora muy avanzada de la tarde. A las cuatro hemos proseguido nuestro viaje y recorrido cinco millas hasta la noche.
Thornton está mucho peor.

17 y 18 de abril
Durante estos dos días ha continuado el mal tiempo, húmedo y desagradable, con el mismo viento frío del Norte. Vimos bloques de hielo en el río que estaba hinchado y fangoso. El tiempo transcurrió penosamente y ni avanzamos.
Thornton parecía un cadáver. Decidí entonces acampar en el primer lugar propicio y permanecer allí hasta que su enfermedad terminara de un modo u otro. A mediodía, pues, remamos río arriba por un ancho afluente que venía del Sur e instalamos nuestro campamento en tierra firme.

25 de abril
Permanecimos cerca de ese afluente hasta esta mañana, cuando, con gran alegría nuestra, Thornton estuvo suficientemente restablecido para seguir el viaje.
El tiempo era hermoso y avanzamos alegremente por un país magnífico sin encontrar ni a un solo indio y sin correr aventura alguna hasta el fin del mes. Entonces llegamos al país de los Mandans, o mejor, de los Mandans, Mimetarces y Ahnakways; porque estas tres tribus viven unas cerca de las otras ocupando cinco aldeas.
Hace pocos años, los Mandans estaban establecidos a unas ochenta millas río abajo, en nueve aldeas cuyas ruinas habíamos cruzado sin saber lo que eran —siete al oeste y dos al este del río. Pero fueron diezmados por la viruela y por sus enemigos hereditarios, los Siux, hasta que se vieron reducidos a un puñado; entonces subieron hasta el punto en que se encuentran hoy.
Los Mandans nos recibieron amigablemente. Permanecimos cerca de ellos tres días, durante los cuales examinamos y reparamos la piragua, y descansamos. Obtuvimos de los indios una buena provisión de trigo que ellos habían conservado durante el invierno en hoyos delante de sus cabañas. Durante nuestra permanencia con los Mandans, recibimos la visita de un jefe de los Mimetarces, llamado Mokerasah, que se condujo con mucha corrección y nos fue muy útil en muchas cosas. El hijo de este jefe fue contratado para que nos acompañara como intérprete hasta el gran confluente. Hicimos a su padre muchos regalos de los que se mostró muy satisfecho. El 10 de mayo nos despedimos de los Mandans y proseguimos, tranquilamente nuestro viaje.

1 de mayo
El tiempo era agradable y la comarca empezaba a tomar una apariencia sonriente. La vegetación estaba ya muy avanzada. Las hojas del algodón eran tan anchas como un escudo y muchas flores ya estaban abiertas. El río empezaba a estrecharse. Sus orillas, bajas, estaban cubiertas de árboles de altos troncos. El algodón, el sauce común, el sauce rojo, crecían allí en gran cantidad, con muchos rosales blancos. Detrás de esos ribazos, la región se extendía en una inmensa llanura sin árboles de ninguna clase. El suelo era notablemente rico. La caza, un poco más abundante aún que antes. Uno de nuestros cazadores nos precedía por cada orilla. Hoy nos han traído un alce, una cabra, cinco castores y muchos chorlitos. Los castores eran poco esquivos y fáciles de capturar. Este animal es exquisito para comer, especialmente su cola, que es de naturaleza gelatinosa como las aletas de la platija. Una cola de castor es suficiente para proporcionar comida abundante a tres hombres.
Hemos recorrido veinte millas antes de que anocheciera.

2 de mayo
Tuvimos buen viento esta mañana y nos servimos de las velas hasta el mediodía. En este momento, la brisa refrescó y nos detuvimos. Nuestros cazadores se pusieron en compañía y volvieron enseguida con un alce inmenso que Neptuno rindió después de una larga persecución, porque el animal sólo había sido herido ligeramente por un tiro de perdigones. Tenía seis pies de altura. A la caída de la tarde cazamos también un antílope. En cuanto la bestia vio a nuestros hombres, echó a correr con una velocidad extrema. Pero, después de algunos minutos, volvió sobre sus pasos, aparentemente por curiosidad; después se fue otra vez brincando. Repitió esas idas y venidas, acercándose cada vez más, hasta que se puso a tira de fusil; entonces el Profeta tiró y la abatió. Era magro y rollizo. Los antílopes, aunque muy ágiles, nadan mal y son, con frecuencia, presa de los lobos cuando intentan atravesar un curso de agua.
Hemos recorrido hoy doce millas.

3 de mayo
Esta mañana hemos hecho mucho camino. Por la noche habíamos navegado treinta millas. La caza continúa siendo abundante.
A la largo de la orilla había gran cantidad de búfalos muertos. Veíamos a los lobos cómo los devoraban y huían cuando nos acercábamos. No sabíamos qué pensar de esas bestias muertas. Pero algunas semanas más tarde comprendimos la causa. Cuando llegamos a una angostura del río donde los bordes eran escarpados y el agua profunda, vimos a un gran rebaño de búfalos que nadaban a través de la corriente. Nos detuvimos para ver cómo maniobraban. Esos grandes animales descendían el curso del agua diagonalmente. Habían entrado en el río, en una garganta, media milla más arriba, en un lugar en que la orilla bajaba hasta el nivel del agua. Cuando llegaron a la orilla occidental, se encontraron con que era imposible tomar pie porque el agua era muy profunda. Después de haber hecho grandes esfuerzos para escalar el ribazo lodoso y resbaladizo, los búfalos dieron media vuelta y nadaron hacia la orilla opuesta, donde había la misma clase de precipicios inaccesibles. Repitieron sus tentativas pero fue en vano. Atravesaron por segunda vez el río, después por tercera vez, luego por cuarta y por quinta vez, obstinándose siempre en querer abordar en los mismos sitios. En lugar de dejarse arrastrar más hacia abajo por la corriente en busca de una aterrada más fácil (hubieran podido hallar una un cuarto de milla más hacia acá) parecían tercamente resueltos a mantenerse donde estaban, y, con este objeto, nadaban cortando la corriente, en ángulo agudo, y hacían los más violentos esfuerzos para no ser arrastrados hacia abajo. AL quinto viaje, las pobres bestias estaban completamente agotadas, era evidente que no podían más. Tomaron entonces un terrible impulso para trepar al ribazo; uno o dos de ellos lo habían casi logrado, cuando, con gran desolación nuestra (porque no habíamos contemplado la desdicha de aquellos nobles animales sin compadecerles) toda la masa de tierra friable de la orilla se hundió, enterrando a muchos búfalos en la avalancha, sin lograr, por eso, que el ribazo fuera de acceso más fácil. Entonces el resto de la manada empezó a lanzar una especie de mugido o quejido lamentable, un grito que expresaba más dolor lúgubre y desesperación que todo cuanto se pueda imaginar. —¡Jamás podré olvidarlo!—. Algunos búfalos intentaron aún atravesar el río, lucharon algunos minutos, se fueron a pique. Las aguas que los cubrieron se tiñeron de la sangre roja que les salía de los hocicos en su agonía de muerte. Pero la mayoría cesó de mugir y pareció abandonarse con resignación; rodaron sobre sí y desaparecieron. Toda la manada se ahogó; no se escapó ni un solo búfalo. Sus cadáveres fueron arrojados media hora más tarde por la corriente sobre las orillas llanas, algo más hacia abajo, donde hubieran podido abordar con seguridad si no se hubiesen aferrado bestialmente a su primera idea.

4 de mayo
El tiempo era delicioso. Impelidos por un buen viento del sur, por la noche habíamos recorrido 25 millas. Thornton estaba suficientemente restablecido para ayudarnos en la maniobra. Por la tarde, vino conmigo a tierra. Nos internamos en la pradera hacia el oeste, y vimos una gran cantidad de flores primaverales precoces de una especie desconocida en nuestros territorios. Algunas eran de una belleza rara y de un perfume exquisito.
Vimos también mucha caza variada, pero no matamos, porque estábamos seguros que nuestros cazadores nos traerían a bordo más de lo que necesitábamos, y no me gusta matar por capricho.
Al volver, encontramos a dos indios de la tribu de los Assiniboins que nos acompañaron hasta las embarcaciones. No mostraran ninguna desconfianza por el camino, muy al contrario, se condujeron con nosotros intrépida y francamente. Quedamos, pues, muy sorprendidos, al llegar cerca de la piragua, de verles dar media vuelta y echar a correr por la pradera con todas sus fuerzas. Llegados a buena distancia se detuvieron, y treparon a una loma que dominaba el río. Allí se echaron boca abajo y, colocando su cara entre sus manos, parecían mirarnos con la mayor sorpresa. Valiéndose de un catalejo, pude observar sus fisonomías, que estaban impregnadas de estupefacción y de terror. Siguieron mirándonos largo rato. En fin, como presas de una idea súbita, se levantaron rápidamente y echaron a correr en la dirección de donde venían cuando les encontramos.

5 de mayo
Esta madrugada, cuando nos poníamos en marcha, muy temprano, una gran masa de Assiniboins se precipitó de golpe sobre nuestras embarcaciones y logró apoderarse de la piragua. No había nadie en ella excepto Jules, que se escapó echándose al agua y nadando hacia la gran embarcación que habíamos alejado de la orilla. Los indios iban guiados por los dos guerreros que nos habían visitado la víspera.
Su tropa debió acercarse a nosotros a escondidas, porque nuestros centinelas estaban apostados como, de costumbre y Neptuno mismo no señaló nada sospechoso. Nos preparábamos a hacer fuego contra los salvajes, cuando Misquasch (nuestro nuevo intérprete, el hijo de Mokerasah) nos dijo que los Assiniboins no nos querían ningún mal, y que, por signos, nos daban a entender que no tenían intenciones hostiles. No pudimos pensar que la captura de nuestra embarcación era una manera singular de demostrarnos su amistad.
Quisimos, no obstante, saber lo que esa gente quería de nosotros. Dijimos a Misquasch que les preguntara por qué nos habían atacado. Los salvajes respondieron con grandes protestas de respeto y nos dimos cuenta entonces de que no tenían deseos de molestarnos. Habían venido sólo a satisfacer una curiosidad ardiente que les consumía y que nos suplicaron que calmáramos. Al parecer, los dos indios de la víspera, aquéllos cuya conducta tanto nos había sorprendido, quedaron admirados por la cara tiznada de nuestro amigo Toby. No habían nunca oído hablar de un negro, de manera que su estupefacción no dejaba de tener una causa. Además, Toby era un moreno de lo más feo posible, con todos los rasgos característicos de su raza, labios gruesos, grandes ojos blancos saltones, nariz chata, orejas largas, vientre voluminoso y patas zambas. Cuando los dos salvajes explicaron en su aldea lo que habían visto, nadie quiso creerles, y estuvieron a punto de perder toda consideración, de ser tratados de mentirosos y embusteros; y ellos, propusieron llevar a todo el mundo a nuestras embarcaciones para probarles su veracidad.
La súbita irrupción de los salvajes fue, pues, al parecer, resultado de su curiosidad, porque no nos causaron el menor mal y nos devolvieron la piragua así que les dijimos que les dejaríamos ver al viejo Toy. Este tomó la cosa como una broma excelente y se fue enseguida a tierra, in naturalibus, para que los salvajes pudieran verle de cuerpo entero.
Su sorpresa y su satisfacción fueron profundas y completas. De momento, no creyeron lo que sus ojos veían y escupían en sus dedos y frotaban la piel del negro para asegurarse de que no era pintada. La lana de su cabeza les arrancó clamores repetidos y sus piernas zambas fueron objeto de una admiración infinita. Una giba de nuestro horrible amigo llevó las cosas al colmo. La estupefacción de los salvajes había llegado a su último grado. Su satisfacción no podía ir más allá. Si Toby hubiese tenido un poco de ambición, hubiera podido hacer entonces una fortuna imperecedera y subir al trono de los Assinoboins con el nombre de Toby I.
Ese incidente nos retuvo hasta una hora avanzada del día. Después de haber cambiado algunas cortesías con los salvajes y de haberles hecho algunos regalos, aceptamos la ayuda de seis de ellos que remaron a bordo unas cinco millas. Fue un auxilio bien venido y por el cual dimos las gracias a nuestro viejo Toby.
No recorrimos más que 12 millas.
Acampamos por la noche en una isla magnífica. Nos hemos acordado mucho tiempo de aquella etapa, a causa del pescado y de las pollas de agua deliciosas que allí encontramos.
Permanecimos en la isla dos días, durante los cuales banqueteamos sin preocuparnos del mañana ni prestar atención a los numerosos castores que retozaban a nuestro alrededor. Hubiéramos podido, en aquel lugar, proporcionarnos 100 ó 200 pieles; apenas recogimos 20. Aquella isla estaba situada en la desembocadura de un río bastante ancho, que venía del sur y afluía al Missuri en el lugar en que éste forma un recodo hacia el Oeste. Su latitud es, aproximadamente, 48 grados.

8 de mayo
Viajamos con buen viento y tiempo hermoso, y después de haber recorrido veinte o veinticinco millas llegamos a un gran río que venía del norte.
Pero allí donde desemboca es muy estrecho —no tiene más que diez o doce metros de anchura— y parece obstruido por el lodo. Mas si se sube por él un poco, se encuentra una hermosa corriente franca de setenta a ochenta yardas de, anchura, muy profunda, y que atraviesa un magnífico valle en el que abunda la caza. Nuestro nuevo guía nos dijo el nombre de ese río, pero yo no tomé nota. Robert Grelly mató algunos gansos de una especie que construye su nido en los árboles.

9 de mayo
En muchos sitios, poco lejanos de las orillas, vemos al terreno encostrado de una sustancia blanca, que reconocemos como una sal muy acre.
No recorrimos más que quince millas, por culpa de muchos pequeños retrasos, y acampamos de noche en tierra, entre algunos bosquecillos de algodones y matorrales de enebro.

10 de mayo
Hoy el tiempo es frío, el viento fuerte. Recorrimos mucho camino; las colinas cercanas son abruptas, cortadas irregularmente, muestran masas dentadas y desordenadas de peñas, algunas de las cuales se yerguen a gran altura y parecen haber sufrido la acción de las aguas. Recogimos muchos pedazos de madera y de hueso petrificados; por todas partes había hulla desparramada. El río empieza a ser muy tortuoso.

11 de mayo
Hemos sido retenidos la mayor parte del día por ráfagas huracanadas y por la lluvia. Por la tarde el tiempo mejora y acaba por ser hermoso, gracias a un buen viento que aprovechamos para hacer diez millas antes de acampar. Cazamos muchos castores gordos y matamos a un lobo en la orilla. Parecía haberse alejado de una gran manada que vimos rodar alrededor de nosotros.

12 de mayo
Hemos abordado a mediodía, después de haber recorrido diez millas, a una pequeña isla escarpada, para verificar parte de nuestro material. En el momento de volver a partir, uno de los canadienses, que formaba parte de la vanguardia y nos precedía de muchas yardas, desapareció súbitamente con un gran grito. Corrimos inmediatamente y nos reímos de todo corazón al comprobar que había simplemente caído en un escondrijo vacío del que no tardamos en sacarle. De haber ido solo, es dudoso que hubiese podido salir de allí. Examinamos con gran cuidado la cavidad, pero nada encontramos, salvo algunas botellas vacías; y ni siquiera vimos nada que revelara si eran franceses, ingleses o americanos los que habían escondido sus mercancías en aquel lugar, y ello despertó nuestra curiosidad.

13 de mayo
Hemos llegado a la confluencia del Yellowstone y del Missuri, después de haber recorrido veinticinco millas. Hoy Misquasch nos deja y se vuelve a su tribu.
 Capítulo VI

La comarca que atravesamos los dos o tres últimos días era de carácter desabrido comparada con la acostumbrada últimamente. Era menos accidentada; los árboles crecían en gran número en los lindes del río, pero más lejos no se encontraba ni uno. Donde los bordes eran perpendiculares, discerníamos trazas de hulla, y vimos un gran yacimiento de materia espesa y bituminosa que contribuía a enturbiar el agua en una extensión de muchos centenares de yardas río abajo. La corriente era más suave, el agua más clara, las puntas de las rocas y de los altos fondos eran menos numerosos, si bien los que teníamos que salvar eran más incómodos que nunca. Tuvimos una lluvia incesante, que hacía que las orillas fuesen muy resbaladizas y que la sirga fuese difícil. Además, el aire era desagradablemente glacial; subimos a algunas pequeñas colinas cercanas al río, y divisamos una gran cantidad de nieve en las hendiduras yen las lomas. A lo lejos, a la derecha, distinguimos muchos campamentos de indios abandonados hacía poco y, al parecer, temporalmente. Esa región no ofrece en parte alguna huellas de instalaciones permanentes, pero parece ser un terreno de caza favorito para las tribus de las cercanías —el hecho lo evidencian los numerosos vestigios de cazadores que encontramos por todas partes—. La verdad es que los Minnetaris del Missuri llegan en sus excursiones persiguiendo la caza hasta la Gran Horca, del lago Sur, y que los Assiniboins van aún más lejos. Misquasch nos había dicho que entre el lugar de nuestro actual campamento y las Montañas Rocosas no encontraríamos ninguna vivienda, salvo las de los Minnetaris, que residen en el lado inferior o meridional del Saskatchawin.
La caza fue excesiva y de gran variedad —alces, búfalos, moruecos de grandes cuernos, ciervos, osos, zorros, castores, etc., así como innumerables volátiles—. El pescado también abundaba.
La anchura del río variaba desde doscientas cincuenta yardas hasta pasos en que la corriente se precipitaba entre acantilados cuya separación no llegaba a los cien pies. El muro de esos acantilados estaba formado de un gris ligero y amarillento entremezclado con tierra quemada, piedra pómez y sales minerales. En cierto punto, el aspecto del país se transformaba de una manera notable: en ambos lados las colinas se separaron a gran distancia del río, que pareció salpicado de muy bellas islitas salpicadas de algodoneros. Las tierras bajas parecían ser esto el extremo final, al norte, de la cadena de montañas a través de la cual el Missuri se deslizaba, y que los salvajes llaman las Colinas Negras. La transición de la comarca montañosa a las llanuras estaba indicada por la atmósfera, que se hizo seca y pura, a tal punto que nos dimos cuenta de sus efectos en las pinturas de nuestras embarcaciones y en algunos de nuestros instrumentos de óptica.
Cuando llegábamos cerca de la confluencia, empezó a llover fuertemente, y en el río los obstáculos eran en extremo fatigosos. En algunos lugares, las orillas eran tan resbaladizas, la arcilla tan blanca y pegajosa que los hombres se veían obligados a ir descalzos, porque no podían conservar ni sus mocasines. Además, toda la orilla estaba cubierta de charcas de agua estancada, que se tenían que pasar a veces hundiéndose hasta los sobacos. Y teníamos que trepar por enormes bancos de pedernales agudos, que parecían ser los trozos de los acantilados derrumbados en masa. A veces llegábamos a un desfiladero o a una quebrada cortados verticalmente que teníamos que franquear con muchas dificultades; en un momento en que tratábamos de pasar uno de esos lugares, la sirga de la gran embarcación, vieja y muy usada, se rompió; y la corriente arrastró la embarcación a un arrecife, en medio del río, donde el agua era tan profunda que no pudimos trabajar para ponerla a flote sino valiéndonos de la piragua, y perdimos seis horas para lograrlo.
En cierto momento, llegamos a un gran muro de roca negra, al sur, que dominaba los acantilados en una extensión de un cuarto de milla. Luego vino una llanura descubierta, y, tres millas más abajo, del mismo lado, otro muro de color claro, alto de doscientos pies por lo menos; luego otra llanura o valle, y un tercer muro de la más singular apariencia se irguió al norte, elevándose a una altura de doscientos cincuenta pies y grueso de doce, que presentaba un carácter de regularidad artificial. Esos acantilados tenían positivamente el más sorprendente aspecto, erguidos como estaban perpendiculares sobre el agua. Los últimos mencionados eran un gris blanco, muy blanco, que sufría fácilmente la acción de las aguas. Mostraban en su parte superior una especie de friso o cornisa formada por muchos estratos delgados de un gris blanco, duro, que las lluvias no afectaban. Arriba había una tierra oscura y rica que descendía en pendiente suave alejándose del río, a una distancia de cerca de una milla; y allí, otras colinas se erguían a una altura de quinientos pies y más. La pared de esos singulares acantilados estaba cruzada por una red de líneas formadas por el chorreo de las aguas fluviales sobre la piedra blanda; una imaginación fértil hubiera podido ver en ellas monumentos elevados por el arte humano, y cubiertos de esculturas jeroglíficas. En algunos parajes aparecían perfectos nichos (como los que en los templos se destinan a las estatuas) formados por la caída súbita de grandes pedazos de gris; escaleras y largos corredores se distinguían en muchos sitios donde las fracturas accidentales de la cornisa dejaran que el agua de las lluvias chorreara con uniformidad sobre la piedra menos resistente.
Pasamos esos extraños acantilados en un hermoso claro de luna; y no olvidaré jamás el efecto que produjeron en mi imaginación. Tenían el aspecto de construcciones encantadas (como las que he visto en sueños); y el gorjeo de miríadas de martinetes que habían construido sus nidos en los huecos de la masa, contribuían mucho a esa idea. Además de las paredes principales, se encontraban a intervalos otras menores, de veinte á cien pies de altura, de uno a doce de grueso, perfectamente regulares y perpendiculares. Estaban integrados por gruesas piedras oscuras, aparentemente arcillosas, areniscas o cuarzosas y de proporciones del todo simétricas aunque de dimensiones variadas. Eran éstas, en general, cuadradas, a veces oblongas (siempre paralelepípedas), y colocadas una encima de la otra tan exactamente y en un orden tan regular como si hubiesen sido puestas allí por un artesano mortal, pues cada piedra de una hilera cubría y garantizaba la juntura de dos piedras de la hilera inferior a, la manera como se colocan los ladrillos de una pared. A veces, esas singulares construcciones se extendían en líneas paralelas: y se veían hasta cuatro una detrás de otra; a veces, se alejaban del río e iban a perderse entre las colinas; a veces, se cruzaban en ángulo recto, y parecían contener grandes jardines artificiales, en cuyo interior la vegetación presentaba, con frecuencia, un aspecto que ayudaba a la ilusión. Consideramos el espectáculo que se ofrecía a nuestros ojos en aquel lugar del Missuri como el más sorprendente en su conjunto, si no el más admirable, que habíamos presenciado hasta entonces. Dejó en mi espíritu una impresión de novedad, de singularidad que jamás podría borrarse.
Poco antes de llegar a la confluencia, cruzamos, en el lado norte, una isla muy grande; una milla y cuarta más lejos se encuentra, al sur, un terreno bajo, cubierto de bellos árboles en densa masa. Luego vinieron muchos islotes en los que nos detuvimos al paso algunos minutos. Después, llegamos a un acantilado muy sombría, y a otros das islotes en los que no observamos nada de notable.
A algunas millas de aquel lugar llegamos a una isla moderadamente grande, situada cerca de la punta de un promontorio escarpado, después de haber cruzado otras dos más pequeñas. Todas esas islas estaban bien arboladas. La noche del 13 de mayo, Misquasch nos enseñó la desembocadura de un gran río que los colonos llaman Yellowstone, pero al cual los indios dan el nombre de Ahmateaza. Acampamos en la orilla sur, en una llanura soberbia, cubierta de algodoneras.

14 de mayo
Esta mañana nos despertamos y nos pusimos a trabajar muy temprano; el punto que habíamos alcanzado era de gran importancia; y antes de ir más lejos, era necesario hacer algunas exploraciones para reconocer, de los dos grandes cursos de agua que teníamos a la vista, cuál era el mejor para servirnos de ruta.
Nuestra gente parecía de acuerdo en desear que subiéramos lo más lejos posible por uno de esos ríos, para llegar a las Montañas Rocosas y, quizá, llegar a lo alto de la Cuenca del gran ría Oregón, que, al decir de todos los indios con quienes habíamos hablada, va a dar en el Océano Pacífico.
Yo también tenía deseos de llegar allí, y esa perspectiva sugería a mi imaginación un mundo de aventuras atrayentes. Pero prevenía dificultades inevitables en el caso de que emprendiéramos el viaje sin más informes de la región que habíamos de atravesar y acerca de las salvajes que la habitaban. Sabíamos de —estos últimos, en todo y por todo, que eran, generalmente hablando, los más feroces indios de la América del Norte. Temía también que, equivocándonos de río, no fuésemos a echarnos en un interminable laberinto de dificultades que desalentasen a nuestros hombres.
Pero esas ideas no me inquietaron mucho tiempo y me puse enseguida a reconocer las cercanías: envié a algunos de nosotros río arriba por los cursos de agua, para apreciar comparativamente su caudal; y, con Thornton y John Greely, traté de llegar a la línea de la cumbre situada entre ambos, y desde donde la vista podía alcanzar gran extensión. De allí divisamos una comarca inmensa y magnífica, que se extendía por todos lados en vastas llanuras ondeadas de radiantes verduras, animadas por innumerables manadas de búfalos y de lobos y a veces de alces y de antílopes. Hacia el sur, una cadena de altas montañas de nevadas cimas, que iba del sureste al noroeste y se terminaba bruscamente, interrumpía la perspectiva. Detrás de ella aparecía otra más elevada que se unía con el horizonte mismo en el noroeste. Los dos ríos ofrecían un aspecto encantador, extendiendo a lo lejos sus largas y serpenteantes sinuosidades, y atenuándose por grados hasta no parecer sino imperceptibles hilos de plata antes de desvanecerse en las oscuras brumas del cielo. Sus direcciones, en la parte visible de su recorrido, no nos revelaban nada de lo que había más allá de sus cursos, y descendimos muy perplejos. El examen de ambas corrientes no nos satisfizo mucho más. El río del norte era más profundo, el del sur más ancho, sin gran diferencia de caudal. El primero tenía el mismo color que el Missuri, pero el segundo tenía el lecho del casquijo rodado que caracterizaba a los ríos procedentes de una región de montañas. A fin de cuentas, las mayores facilidades de navegación nos hicieron optar por el río del norte, aunque la disminución gradual de la profundidad de su lecho nos probara que a los pocos días, todo lo más, nos veríamos obligados a renunciar a nuestra gran embarcación.
Pasamos en el campo tres días durante los cuales cosechamos una gran cantidad de pieles. Las depositamos, con las demás que poseíamos, en un escondrijo muy bien montado en una islita a una milla río abajo del confluente. Trajimos todavía una gran cantidad de piezas de caza, y sobre todo de ciervos, de los que marinamos o salamos algunos perniles para conservarlos en reserva. En las cercanías el higo chumbo, que cubría las tierras bajas y las quebradas, la grosella y el casis, no maduros. Las rosas silvestres, en profusión verdaderamente maravillosa, empezaban a abrir sus capullos. Levantamos el campa, llenos de brío, por la mañana del 18 de mayo.

18 de mayo
El día fue hermoso y avanzamos alegremente a pesar de las constantes interrupciones motivadas por los altos fondos y los promontorios que se presentaban en gran número.
Los hombres, desde el primero al último, se mostraban entusiasmados y decididos a perseverar; la conversación no tenía otro objeto que el de las Montañas Rocosas. Abandonando nuestra peletería habíamos aligerado considerablemente las embarcaciones; nos era, pues, mucho menos difícil hacerlas avanzar por las corrientes rápidas. El río estaba sembrado de isletas en casi todas las cuales abordamos.
Por la noche llegamos a un campamento indio abandonado, al pie de acantilados de cresta negruzca. Las serpientes de cascabel nos molestaron mucho, y antes de la madrugada cayó un chaparrón.

19 de mayo
Habíamos recorrido poco camino cuando vimos el curso de agua modificado en su carácter y muy obstruido por los alfaques, o mejor, por bancos de guijarros, de manera que tuvimos muchas dificultades para abrir paso a nuestra embarcación. Dos hombres enviados como batidores nos anunciaran que río arriba había un canal más profundo y más ancho, lo cual, una vez más, nos obligó a perseverar.
Avanzamos diez millas y, confiados, acampamos en un islote par la noche.
A lo lejos, hacia el sur, apareció una montaña curiosa, aislada, de forma cónica, enteramente recubierta de nieve.

20 de mayo
Entramos en un canal mejor y continuamos nuestro camino sin grandes interrupciones, recorriendo dieciséis millas a través de una región arcillosa de carácter particular y casi enteramente desnuda de vegetación.
Por la noche, acampamos en una gran isla cubierta de árboles de buen medro, muchos de los cuales nos eran desconocidas. Permanecimos cinco días en aquel lugar para reparar nuestra piragua.
Durante nuestra estancia se produjo un incidente notable. En aquel sitio, las orillas del Missuri son precipicios formados de cierta arcilla azul que, después de la lluvia, se hace muy resbaladiza. En una extensión de cerca de cincuenta toesas por cada lado, esos acantilados constituían una sucesión de terrazas escarpadas que entrecortaban, en diversas direcciones, quebradas estrechas y profundas, tan netamente corroídas, en una época antigua, por la acción de las aguas, que parecían canales artificiales. Las desembocaduras de esas quebradas, en el sitio donde se abrían en el río, ofrecían el aspecto más notable y de la orilla opuesta, al claro de luna, parecían columnas erguidas en el borde. Para quien lo observa desde la terraza más elevada, toda esa pendiente hacia el río tiene una apariencia indescriptiblemente caótica y lúgubre. No se ve allí ninguna especie de vegetación.
John Greely, el Profeta, el intérprete Jules y yo, partimos una mañana después del desayuno a escalar la terraza más alta del lado del Sur, para examinar panorámicamente el país, en la medida de lo posible. Can gran esfuerzo y gracias a una meticulosa prudencia logramos llegar a la meseta de la loma opuesta a nuestro campo. En aquel lugar, la pradera difiere del carácter general de aquella clase de suelo en el sentido de que está cubierta, hasta una distancia de varias millas, de una densa vegetación de algodoneros, rosales, sauces rojos y sauces de hojas largas; el terreno no era unido, y, a veces, pantanoso, como acostumbran a serlo las tierras bajas; estaba formado por un barro negruzco mezclado con arena en la proporción de una tercera parte, y cuando se echaba un puñado al agua, se disolvía coma el azúcar, produciendo burbujas. Muchas veces notamos espesas incrustaciones de sal común, que pudimos recoger y aprovechar.
Una vez llegados a las mesetas, nos sentamos todos para descansar; pero apenas instalados, nos alarmó un fuerte gruñido que, cerca de nosotros y de detrás salía del denso matorral. Enseguida nos levantamos despavoridos, porque habíamos dejado en la isla nuestras carabinas para que no molestaran durante la ascensión, y nuestras únicas armas eran pistolas y cuchillos. Habíamos apenas cambiado algunas palabras cuando dos enormes osos pardos —los primeros que encontrábamos en nuestro viaje— se lanzaron contra nosotros, con la boca abierta, desde una espesura de rosales. Esos animales son muy temidos de los indios y no sin razón; son, en efecto, criaturas formidables, dotadas de una fuerza prodigiosa, de una ferocidad indomable, de una vida increíblemente tenaz.
Apenas es posible matarlos de una bala a menos que ésta le atraviese el cerebro, que protegen dos anchos músculos, que cubren los lados de la frente, y el hueso frontal muy grueso. Algunos se han visto vivir varios días con media docena de balas en los pulmones, y hasta con graves heridas en el corazón. Hasta entonces no habíamos encontrado nunca osos pardos, pero habíamos notado sus huellas en la arena o en el barro, huellas que alcanzaban hasta un pie de largo, sin contar las garras, y unas ocho pulgadas de anchura.
No sabíamos qué hacer. Luchar a pie firme con las armas que poseíamos hubiese sido una pura demencia; locura, igualmente, el esperar salvarnos huyendo hacia la pradera; porque, no solamente los osos venían de esa dirección, sino que, además, a una distancia muy corta del borde del acantilado, el matorral de brezos y sauces enanos era tan denso que no hubiéramos podido pasar; y si emprendíamos la carrera entre el borde y el matorral, los animales nos alcanzarían en un instante: porque, siendo el terreno pantanoso, no podíamos ir deprisa, mientras que los osos, gracias a sus patas anchas y planas, se movían fácilmente.
Parece que esas reflexiones, bastante largas para ser formuladas explícitamente, atravesaron el espíritu de todos nosotros en un segundo, porque todos saltamos inmediatamente hacia el derrumbadero sin preocuparse bastante del riesgo que correríamos.
La primera bajada era de unos treinta o cuarenta pies, y poco precipitada; la arcilla, en aquel punto, tenía cierta analogía con la greda del terreno superior, tanto, que rodamos sin demasiado esfuerzo hasta la primera terraza, con los osos furiosos que nos perseguían a cuerpo descubierto. Una vez allí, era imposible que vaciláramos ni un instante. No podíamos elegir sino entre sostener en la estrecha plataforma en que nos hallábamos, el choque de los brutos encolerizados, o bien franquear el segundo precipicio. Este era casi perpendicular, profundo de sesenta a setenta pies y compuesto enteramente de arcilla azul, alterada por las lluvias recientes y resbaladiza como el vidrio.
El canadiense, loco de terror, dio un salto hacia el borde, resbaló a lo largo del cantil a toda velocidad, y fue proyectado por su impulso a la tercera bajada. Le perdimos entonces de vista; y, naturalmente, pensamos que se había matado, porque no dudábamos que el terrible resbalón siguió, de precipicio en precipicio, hasta terminar en una zambullida en el río desde lo alto del último, una caída de más de ciento cincuenta pies.
De no haber sido ese accidente, es más que probable que en tal coyuntura todos nos hubiéramos decidido a intentar la bajada; pera la fatalidad de Jules nos hizo vacilar, y, entretanto, tuvimos a los monstruos encima. Era la primera vez de mi vida que me encontraba acosado de cerca por una bestia feroz y vigorosa; y no siento escrúpulo alguno en reconocer que todas las energías me habían abandonado. En algunos momentos estuve a punto de desvanecerme: pero un gran grito de Greely, que acababa de ser agarrado por el primero de los osos, produjo el efecto de estimularme a obrar; y, una vez bien estimulado, encontré en la lucha una especie de placer salvaje loco.
Una de las bestias, en cuanto hubo llegado a la estrecha cornisa en que estábamos, cargó contra Greely, lo derribó entre sus patas, y lo mantenía por la capa con sus formidables colmillos; fue una suerte para él que la frialdad del viento le hubiese dado la idea de abrigarse. El otro oso, rodando más que descendiendo por el despeñadero, no pudo, cuando llegó a nuestro refugio, detener en su impulso sino una mitad del cuerpo que ya tenía suspendida en el abismo: dio un traspié oblicuamente, sus patas de la derecha resbalaron en el vacío, y se mantenía torpemente con las dos de la izquierda. En esa posición, cogió con la boca el tacón de Wormley. Sentí en aquel instante los peores temores: porque con los esfuerzos que hacía para desprenderse, el desgraciado ayudó al oso a restablecer su posición. Pero, mientras ya permanecía, como he dicho, paralizada, por el terror, y observando las peripecias sin ser capaz de prestar la menor ayuda, el zapato y el mocasín de Wormley fueron arrancados par el animal, el cual, entonces, cayó de cabeza hasta la siguiente terraza, donde pudo detener su caída gracias a sus enormes garras.
Fue en aquel momento cuando Greely lanzó su grita de socorro. El Profeta y yo corrimos en su ayuda. Descargamos nuestras pistolas en la cabeza del animal; y mi bala, estoy seguro de ello, atravesó alguna parte de su cráneo, porque yo había mantenido el arma cerca de su oreja. Pero pareció más furioso que herido: el solo efecto útil de los tiros fue que dejó a Greely (que no había sufrido daño alguno) para atacarnos a nosotros. No teníamos más recursos que el de nuestros cuchillos, y, dada la presencia del otro oso, ni podíamos buscar refugio en la terraza inferior. Adosados al cantil, nos preparamos para una lucha fatal sin creer, jamás, que Greely pudiera socorrernos (le suponíamos mortalmente herido), cuando oímos una detonación; y la enorme bestia cayó a nuestros pies, justo en momento en que sentíamos sobre nuestras caras su aliento ardiente y horriblemente fétido. Nuestro liberador, que muchas veces había luchado con osos, aplicó fríamente su pistola en el ojo del monstruo y la carga había penetrado en el cerebro.
Mirando hacia abajo vimos al segundo oso que se esforzaba en vana para trepar hacia nosotros; la arcilla blanda cedía bajo sus garras y varias veces cayó pesadamente. Le enviamos muchas balas, pero sin efecto, y decidimos abandonarlo a los cuervos. No veo cómo pudo escaparse de allí.
Nos arrastramos a lo largo de la cornisa el espacio de una media milla antes de encontrar un camino practicable para subir, y no llegamos al campamento sino mucho después de haber anochecido.
Jules estaba allí, vivo, pero tan cruelmente magullado que no había podido dar ninguna explicación inteligible de su accidente ni del lugar en que nos había dejado. En su caída se detuvo en una de las quebradas de la tercera terraza, de cuyo lecho descendió hasta la orilla del río.



"Eso fue lo ultimo que Poe escribió, dejando su obra inconclusa"


2 comentarios:

  1. umm, digamos que tiene un final raro para no decir que esta inconcluso jajajajaja

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  2. De hecho esta inclocluso, poe nunca lo termino

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